
José Antonio Molina Farro
La historia se mueve y los sistemas surgen y caen, en ciclos que la acción humana no puede controlar. En 1930 Gramsci escribió: “La crisis consiste en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno, aparece una gran variedad se síntomas mórbidos”. El pensador marxista más original del siglo XX explicó: “Soy pesimista por inteligencia, optimista por voluntad”.
Por el contrario, el estadista español Felipe González dijo creer en el optimismo de la inteligencia y el pesimismo de la voluntad, porque “se puede pero no se quiere”. Gramsci formuló una tesis que todavía hoy sigue enmarcando el pensamiento de la izquierda: Occidente está atrapado en un estado patológico de desorden entre dos sistemas. Como se trata de un estado mórbido es posible remediarlo si existe una decidida voluntad política. O así les gustaría creer a los progresistas, por lo menos. Porque la alternativa es la desesperación.
Pero la realidad es inflexible. No habrá un orden global similar a los que existieron o se imaginaron. El liberalismo y el socialismo se formularon en una época de supremacía occidental, un accidente histórico que duró unos siglos y que ahora está acabándose. Los pensadores progresistas imaginan el futuro a través del prisma de sus pasados perdidos. La vida posterior es impensable.
El orden presidido por Estados Unidos en su última encarnación, era una construcción neoliberal. El sistema que supuestamente iba a extenderse por todo el mundo, ha desaparecido en su país de origen. Trump ha destruido no solo el libre comercio, ha adquirido participaciones en industrias estratégicas y, de esa forma, ha convertido el capitalismo estadounidense en una empresa dirigista, gobernada por sus amigos y él.
Al autorizar una investigación penal contra el presidente de la Reserva Federal Jerome Powell, está socavando uno de los pilares fundamentales del orden neoliberal y la primacía del dólar estadounidense. El neoliberalismo como sistema funcional solo permanece semiintacto en la Unión Europea, un mercado libre continental que se tambalea, encerrado e impotente entre potencias mercantilistas depredadoras. Si decide tomar represalias contra las amenazas arancelarias de Trump, el último bastión caerá.
Estamos volviendo a la normalidad histórica, en la que distintos imperios y Estados nacionales, tiranías y repúblicas compiten en alianzas cambiantes. China, aunque se incorporó a la O. M. C. en 2001 nunca ha aceptado la globalización del libre mercado y siempre ha querido instaurar su propio modelo estatista. Pero no puede obligar a todos a adoptar un único sistema económico, como tampoco pudo hacerlo E.U.
La India no va a someterse al dominio chino, ni Japón se rendirá para convertirse en un Estado tributario. Vietnam y Filipinas se resistirán a incorporarse a las estructuras sinocéntricas. El eje del mundo se está trasladando del oeste al este, pero no vamos a tener un sistema unipolar dirigido por China.
El sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial está en plena demolición. En la estrategia de Seguridad Nacional presentada en diciembre de 2025, E.U. renuncia a ser garante de la seguridad internacional y, al mismo tiempo, reivindica la soberanía sobre el hemisferio occidental, “el corolario Trump” a la doctrina Monroe, rebautizada como “doctrina Donroe”. El documento refrenda la aprobación de parte de los E.U. de la multipolaridad, la teoría -una realidad de hace tiempo- de que ninguna potencia posee la autoridad suficiente para imponer su economía política en todo el mundo.
La intervención de Trump en Venezuela siguió el manual de estrategia de la NSS. No fue un intento de cambio de régimen, el aparato represivo del gobierno de Delcy Rodríguez permanece intacto. La maniobra constituye una vuelta al Gran Juego (la pugna entre Reino Unido y Rusia por controlar Asia en el siglo X1X).
Pese a toda la palabrería sobre el ascenso sobre una economía basada en la expansión infinita del conocimiento, lo que está impulsando la rivalidad entre las grandes potencias es la lucha por el control de recursos naturales que no son inagotables, lo mismo que empujaba a los imperios europeos. La IA está reinventando los límites del crecimiento. Si China está adelantándose en la carrera tecnológica es, entre otras cosas, porque cuenta con abundante carbón para alimentar los centros de datos que tanta energía consumen. La revolución digital se apoya en los combustibles fósiles y los recursos hídricos, cada vez más escasos.
Sin embargo, las enormes reservas petroleras de Venezuela tendrán poca utilidad en una guerra de recursos. Con una infraestructura destruida por una mala gestión, extraer el petróleo sería largo y costoso y habría que hacerlo en un entorno implacablemente hostil. El país contiene una plétora de milicias antigubernamentales, bandas leales a maduro y cárteles criminales, entre las que hay, incluso, redes infiltradas por Hezbolá.
A los directivos europeos convocados por Trump a la Casa Blanca el 9 de enero no pareció entusiasmarles mucho la perspectiva de trabajar en un ambiente tan anárquico, el director ejecutivo de Exxon llegó a decir que “es inviable invertir” en Venezuela.
El interés por Groenlandia revela la misma lejanía de la realidad. No es la primera vez que E.U. se plantea absorber la isla. El Swcretario de estado William Seward, que compró Alaska a Rusia en 1867, sopesó adquirir Groenlandia, y También Harry Truman en 1946. La idea no prosperó.
Pero su ubicación en el límite del hemisferio occidental hace que sea complicado saber dónde reside la soberanía de la isla. La geografía es una de ñas razones por las que es imposible el fin de la historia. Rusia está militarizando poco a poco el Ártico y China ha comenzado a decir que se considera un “Estado casi ártico”.
No obstante los argumentos a favor de la anexión son endebles. Gracias a un tratado de defensa firmado con el gobierno danés, Groenlandia alberga sistemas de alerta temprana de misiles balísticos que ayudan a proteger a E.U. de ese tipo de ataques. La presencia estadounidense se puede reforzar en el marco de los acuerdos existentes.
Anexionarse el territorio en contra de la voluntad de otros miembros de la OTAN, sería una catástrofe para la de seguridad europea. No solo la alianza atlántica se desintegraría de la noche a la mañana sino que, sin la vigilancia de los satélites estadounidenses, Europa quedaría indefensa.
DISONANCIA COGNITIVA.
El efecto que causa esta perspectiva en las élites europeas es un ejemplo de disonancia cognitiva. Al mismo tiempo que Trump amenaza a los países europeos (incluido Reino Unido) con imponerles nuevos aranceles si se oponen a que se adueñe de Groenlandia, Europa le necesita ofrecer garantías de seguridad a Ucrania. En Europa la Psicopatología eclipsa la geopolítica.
Keir Stermer se aferró al orden que está desapareciendo. Reacción comprensible. El cambio de régimen en E.U. deja a Gran Bretaña en una situación casi imposible. El primer ministro predijo que el presidente Trump no recurriría a una acción militar, pasando por alto las palabras del propio Trump, que escribió una carta al primer ministro noruego ese mismo día: “Ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz”.
SOLIPSISMO.
Trump es un personaje demasiado solipsista como para dejarse guiar por una visión del mundo. Pero el subjefe del gabinete de E.U. Stephen Miller la detalló en su nombre durante una entrevista con la CNN: “Vivimos en un mundo en el qie por mucho que se hable de sutilezas internacionales y todo lo demás… vivimos en un mundo, el mundo real, en el que lo que cuenta es la fuerza, el poder… Estas son las leyes de hierro del mundo”.
El “realismo” trumpiano no es una estrategia sino un ejemplo de postureo preformativo, una escenificación para causar efecto inmediato en el resplandor evanescente de las pantallas de los móviles.
Seguramente las empresas estadounidenses tienen pocos deseos de apresurarse a explotar los recursos de Groenlandia como los de Venezuela. Se encuentran enterrados en bajo el suelo helado, y no está claro qué beneficios hay en extraerlos.
En cambio China controla las tierras raras de África, Myanmar y otros países. Y ese es el problema: mientras los tiranos acumulan activos materiales, los adoradores del poder en la Casa Blanca persiguen fantasmas.
Los regímenes van y vienen. Los cambios actuales coinciden con un momento de avances tecnológicos cada vez más rápidos. Desde finales del siglo XVIII los visionarios progresistas han pensado que la tecnología es una fuerza unificadora.
Tanto si la unificación era la tecnocracia unificadora de Saint-Simon, como el comunismo igualitario de Marx, el “mercado espontáneo” de Hayek o el “capitalismo democrático” de Fukuyama, la lógica de la historia era una civilización planetaria basada en el modelo occidental.
Sin embargo, la historia no revela ninguna lógica de ese tipo sino en todo caso lo contrario. La difusión de nuevas tecnologías desemboca en la democratización de la guerra. Una tribu fundamentalista sigue interrumpiendo cadenas de suministro vitales en el Mar Rojo.
Un dron hutí cuesta miles de dólares, mientras que el misil tierra-aire occidental lanzado para interceptarlo cuesta millones. Además el progreso tecnológico no necesita el individualismo liberal.
El Japón de la era Meiji se industrializó en el plazo de una generación sin incorporar los valores liberales y se convirtió en el primer país asiático en derrotar a un imperio europeo, cuando venció a Rusia en la batalla naval de Tsushima en 1905.
Todo apunta que E.U. en el futuro seguirá siendo prodigiosamente innovador y sus divisiones seguirán alimentando su vitalidad inagotable, pero ya no será el pilar de un régimen mundial.
Aunque en algunos círculos de MAGA se insiste en que E;U: está actuando como guardián de la civilización occidental, el régimen de Trump está dando a la izquierda hiperprogresista lo que siempre ha deseado: la deconstrucción de Occidente. Ese es el significado de “Estados Unidos primero”.
El conflicto entre el neoliberalismo y el populismo, los adversarios que sean enfrentado en Occidente desde principios de siglo, se ha vuelto cada vez más explosivo, pese a que todos los aparentes reveses del neoliberalismo no impiden que sea dominante.
Solo consigue sobrevivir a base de reproducir lo que amenaza con derribar, mientras que el populismo ha adquirido mayor magnitud sin desarrollar ninguna estrategia significativa. El pulso político entre ambos no se ha resuelto: nadie sabe cuánto se va a prolongar.
Los ecos de Gramsci son inconfundibles, Occidente está encallado entre dos “modos de producción”.
No existe ninguna gran teoría comparable a los antiguos paradigmas keynesiano y hayekiano, pero quizá tampoco sea necesaria. El Brasil de Getulio Vargas en los años treinta y la China postmaoísta progresaron sin contar con ninguna doctrina sistémica: el detonante fue una gran conmoción: la Gran Depresión y la Revolución Cultural.
Si alguna vez desapareciera en Occidente la convicción de que no hay alternativa posible, es de suponer que será algo comparable.
Gramsci da por sentado que cualquier cambio de régimen debe acabar produciendo un orden hegemónico similar. Piensa, con razón, que el neoliberalismo es un sistema internacional, más que un conjunto de políticas nacionales.
El engaño fundamental de la izquierda es pensar que las secuelas del neoliberalismo son temporales. Creer que el populismo es un estallido de irracionalidad ilustra este error.
La Xenofobia es el “as en la manga” de los movimientos populistas. Reconoce que la inmigración es masiva carece de legitimidad entre los votantes. Se ha producido casi siempre a sus espaldas, por lo que se ha convertido en un tema político no ex ante sino ex post facto.
Es más, la cuestión estaba excluida del discurso público. El neoliberalismo fue en gran parte un proyecto de despolitización de la política y ahora tiene su continuación en la legislación maximalista sobre los derechos humanos, que sitúa la inmigración fuera del control democrático.
La insurgencia populista es la otra cara de la moneda política del legalismo liberal. En el Reino Unido, lo que un número cada vez mayor de votantes rechaza y considera ilegítimo es la alternativa al populismo, un régimen tecnocrático obsesionado con los procesos en el que nunca funciona nada.
Curiosamente, da la impresión de que los teóricos marxistas no han comprendido la relación dialéctica entre cambio de régimen y la crisis de legitimación.
Hay otra interacción dialéctica que se está desarrollando en un escenario mucho más complejo y amplio. Trump quiere revertir el declive de E.U. mediante la reafirmación sin complejos de su poderío económico y militar.
Sin embargo su cacareada política exterior transnacional es contraproducente. Acuerdos coercitivos y unidireccionales ha dejado solo a E. U. Se ha distanciado de los viejos aliados y mientras tanto los enemigos de E.U. observan con shadenfreude (regodeo) y desconcierto.
Gramsci se obsesionó con maquivelo y utilizó sus escritos para reimaginar la estrategia comunista. Se resistía, como siguen haciendo sus seguidores de la izquierda, a la visión fundamental del clarividente historiador y diplomático florentino.
Los regímenes surgen y caen en ciclos interminables, que la acción humana no puede detener ni controlar.
El optimismo de la voluntad es una negativa deliberada a comprender el presente. La historia se mueve y la desintegración es la lógica de los acontecimientos.
El arte de la estrategia, si es que aún existe en los Estados que componen lo que antes se llamaba Occidente, consiste en saber cómo vivir en un mundo permanentemente fracturado.
P.D. Este artículo se inspiró en el columnista John Gray: La desintegración de un mundo que no volverá.


