
Juan Carlos Cal y Mayor
Resulta paradójico que México y España, dos países unidos por una historia común que hoy algunos pretenden reinterpretar bajo la exigencia de un supuesto “perdón histórico” de la corona española, terminen coincidiendo en algo mucho más revelador: su alineamiento político con una izquierda internacional que, bajo el discurso del progresismo, suele terminar justificando o minimizando a regímenes autoritarios y movimientos violentos.
Basta observar el caso del conflicto en Medio Oriente. Mientras Israel enfrentó un ataque sistemático de organizaciones armadas respaldadas por Irán, buena parte de esa izquierda opta por una narrativa que coloca en el mismo plano a una democracia y a grupos que han hecho del terrorismo una estrategia política.
En distintos episodios recientes se han lanzado cientos de misiles contra territorio israelí. De no existir el sistema antimisiles que protege al país, el saldo habría sido una catástrofe humanitaria de proporciones mayores.
EL PATROCINIO DEL TERROR
Irán no solo representa una amenaza geopolítica por su programa de misiles o sus ambiciones nucleares. Durante décadas ha financiado y respaldado a organizaciones armadas como Hezbollah en Líbano, Hamas en Gaza y otras milicias que operan en distintos frentes del Medio Oriente. Es decir, el régimen iraní no actúa únicamente como un Estado, sino también como patrocinador de redes que utilizan el terrorismo como instrumento político.
En ese contexto resulta difícil entender que gobiernos como el de México o España prefieran esconderse detrás de una supuesta neutralidad diplomática, como si se tratara de conflictos convencionales entre Estados equivalentes.
Algo similar ocurrió durante años con el régimen venezolano, cuya deriva autoritaria fue minimizada por buena parte de la izquierda internacional hasta que la presión externa terminó modificando el equilibrio de poder en la región.
LA NEUTRALIDAD ES COMPLICIDAD
Frente a estas realidades surge una reflexión moral que trasciende la geopolítica. El arzobispo sudafricano y activista contra el apartheid, Desmond Tutu, lo expresó con una claridad difícil de rebatir: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor.” La frase resulta incómoda porque desnuda una verdad frecuente en la política internacional: la neutralidad no siempre es una postura ética, sino muchas veces una forma de evasión.
Cuando se guarda silencio frente a regímenes que reprimen a su pueblo como los recientes asesinatos de miles de manifestantes, financian grupos violentos o amenazan la estabilidad internacional, la supuesta imparcialidad termina funcionando como un tipo de respaldo indirecto.
LA HISTORIA COMO LECCIÓN
La historia ofrece ejemplos reveladores. Tras la devastadora Guerra Civil española, el general Francisco Franco decidió mantener a España al margen de la Segunda Guerra Mundial. Aquella decisión —criticada o elogiada según la ideología de quien la juzgue— tuvo una lógica pragmática: evitar que un país exhausto por la guerra civil volviera a hundirse en una guerra global.
México, en cambio, tomó una decisión distinta. Bajo el gobierno de Manuel Ávila Camacho, el país se alineó con los Aliados y participó incluso en operaciones militares en el Pacífico mediante el Escuadrón 201, que combatió posiciones japonesas en Filipinas.
La enseñanza es clara: cuando los conflictos adquieren escala mundial, las posiciones ambiguas suelen diluirse rápidamente. En política internacional, la neutralidad muchas veces es simplemente una fachada.
EL PRECIO DE LAS AMBIGÜEDADES
Hoy México parece volver a esa zona gris. El gobierno de Claudia Sheinbaum insiste en invocar los principios tradicionales de la política exterior mexicana —no intervención y autodeterminación de los pueblos— para evitar pronunciarse con claridad frente a regímenes titánicos como los de Irán, Cuba o Venezuela.
El problema es que esos principios fueron concebidos para proteger la soberanía de los Estados frente a agresiones externas, no para blindar dictaduras.
Donald Trump, por ejemplo, ha demostrado que su política exterior se rige por una lógica mucho más directa: los aliados cuentan; los adversarios se enfrentan. Y en ese tablero, las ambigüedades suelen interpretarse como señales de desconfianza.
México depende profundamente de su relación comercial con Estados Unidos. Gran parte de nuestras exportaciones y del dinamismo económico del país descansan en ese vínculo. Millones de empleos están en juego.
Jugar a la neutralidad mientras se mantiene una dependencia económica tan profunda puede terminar siendo una apuesta arriesgada. Porque en el ajedrez de la política internacional hay momentos en que no tomar partido también significa haberlo hecho.


