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Políticamente incorrecto 

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Javier Opón

*”Ni venganza ni perdón”: El libro que confirma lo que Chiapas ya sabía sobre la imposición de Rutilio Escandón.

La publicación de “Ni venganza ni perdón”, la obra de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez que destapa los secretos del poder en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, llega como un espejo incómodo para Chiapas. No revela nada nuevo, pero sí certifica con nombre, apellido y acuerdos de traspatio lo que muchos intuíamos desde 2018 que la gubernatura de Rutilio Escandón Cadenas no fue producto del carisma, la conexión ciudadana o un proyecto transformador. Fue el resultado de una negociación cupular, un favor político disfrazado de “efecto AMLO”, y una imposición que hoy, con la distancia que da el tiempo y los resultados catastróficos, podemos calificar sin ambages como el origen de la debacle que padece Chiapas.

Lo más revelador de este libro, más allá de las anécdotas sobre la polarización o las tensiones en Palacio Nacional, es lo que confirma sobre la arquitectura secreta del poder en los estados. Las investigaciones periodísticas de 2018 ya habían destapado la operación; Manuel Velasco Coello, gobernador saliente, necesitaba un sucesor de absoluta confianza que le “cuidara las espaldas” y este lo encontró en Fernando Castellanos, político disciplinado con Velasco Coello pero con poco trabajo político fuera de Tuxtla, lo que lo convirtió en un candidato débil.

Ante el bloqueo, Velasco movió sus piezas con una inteligencia perversa. Encontró en Rutilio Escandón Cadenas, entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia, el puente perfecto hacia López Obrador. Y es que Escandón no era cualquier operador, estaba casado con Rosalinda López Hernández hermana de Adán Augusto López y “prima protegida” del propio AMLO, hija de su amigo entrañable, Payambé López Falconi . El acuerdo entre “los Manueles” —Velasco y López Obrador— quedó sellado. Escandón sería gobernador, aunque su perfil reservado, su falta de carisma y su nula conexión con las calles de Chiapas lo condenaran, en cualquier democracia funcional, a una derrota anunciada.

¿Y Eduardo Ramírez? El entonces aspirante natural se declaró en rebeldía. No se resignó a ser la pieza sacrificada en el tablero. Organizó asambleas, desafió a su propio partido —el Verde—, renunció con todo y estructura, y encontró en Morena un cobijo que no era gratuito. Fue enviado al Senado, un destierro dorado que muchos interpretaron como el fin de sus aspiraciones. Lo que no calcularon es que Eduardo Ramírez convertiría esa curul en una cátedra de formación política. Mientras Escandón gobernaba con altanería y soberbia —la misma que hoy lo exhibe como consignatario de un cargo que no ganó en las urnas, sino en los escritorios—, Eduardo Ramírez Aguilar cursaba lo que  he llamado el “doctorado en ciencias políticas en Senado”. Presidió la Cámara Alta, se convirtió en el segundo comiteco en lograr esa hazaña desde Don Belisario Domínguez, y regresó a Chiapas en 2024 con una madurez política, una templanza y una visión de Estado que contrastan abismalmente con el saldo de su antecesor .

Porque el legado de Rutilio Escandón no admite medias tintas. Su tozudez, la soberbia de creerse ungido por un mandato divino más que ciudadano, y su nula capacidad para articular un gobierno eficaz, dejaron a Chiapas sumido en una crisis de seguridad sin precedentes. La violencia se expandió como metástasis por regiones antes tranquilas. Los grupos criminales encontraron en la omisión, cuando no, en la complicidad, tierra fértil para operar. La economía se estancó. Las políticas públicas brillaron por su ausencia. Mientras tanto, el “efecto AMLO” servía como excusa perfecta para justificar lo injustificable, que un hombre sin liderazgo, sin empatía y sin resultados se mantuviera seis años en el cargo, heredando al final un estado fracturado, lastimado y con una deuda de seguridad, desarrollo y dignidad que hoy, bajo la administración de ERA,  comienza a saldarse.

El libro “Ni venganza ni perdón” no busca, según sus autores, alimentar rencores ni conceder absoluciones. Pretende, dicen, que la memoria prevalezca sobre el olvido . Pues bien, que sirva entonces para que Chiapas no olvide; Que no olvide que su gobernante más ineficaz de las últimas décadas no llegó por mérito, sino por un pacto de élites. Que no olvide que el “efecto AMLO” fue, en muchos casos, un biombo para encubrir la falta de aptitud. Y que tampoco olvide que, frente a la imposición, la rebeldía paciente y la preparación constante pueden, a la larga, abrirse paso. Eduardo Ramírez no fue ungido; se forjó. No le regalaron nada; lo construyó. Y hoy, Chiapas enfrenta el doble desafío de reparar el daño heredado y demostrar que, cuando el poder se ejerce con legitimidad real y no con facturas políticas pagaderas a plazos, la esperanza sí es posible. Ni venganza ni perdón, ciertamente. Pero tampoco olvido.

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