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Nunca antes / Al Sur con Montalvo

Nunca antes / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Ana Karen, 

Nunca antes es la frase favorita de quienes llegamos a la vejez sufriendo achaques de salud sólo porque nunca antes enfrentamos enfermedades. ¡Claro! Nunca antes imaginé mi vida sin café, cigarros, libros,   vino y alguien con quien charlar, porque tomar café fue un placer que nunca antes me negaron hasta que el COVID y la vejez se confabularon en mi contra. Ahora sólo tomo una taza al día en vez de las 24 que acostumbraba diariamente. Tampoco, nunca antes creí que en México hubiesen miles de personas compartiendo una situación de salud similar a la mía o mucho peor agravada por la alarmante deficiencia de los servicios médicos institucionales. Y es que nunca antes cobré conciencia que la vida tiene fechas de caducidad para cada etapa.

Nunca antes pensé encontrarme en estas circunstancias y mucho menos, escribirlo. Lo digo sin lamentaciones ni lloriqueos; lo escribo como una profunda reflexión de la triste situación de miles de VIEJOS EN EL DESAMPARO; sin protección de sus familiares y mucho menos de las instituciones de gobierno a pesar de las pensiones que representan la devolución de sus impuestos. ¿De qué sirven 3,200 pesos cuando deben pagar costosos estudios de laboratorios, médicos y hospitalizaciones privadas que no brinda el gobierno? Nunca antes mantuve tantos medicamentos, recetas y estudios médicos en el buró; quizá, porque nunca antes pensé en la vejez como una inefable realidad que entró sin permiso en mi vida soplándome al cuello para recordarme que el tiempo es infalible.

Nunca antes sentí tanta tristeza y coraje al ver desmoronarse el sistema federal de salud que en otros tiempos fuese orgullo nacional por ser instituciones de excelencia reconocidas a nivel mundial por su calidad de servicios como fueron el IMSS, ISSSTE, Hospital de Ferrocarrileros, Hospital Militar, Hospitales Generales; PEMEX; UNAM y múltiples hospitales de especialidad en todo el país. De todos ellos, poca gente guarda memoria y la mayoría desconoce esa gloriosa historia.

¡En fin!, por otro lado, nunca antes me miré del otro lado del espejo, porque con salud, uno cree que la vida es eterna. Siempre miré el espejo de frente donde sólo hay apariencias y vanidad sin vernos tal como somos. Es decir, nunca antes me cuestioné quién soy en realidad.

Nunca antes sentí los dolores de rodillas al caminar contra el viento helado de las calles de Comitán; mucho menos, nunca antes me imaginé sosteniendo mi humanidad con un bastón cualquiera, no de esos bastones con Mando y Poder; el mío es un bastón común, de esos que le obsequiamos a los viejos cuando uno es joven. Nunca antes sentí la muina de medir mis pasos lentos como quien carga rocas en cada pie. 

Nunca antes vi desaparecer de este mundo a tantas amistades y conocidos sin protocolo de despedida; sin más anuncio que una triste esquela en el obituario del día, porque nunca antes consideré la muerte como una presencia cercana.

Por todo ello, nunca antes disfruté tanto de las conversaciones con gente joven y madura quienes me actualizan cada día y me brindan motivos para mirar hacia adelante, como si su entusiasmo fuese contagioso y sus sonrisas fuesen fuente de energía. Personas que alegran mi vida en esta nueva etapa donde la tecnología nos sigue sorprendiendo y debo aprender nuevas palabras que la Real Academia de la Lengua acaba de incorporar al diccionario.

Nunca antes aprendí tantas cosas como ahora al convivir con las nuevas generaciones; y con ellos, descubrir el valor de la verdadera amistad; el cálido abrazo; la sonrisa alegre como luz brillante porque nunca antes aprecié las pequeñas cosas con tanta emoción y atenciónque hoy las descubro con la emoción de un explorador entre serendipia y serendipia.

Como nunca antes, el tiempo me habla al oído, me revela historias olvidadas, me invita a la casa de la Nostalgia que tanto aborrecí; me sienta a su lado y lanza perlas del tiempo con recuerdos rosas, azules, rojos, blancos y negros. Así es la vida de cualquiera, llenos de momentos nefastos y fastos. Los instantes fastos solamente los apreciamos a la distancia. Nunca antes me imaginé capaz de acumular tantas historias en un fragmento de segundos luz. A la distancia, el tiempo es apenas un soplo en mi vida. De pronto, percibo con claridad prístina y deslumbrante, la fortuna de haber tenido una existencia feliz, llena de bendiciones que disfruté a mi manera a pesar de tantas equivocaciones y errores que como sea, nunca antes apreciamos como lecciones de vida. Quizá, porque nunca antes pensamos en llegar a la vejez; la alegría de vivir nos hace sentir inmortales, eternos viviendo en el aquí y ahora.

TESTIMONIO DE GRATITUD

Nunca antes pensé llegar a los 74 años. Un camino agridulce en medio de satisfacciones, alegrías y los achaques de ahora; sin embargo, agradezco a Dios porque sigo con vida rodeado de personas valiosas a quienes agradezco su apoyo, consejos, compañía y respaldo.

Agradezco a mi sobrino Isaac su preocupación e inmediata respuesta para hospitalizarme; agradezco al equipo de Movimiento Ciudadano la motivación para continuar con mis consultorías; agradezco a mis hijos Moisés, Yelina y Horacio apoyo para hacer posible que mi hermana Nora me acompañara en este trance.

También dejo testimonio de gratitud a mis hijos Gastón y Ana Karen; a mis sobrinos Zussette, Ángel, Josué y Raquel tan cercanos en toda mi vida; sin olvidar agradecer a Corina, Claudia, mi cuñis Gaby, mi suegra Maru y Paty G.

Agradezco a mis médicos Luis Torija y Roger Pascacio por alejarme de un hospital insalubre, deprimente y de alto riesgo por las infecciones pululantes; agradezco su dedicación y afecto al seguirme de cerca en los tratamientos que me ordenan; agradezco a mi muy querida amiga Josefa sus invaluables e innumerables atenciones en los momentos más difíciles como a Berenice y Eulise. Tengo tanto que agradecer a tanta gente que no me alcanzaría este espacio; pero debo mencionar a mis amigos de Giraluna, Charly, Nay, Jade y Johuali quienes alegran mi vida. Por supuesto, a mis vecina Verónica, María, Rodrigo, Nadia y Enrique, siempre cercanos y amorosos.

A mi amigo Enrique Alfaro le agradezco su respaldo para poder ver mis columnas publicadas en su Diario. Pero por encima de todo, AGRADEZCO A DIOS permitirme conocer el dolor como dejarme llegar a la vejez para apreciar el privilegio de vivir.

Nunca antes escribí sobre mis emociones, por lo cual expreso mis disculpas con los lectores por esta carta íntima dirigida a mi hija Ana Karen, como testimonio de gratitud y profunda cuestión de amor.

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