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Montaigne

Montaigne
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José Antonio Molina Farro

Hace cuatro siglos el pensador francés nos dio una valiosa y contundente receta contra la polarización. Se le considera “el más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos”. Encarnó como pocos el espíritu del Renacimiento, un tiempo convulso en lo político y optimismo en lo intelectual, una era de hallazgos en la que el hombre se reivindicó a sí mismo como centro y medida del universo.

El filósofo no solo sintonizó con ese torrente filosófico. Lo hizo con un estilo personal, pese a no levantar pasiones en sus contemporáneos. No le importaba gran cosa. “Yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano”.

Lo recordaba Sarah Bakewell, “Escribir sobre sí mismo para crear un espejo en que otras personas pudieran reconocer su humanidad”. No escribía para dejar constancia de sus grandes hazañas y logros. Miembro de una generación despojada del esperanzado idealismo que disfrutaron los contemporáneos de su padre, soportó los sufrimientos públicos, centrando su atención en la vida privada.

Se preguntaba en 1580 una cuestión vigente hoy: ¿Cómo diablos vivir? ¿Cómo gestionar nuestros días para disfrutar de una vida plena, honesta y que nos resulte satisfactoria? Y aquí me detengo en uno de los grandes retos de nuestro tiempo: la polarización. Cuántos cientos de miles de mexicanos han roto alguna relación con familiares y amigos por discusiones y posturas aparentemente irresolubles sobre cuestiones políticas. Y no es potestativo de México. Lo vemos también en otras latitudes, por ejemplo España. Pero ¿cómo calmar el debate con un alto porcentaje de la población inmersa en ‘cámaras de resonancia’ en las que prácticamente todo su entorno piensa igual o de manera muy similar?

Montaigne nos deja un aforismo muy profundo y rotundo: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”. Y otra frase inspirada en Terencio: “Este hombre ha dicho grandes tonterías con gran esfuerzo”.

¿Qué quiere entonces decirnos Montaigne? Que todos podemos equivocarnos, incluso los más sabios, incluso él mismo, con lo que a la hora de sentarse a confrontar ideas hay tres palabras que no conviene olvidar, y que suenan a vacuna en tiempos de crispación:

Honestidad

Moderación

Prudencia

Un hombre de virtudes excelentes puede albergar opiniones falsas; un malvado predicar la verdad, hasta aquél que no cree en ella, “el decir” es algo muy distinto “del hacer”, y a menudo resulta útil analizar por separado al predicador y lo que predica. Incluso nos recuerda, “Jamás en el mundo han existido dos opiniones iguales como tampoco dos cabellos, ni dos granos idénticos. La cualidad más universal de aquéllas es la diversidad”.

¿Entonces todo es relativo o no se pueden discutir ideas? En absoluto. Lo importante es tener presente que ni el más sabio de los sabios está libre de equivocarse, decir estupideces y no pasa nada porque eso ocurra. Lo importante es cómo se plantean las ideas. Su obra está salpicada de estoicismo, como cuando recuerda: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo”.

Una vacuna contra la crispación en un momento en el que el debate público tira de las costuras de la sociedad y parecemos más dispuestos que nunca a dar perdida una relación con parientes y amigos por diferencias políticas. “Nadie está libre”.

Pese al tiempo transcurrido sus palabras siguen teniendo una vigencia rabiosa, encajan como un guante en 2026.

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