
Sr. López
Le conté hace mucho de tío Macro, de los de Jalisco, un gigantón malencarado macho de diccionario enciclopédico que mirando fijo a su esposa, decía: -En esta casa, mando yo -y tía Catarina, agregaba alzando las cejas: -Y yo no obedezco -fueron muy felices.
Nomás para que vea usted que este menda no se trae entre ojos a doña Sheinbaum, le pido obsequiarla con un aplauso de foca (cirquera), por haber declarado ayer que no le parece bien la idea esa de la barriobajera ministra Lenia Batres, de ponerle impuestos a las herencias. Por lo que sea, lo dijo. ¡Hagamos la ola!
Pero, un día no muy lejano, algún gobierno nuestro, del color que sea, tendrá la ocurrencia de legislar semejante cosa y sacar tajada de las herencias, aduciendo sin mentir, que así es en la mayoría de los países desarrollados. Para que se le pongan los pelos de punta, unos cuantos ejemplos: Bélgica cobra a las herencias el 80%; Francia, 60%; Japón, 55%; Alemania y Suiza, 50%; los EUA, hasta el 40%.
Esto nos remite al sabroso asunto de si los impuestos son o no un robo. En rigor, no son un robo porque son legales, pero no todo lo que es legal es obligadamente justo, correcto, decente. Mire: hace pocos días en Aceh, Indonesia, por besarse dieron 20 latigazos en público, a una pareja, como ordena la ‘sharia’, la ley islámica… una barbajanada (legal, eso sí). Así, los impuestos siendo legales no dejan de ser tomar lo ajeno (parte del producto del trabajo de los individuos y las empresas), por la fuerza (que no pagarlos cuesta multas y hasta cárcel).
No sostiene López que los impuestos se deban erradicar porque hay gastos del interés general, que se deben pagar entre todos. Es como en una casa en la que los adultos comparten gastos comunes y no se vale vivir en ella a expensas de los demás, claro que no, pero es muy cuestionable que el más grandote y violento de la casa (único con pistola), fije como le dé la gana, cuánto toca a cada uno darle a él, amenazándolos y sin rendir cuentas. Eso ya no parece tan correcto. Eso son los impuestos.
Se supone que los ciudadanos aportan a los gastos de su país, ¿sí?… no es cierto, ¿quién es el país? Los impuestos no se los damos al país, se los lleva el gobierno, no el Estado, el gobierno y eso, el gobierno, no es un señor bonachón, bien intencionado, muy trabajador, ese no existe.
El gobierno es el grupo de personas que se hizo con el poder, como sea, a las derechas o a las chuecas, y esos determinan por sus puros calzones, cuánto nos toca “pagar” de impuestos a todos, para ser gastado en lo que a ellos les dé la gana, con el agravante de que nunca les alcanza y piden préstamos que los ciudadanos hemos de pagar (aquí sí es pagar).
Ahí arriba, las comillas en “pagar” los impuestos, son porque pagar es cubrir, liquidar lo que se debe o cumplir un castigo por un delito o falta. Los impuestos no se “pagan” porque no le debemos nada al gobierno ni son para purgar un delito. Los impuestos son el dinero que nos quita el gobierno, dinero que entregamos para que no nos haga daño (multas, prisión).
Y no se entusiasme, repite este su texto servidor que debe haber contribución de todos a los gastos comunes y del interés general, claro, pero deberíamos recibir algo a cambio (seguridad pública, procuración de justicia, servicios de salud, educación, infraestructura de calidad), y a condición de que nunca (a ver si nos entendemos: ¡NUNCA!), se robaran ni un peso los gobernantes, los del gobierno (y si no fuera mucho pedir: que no nos endeudaran).
¡Ah!, por cierto, eso de que los impuestos son una herramienta de equidad social y redistribución de la riqueza es un cuento menos creíble que el de la Caperucita Roja: a estas alturas y después de siglos y siglos de impuestos (con distintos nombres, pero impuestos), no debería haber un solo pobre… y ya ve: solo el Lobo Feroz tenemos enfrente.
De regreso a lo de cobrar impuestos por las herencias. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), ha estudiado el asunto y la conclusión es que aporta muy poco al PIB de los países que cobran por heredar (el 0.1% del PIB, nada). Y eso no es porque se mueran pocos ricos, sino porque los ricos son todo menos babosos… y los menos ricos, tampoco son tontos de nadie, incluida su tía soltera de usted: todo mundo elude ese impuesto y los que pagan algo, lo hacen para taparle el ojo al macho, para que no se les ponga trompudo su gobierno.
Salvo los raros casos de los países del norte de Europa, como Finlandia y Dinamarca, en los que proponer bajar los impuestos es meterse en serios problemas con la gente común que los paga muy satisfecha de lo que a cambio reciben y no quieren que les cobren menos (ni más, tampoco). Con esa excepción, para los que no quieren que el gobierno le robe a sus herederos, existen infinidad de recursos (mañas), y los paraísos fiscales.
De triquiñuelas fiscales no hablemos, que cada quien se las ingenia. Pero de paraísos fiscales sí vale la pena decir algo.
Solo los ricos nuevos (o ladrones), se dejan llevar a Islas Caimán, Singapur, Hong Kong o Europa, a bancos que luego les escamotean su dinero. No hace falta, para eso están los EUA, gran paraíso fiscal del planeta, con secreto bancario blindado.
Ellos no lo andan diciendo pero si quiere poner a buen resguardo su dinero y sus bienes, ahí está el estado de Delaware, capital mundial de las empresas fantasma, delirio de grandes corporaciones que no cobra impuestos sobre ingresos ni a empresas que operen fuera de su territorio, chulada. También Wyoming, Nevada y Dakota del Sur, donde es legal registrar empresas de manera anónima, sin registrar a los dueños y confidencialidad a prueba de bomba (y del temido IRS yanqui).
Encima, los EUA no reconoce ni aplica el Estándar Común de Reporte de la OCDE, para evadir el intercambio automático de información bancaria de extranjeros. Por algo tantos guardan allá su dinerito.
Lo de siempre, entre más apriete nuestro gobierno con los impuestos, más les van a pintar un violín.


