
Jorge Mandujano
a Germán Dehesa
…Madre, que tu nostalgia se vuelve el odio más feroz
Silvio Rodríguez
—“¡A ver, niños, levanten la mano quienes crean que sus padres están muertos!”.
—“A ver, niños, levanten la mano quienes crean que sus padres están vivos”.
Ni siquiera la maestra que, al día siguiente que los señores y su Gobierno decidieron que se había hecho el mayor esfuerzo por recuperar a los mineros quienes, varios días atrás, habían bajado, le devolvió el sueño a mi mamá. Porque tanto yo como ella seguimos pensando que mi papá está vivo.
“Me llamo Sebastián López Monroy. Soy hijo de Pedro López y de Julia Monroy. Ya estoy grandecito y quiero decirle al mundo que mi papá, antes de encaminarse hacia la boca de la mina, siempre pasaba a darme mi besito, cuando yo dormía. Él siempre pensó que yo estaba profundo. Pero no era así: el cosquilleo de sus bigotes me despertó siempre. De igual manera, él se llevaba mi respiración, como mera bendición, porque siempre me preocupé por ese morirse asfixiado en el corazón de la Tierra, desde donde él siempre se preocupó también porque yo estuviera vivo.
“Pero yo sé que, desde los primeros días que la incandescente luz que advenía de esa otra mina llamada vientre de mi madre, él mantuvo sobrada preocupación antes de partir hacia allá y cuando estaba ya hasta el fondo de esa grosería de incertidumbres que le tiznaban la cara, cual payaso que hacía felices a sus patrones. Allí, hasta abajo, hasta el fondo, peleaba siempre ―nos lo dijo– contra el sofocamiento de la Muerte. Pero también me dijo que siempre trabajó contando las horas para salir al aire y encontrarme vivo. Y a su regreso, tras comprobarlo, volvía a besarme… vivo, pues.
“Por eso ahora me preocupa mi mamá, que no duerme pensando en que mi papá esté muerto y él pensando que yo estoy vivo… como siempre. Como desde entonces”.
***
“Hace apenas un año, un sábado que mi papá le encargó a mí tío Prudencio ―el hermano menor de mi mamá– que cubriera su turno, y a quien luego le pagó el favor con ir ese triste domingo a la mina: pasaron en la televisión la noticia de unos niños de un lugar del estado de Chiapas, quienes, persiguiendo a un animal llamado tepescuintle, se metieron en una cueva y ya no los pudieron sacar.
“Decían que su papá se había adelantado y ya no vio cómo ―a sus espaldas– se habían internado en la cueva siguiendo al animal. Ya llevaban más de ocho días y no podían entrar en la cueva los señores que intentaban salvarlos. Y así pasaron muchos días con sus noches, hasta que las autoridades decidieron que era imposible, que ya no iban a intentar más sacarlos de ahí.
“Luego dijeron en la televisión que la gente de la comunidad aseguraba que su papá había cazado muchos animales que salían de esa cueva y, por ello, se trataba de un mero ajuste de cuentas, en tanto la cueva estaba encantada. Una percepción asistida por sus cosmogonías. Por eso los niños jamás saldrían de allí vivos.
Y así fue: los niños nunca más volvieron a salir de esa cueva. Nadie los pudo sacar. Se los tragó la Tierra. Era Día de Muertos, el Uno de Noviembre, el de las almitas inocentes, lo que hizo aún más doloroso su final.
“Pero mi papá nunca le hizo mal a nadie. Ni a los animales ni a la gente. Por eso mi mamá quiere que se lo entreguen. Dice que no va a recibir dinero, que lo que quiere es recibir a mi papá. Porque nada ni nadie le va a pagar; no el precio sino el verdadero valor de su hombre.
***
“Ya pasaron muchos días y semanas y no vuelve mi papá. Volvieron sí las clases y yo ―al fin– ya fui a la escuela. Anoche vi en la televisión al señor que vino de México, como representante del Gobierno Federal; se dijo secretario del Trabajo y saludó de mano y abrazo a todos como si lo conociera. Pero fue quien más salió en la televisión en los días que trataban de rescatar a mi papá y a sus compañeros, y a quien mi mamá le exigió que le entregara a mi padre “vivo o muerto”. Ese mismo señor dijo ayer que los mineros se las truenan antes de bajar a la mina. Le pregunté a la única maestra que se atrevió a abrir el aula y a tallar el gis ayer sábado, y no me supo explicar nada al respecto.
“Entre tantas cosas, yo ya no soy tan tonto. Me digo: ahora resulta que no sólo ya no nos van a devolver a mi papá, sino que tenemos que escondernos, huir avergonzados, luego que a ese señor se le ocurrió decir que los mineros “se las truenan” antes de bajar. Me percaté también de que la Compañía que había contratado a mi padre ya no figuraba ni en las notas periodísticas. Que el líder sindical, a quien nunca conocimos, lo defendían otros señores marchando por las calles de la gran Ciudad de México. En suma, que el Gobierno consideraba que el verdadero problema era un mero asunto interno, “entre particulares”, dijo y cerró su boca, como también cerró el caso.
“Volví a la pequeña tele que veíamos con mi papá y mi mamá, y me quedé más triste y más miserable que los propios hechos. Supe del Presidente, que se ha estado peleando con los candidatos que, a su vez, hacen hasta lo imposible por pelearse sin el mínimo rubor delante de la gente. Que el Cruz Azul, a quien le va mi pa, perdió una vez más la final del campeonato mexicano de futbol. Y nada de que nos vengan a dar noticias frescas, esperanzadoras, pues.
“Mi mamá sigue allá, en la boca de la mina, esperando a que salga o que saquen a mi papá. Desde que supo de la explosión, no ha vuelto a dormir en casa. Pareciera que ya vive allí. Es más, ha salido varias veces en la tele. Aun así, ni caso le hacen.
“Yo, por mi parte —y por ahora—, voy a intentar conciliar el sueño y a acariciar la esperanza de, por lo menos, sentir, cuando me despierte, el cosquilleo de los bigotes de mi papá, por si vuelve para partir de madrugada; por si regresa… para volverse a ir”. }He aquí un texto que se traza sobre la frontera entre la objetividad de los hechos y la subjetividad literaria


