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Primero, lo primero / La Feria

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Sr. López 

El colegio en que este menda cursó Primaria y Secundaria no tenía reglamento de conducta pero si el director, don Ismael Tapia Díaz o cualquier maestro, salían al patio a la hora del recreo, por donde pasaban se hacía el silencio; igual, si entraban a un salón, como resorte nos poníamos todos de pie, derechitos; cómo lo hacían, no sé, pero un niño una vez le contestó mal a un maestro y jamás lo volvimos a ver, o lo expulsaron o lo incineraron. En cambio cuando su texto servidor en 1967, se inscribió en la Vocacional No. 4 del IPN (Allende 38, Centro, del entonces D.F.), lo primero que le dieron fue un Reglamento -con firma de recibido- con normas hasta para estornudar, pero la escuela era un despelote y hacíamos lo que nos daba la gana, que no era poco (ya luego del 68 la cosa se puso peor). La sola letra escrita poco vale. 

¿La autoridad tiene derecho a matar detenidos?… no. ¿La autoridad tiene derecho a torturar presos?… no. ¿La autoridad tiene derecho a vejar delincuentes?… no. 

¿La autoridad tiene derecho a perdonar criminales?… no. ¿La autoridad tiene derecho a no perseguir a los delincuentes?… no. ¿La autoridad tiene derecho a liberar delincuentes aprehendidos en vez de presentarlos al Juez?… no. 

Sin poder expresarlo con idioma de juristas, todos, naturalmente, entendemos que la ley se aplica igual, derecho y parejo, a todos. Sí. Pero el coprincipio de eso es que la ley debe ser implacable. La ley no perdona, no debe perdonar, pero tampoco debe ser inclemente que por eso las mismas leyes prevén atenuantes y casos muy concretos de amnistía y suspensión de penas de cárcel, nada al criterio o discreción de nadie, lo que diga y como lo diga la ley. La ley es la ley, si no, todo es cuento. 

Se lo comento por la tremolina que causaron ayer las declaraciones del Presidente: 

“(Antes) Les decían a los oficiales del Ejército, la Marina, ‘ustedes hagan su trabajo y nosotros nos ocupamos de los derechos humanos’, eso cambió además porque cambiamos a los elementos de las fuerzas armadas, de la defensa, de la Guardia Nacional, pero también cuidamos a los integrantes de las bandas, son seres humanos”. 

¿Cuidar a los delincuentes?… no, señor Presidente, la autoridad no “cuida” delincuentes, entendiendo por cuidar lo que significa en nuestro idioma pues a menos que ya haya un novísimo diccionario con otros datos, cuidar es poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo, como se cuida a un enfermo; y entre otros, son sinónimos de cuidar: atender, asistir, preservar, proteger, velar. 

No, señor Presidente, la autoridad no cuida delincuentes, los persigue, los detiene, los presenta ante el Juez, los recluye en la cárcel. 

Tal vez no quiso decir lo que dijo y se trate solo de una mala manera de explicar que por supuesto, la autoridad no puede violar los derechos humanos de nadie, ni de los delincuentes. Bien. Pero no es violar los derechos humanos de los criminales contestar a 

balazos sus balazos, y si lo fuera, de una vez que se desarme a todos los cuerpos policiacos del país, a los militares y la Guardia Nacional. Con un decreto suyo basta. 

Una y otra vez escuchamos discurso político en respuesta a situaciones de orden científico, técnico, jurídico y económico (y aeronáutico). No. La ideología termina donde empieza la realidad y más si esa realidad es trágica. 

El Presidente plantea el asunto como si antes se le hubiera dado la orden a los cuerpos de seguridad pública de salir a matar delincuentes. No era así. Sí morían muchos (y también policías e inocentes), pero ahora mueren más: en los primeros tres años de gobierno de Fox, hubo 41,431 asesinatos dolosos; en el mismo periodo de Calderón, 41,375; con Peña, también en sus tres primeros años, fueron 63,877 y con este gobierno en su mes 36, ya íbamos en 106,097 muertes. 

A cualquier otro ese resultado contrario a su benevolente intención, en materia tan grave, lo haría reflexionar en que algo se está haciendo mal; no lo veremos, esta administración sostiene su estrategia de levantarse de madrugada a platicar del tema, y contra viento y marea su discurso y lemas: abrazos no balazos, becas, aunque se nade en sangre. 

Como sea, no se puede reprochar a un Presidente su interés en proteger los derechos humanos que forman parte de nuestras leyes, por cierto. Nada más faltaba que nuestras autoridades organizaran escuadrones de la muerte como en Brasil en los años 90 y de 2007 hasta 2012, para limpiar las calles para la Copa Mundial del Futbol. Nadie en sus cabales quiere eso. Ni mucho menos, que nuestras fuerzas armadas se dediquen a secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer gente como sucedió durante la dictadura en Argentina de 1966 a 1973. Nada de eso hemos tenido ni queremos tener. Derechos humanos, sí, son sagrados. 

Pero la atención a los derechos humanos, antes que todo y primero que nada, debe ser a las víctimas; la impunidad rampante es injustificable. 

Y cuidar los derechos humanos de los criminales dejará de ser discurso cuando en primerísimo lugar se dignifiquen nuestras prisiones que salvo raras excepciones, son albañales peores que el infierno; y las cárceles dependen del Poder Ejecutivo. Ahí hay que trabajar, mucho y cueste lo que cueste. El Estado no puede ser un criminal contumaz cada día en cada cárcel, en cada preso golpeado, violado, ultrajado, alimentado con basura, hacinado y en andrajos. ¿Cuesta?… ¡pues claro!, pero es más caro que las cárceles sean escuelas del crimen. 

Quedamos: no se vale criticar a un Presidente con afanes humanistas y fraternos. El firme propósito de respetar los derechos humanos es loable en sí. Por supuesto. Pero también tienen derechos humanos las mujeres violadas y que sufren la falta de refugios, de centros de desarrollo infantil, de escuelas de tiempo completo donde comían sus hijos. 

Y si para todo eso no hay dinero, cuando menos que haya para los derechos humanos de nuestros enfermos sin medicinas, los niños, por ejemplo. Lo demás, como sea, primero, lo primero.

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