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Por qué sobrevivió la izquierda en Colombia / A Estribor

Por qué sobrevivió la izquierda en Colombia / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

El domingo pasado hubo elecciones legislativas intermedias en Colombia. Contra lo que muchos esperábamos o quizás deseábamos el partido de Petro y su coalición mantuvo su hegemonía.

Y es que en política existe una regla tan antigua como la guerra: divide y vencerás. No es una teoría sofisticada ni una fórmula académica. Es simplemente la constatación de cómo funcionan las mayorías cuando el poder está en disputa. Cuando quienes comparten un mismo espacio político se fragmentan en múltiples candidaturas, terminan debilitándose entre sí, y eso es justo lo que pasó en Colombia donde un joven senador sobrino del expresidente Álvaro Uribe fue asesinado y se esperaba un voto de castigo que no se reflejó en las urnas.

Y es que el bloque que logra mantenerse unido suele tener ventaja. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Colombia.
Durante décadas la izquierda fue una fuerza marginal en el poder nacional. Sin embargo, en los últimos años logró algo que parecía improbable: organizarse en torno a una coalición capaz de concentrar el voto inconforme. Mientras tanto, el espectro opositor —derecha y centro— se dispersó entre liderazgos, partidos y proyectos personales que compiten entre sí por el mismo electorado. El resultado fue predecible.

LA ARITMÉTICA DEL PODER

Las elecciones modernas no se ganan con pureza ideológica ni con discursos encendidos. Se ganan con coaliciones amplias capaces de sumar votos diversos. Cuando varios candidatos representan un mismo campo político, dividen el respaldo de quienes comparten preocupaciones similares: seguridad, estabilidad económica, institucionalidad o crecimiento. En cambio, un bloque cohesionado puede imponerse incluso sin representar a una mayoría absoluta.

Eso explica en buena medida la permanencia de la izquierda colombiana. Más que una revolución ideológica, fue una operación política eficaz: concentrar el voto mientras los adversarios se dispersaban.

EL FACTOR LIDERAZGO

Las coaliciones, sin embargo, no se sostienen únicamente con acuerdos de papel. Necesitan liderazgo. Un liderazgo capaz de ordenar ambiciones y transformar intereses particulares en un proyecto común.

Cuando ese liderazgo aparece, el voto se ordena. El electorado identifica una alternativa clara y la política deja de ser un mosaico confuso de candidaturas.

En Venezuela, por ejemplo, la oposición entendió recientemente esa lógica. Durante años estuvo fracturada en múltiples partidos y figuras que competían entre sí. Fue hasta que Corina Machado logró concentrar el respaldo opositor que el panorama comenzó a cambiar. Su liderazgo no surgió de una maquinaria partidista tradicional, sino de la capacidad de convertirse en un punto de convergencia para una sociedad que buscaba una alternativa clara. Ese es el tipo de liderazgo que puede alterar una ecuación política aparentemente resuelta.

LA TRAMPA DE LOS EGOS

En muchas democracias latinoamericanas el problema de fondo no es ideológico, sino estratégico. La oposición suele caer en la misma trampa: la competencia interna permanente. Cada liderazgo quiere encabezar el proyecto. Cada partido quiere preservar su espacio. Cada aspirante cree que puede ganar por sí mismo.

El resultado es siempre el mismo: fragmentación, desgaste y pérdida de fuerza electoral. Mientras unos se disputan el mismo electorado, el adversario avanza con una estrategia mucho más simple: mantenerse unido.

UNA REFLEXIÓN PARA MÉXICO

La experiencia colombiana deja una reflexión inevitable para México. Si el oficialismo llega cohesionado al proceso electoral de 2030 y la oposición aparece dividida entre múltiples proyectos, el resultado será prácticamente inevitable. La matemática electoral no suele perdonar.

Por eso el verdadero termómetro estará antes: en las elecciones intermedias del 2027. Ahí se verá si emerge una fuerza capaz de articular un bloque opositor competitivo o si la dispersión continúa.

En ese escenario, algunos observadores apuntan a la posibilidad de que una figura outsider —alguien que no provenga de la política tradicional— pueda convertirse en punto de convergencia. El nombre de Ricardo Salinas Pliego aparece con frecuencia en ese debate, precisamente porque su perfil rompe con los moldes habituales del sistema político. La pregunta no es si será él u otra figura. La pregunta es si surgirá alguien capaz de hacer lo que Corina Machado intentó en Venezuela: unificar donde otros dividen.

Porque al final la política también es matemática. Y cuando los adversarios se fragmentan, la historia suele repetirse.

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