Juan Carlos Cal y Mayor
El mausoleo de Oscar Wilde, en el Cementerio Père Lachaise, no fue concebido para ser un altar ideológico ni un estandarte identitario. Fue pensado como lo que es: un monumento fúnebre moderno, audaz, provocador para su tiempo. Y, sin embargo, terminó convertido en campo de batalla cultural. No por la obra de Wilde, sino por la incapacidad contemporánea de leer a los hombres del pasado sin convertirlos en banderas del presente.
Más allá de sus preferencias sexuales, Óscar Wilde no necesita ser apropiado por ninguna causa para ser inmortal. Su vida íntima fue eso: íntima. Su obra, en cambio, pertenece a la literatura universal. El retrato de Dorian Gray, La importancia de llamarse Ernesto, De profundis o La balada de la cárcel de Reading no son manifiestos sexuales; son ejercicios de ingenio, ironía, crítica moral y una inteligencia que se permitió desafiar la hipocresía de su tiempo con una elegancia demoledora.
EL MAUSOLEO COMO SÍNTOMA
El ángel alado esculpido por Jacob Epstein fue acusado de obsceno, censurado, mutilado y, décadas después, cubierto de besos y consignas. Primero el puritanismo victoriano; luego el puritanismo inverso del siglo XXI. Dos formas distintas de no entender lo mismo: que el arte no está para tranquilizar conciencias, sino para incomodarlas.
Arrancarle los genitales a la escultura fue un acto de moralismo. Cubrirla de lápiz labial, otro de sentimentalismo ideológico. Ambos reducen a Wilde a lo que él nunca fue: un símbolo unidimensional. Wilde fue un dandi, sí; un conversador brillante; un intelectual arrogante en el mejor sentido del término. Su insolencia no era sexual: era intelectual. Se permitió decir lo que otros pensaban en silencio, y eso, en cualquier época, se paga caro.
UNA ÉPOCA DE CONSERVADURISMO IMPLACABLE
Wilde vivió en un mundo donde el conservadurismo no era una pose política, sino una estructura social total: moral, legal, religiosa. Pagó con cárcel y exilio el delito de no someterse a la doble moral de su tiempo. Pero no escribió desde la queja, sino desde la ironía; no desde la militancia, sino desde el talento. Y ahí radica su grandeza.
Reducirlo hoy a un icono de la “cultura gay” no lo reivindica: lo empequeñece. Porque Wilde no fue grande por lo que deseó, sino por lo que pensó y escribió. Lo demás pertenece a su biografía, no a su legado literario.
PÈRE LACHAISE: EL PANTEÓN DE LAS CONTRADICCIONES
No está solo. A unos metros reposan Jim Morrison, convertido también en mito y fetiche; Édith Piaf, elevada a símbolo de la tragedia romántica; y Frédéric Chopin, cuya tumba se visita en silencio reverente, sin necesidad de consignas. Todos distintos. Todos apropiados, a su modo, por el imaginario colectivo. Pero no todos reducidos.
El cementerio no es un parque temático de causas contemporáneas. Es un archivo de épocas, un recordatorio de que los grandes hombres y mujeres no caben en las etiquetas que el presente necesita para sentirse moralmente superior.
EL VERDADERO HOMENAJE
Honrar a Óscar Wilde no es besarlo ni cubrirlo de mensajes. Es leerlo. Entender que fue un hombre extraordinario en un tiempo hostil, que pagó caro su libertad de pensamiento y que jamás pidió ser mártir de nada. Fue, simplemente, brillante.
Y eso —en un mundo que confunde identidad con talento— sigue siendo profundamente incómodo.