
Edgar Hernández Ramírez
La aparición de Ni venganza ni perdón se suma a una secuencia reconocible: libros publicados en coyunturas clave que buscan instalar una narrativa política específica contra el lopezobradorismo. Antes fue El rey del cash; ahora, bajo otro estilo y otras voces, vuelve la promesa de “revelaciones” que –otra vez– pretenden explicar el corazón del proyecto de la 4T mediante historias de traiciones, rencores personales y acusaciones difíciles de verificar.
Pero los libros de esta estampa no surgen en el vacío. Que Ni venganza ni perdón circule de inmediato en redes sociales en formato PDF –algo que suele ocurrir sólo con publicaciones que buscan impacto político más que rendimiento editorial– indica que el objetivo central no es hacer ventas, sino producir un efecto discursivo rápido, efectista, especialmente en un ambiente de confrontación donde la disputa es narrativa y simbólica.
Se trata, en apariencia, de un texto de denuncia. Pero por sus tiempos y formas funciona, sobre todo, como artefacto propagandístico: pretende erosionar la legitimidad del proyecto lopezobradorista en un momento donde cualquier desgaste se traduce en valor político para sus adversarios.
El libro se inserta en una tendencia ya conocida: convertir la política mexicana en una saga moral, donde todo se explica por traiciones personales, venganzas y ambiciones ocultas. Este enfoque simplifica la realidad, pero también la deforma: sustituye la crítica institucional profunda por anécdotas y especulaciones.
No es que los gobiernos de la 4T estén exentos de críticas. Es sano y necesario examinarlos. Pero Ni venganza ni perdón no ofrece datos verificables, documentos públicos y contrastables, metodología sólida, o análisis estructural del ejercicio del poder.
En cambio, privilegia testimonios indirectos, interpretaciones subjetivas, lecturas emocionales, y un tono permanente de resentimiento.
Más que una obra de análisis político, el libro se acomoda en el género del libelo narrativo: un texto que aparenta denuncia, pero cuyo propósito principal es desacreditar a un adversario político, apelando al morbo antes que a la evidencia.
La disputa por la narrativa de la nación
Lo relevante aquí no es sólo el libro, sino la disputa que lo rodea. La batalla política en México se libra también en el terreno editorial: recordemos La mafia que se adueñó de México, El engaño, El rey del cash, y ahora Ni venganza ni perdón.
Todos comparten un rasgo: buscan fijar la idea de que el proyecto político actual no es legítimo, que nació de pactos turbios, traiciones internas o corrupción moral.
La verdadera estrategia del libro puede ubicarse en los siguientes puntos:
1. Construir una narrativa de fractura interna en la 4T. La figura de Scherer Ibarra –hijo del fundador del semanario Proceso– se usa como símbolo: el “insider” que revela los supuestos mecanismos oscuros del gobierno. Su distancia con el Presidente es el motor dramático del texto.
2. Alimentar el clima emocional anti-AMLO en sectores ya predispuestos. Más que convencer a indecisos, el libro parece diseñado para dar munición argumentativa –aunque poco rigurosa– a quienes ya están en contra del proyecto de la 4T. Introduce sospecha, alimenta percepciones previas y refuerza identidades políticas. Funciona como espejo emocional de un sector social más que como herramienta de comprensión colectiva.
3. Insertarse en un momento político donde cada golpe mediático se magnifica. Por eso la urgencia en su circulación, incluso “pirata”. El objetivo no es crear un documento histórico, sino generar ruido político inmediato.
Entonces, ¿qué es Ni venganza ni perdón? ¿Una denuncia responsable? ¿Un ejercicio periodístico riguroso? ¿Una contribución a la deliberación democrática?
La evidencia apunta a otra cosa: Es un desahogo revanchista, narrado con pluma periodística. Es un ajuste de cuentas vestido de “investigación”. Es munición narrativa de bajo calibre antes que un análisis del poder.
No es “ni venganza ni perdón”. Tampoco es análisis serio. Es, en el mejor de los casos, ni fu ni fa: un libro que dice mucho, pero demuestra poco; que acusa, pero no prueba; que narra, pero no ilumina.
Sirve para entender cómo se libra la batalla discursiva en México, pero no para comprender cómo funciona realmente el Estado ni las tensiones del proyecto político que gobierna hoy al país.
En ese sentido, su utilidad es más sintomática que analítica: no explica el poder, sino la guerra por el relato del poder.
Y al final, cuando se cierra el libro, la sensación que queda no es la de haber conocido mejor el poder, sino la de haber asistido, con boleto pagado (bueno, en este caso gratis), al espectáculo del rencor.


