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México, el país que pudo ser / A Estribor

México, el país que pudo ser / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

México no nació donde nos dijeron. Ni en el mito fundacional del águila sobre el nopal, ni en la caída de Tenochtitlan como si aquello fuera ya una nación. El llamado imperio mexica no era México: era una ciudad-Estado con vocación imperial, que dominaba tributariamente a buena parte del centro y sur del territorio. Su caída no fue una simple “conquista extranjera”, sino el derrumbe de un sistema opresivo a manos de una alianza compleja donde pueblos como los tlaxcaltecas y totonacas encontraron en los españoles una oportunidad de liberación.

EL MUNDO QUE SE ESTABA FORMANDO

Tampoco hubo una “colonización” inmediata. Lo que surgió fue primero un territorio en exploración, un Nuevo Mundo que ni siquiera Cristóbal Colón alcanzó a comprender en su totalidad. La Nueva España fue una construcción posterior, fruto de décadas de expansión, alianzas, resistencias y organización institucional.

Ni siquiera Hernán Cortés fue su primer virrey, porque el virreinato vendría después, cuando el territorio pasó a convertirse en un proyecto de civilización.

Durante tres siglos, la Nueva España no fue un espacio marginal, sino uno de los centros más dinámicos del mundo. Su riqueza, basada en buena medida en la plata, convirtió a la moneda novohispana en referencia global. Las instituciones, las ciudades, los caminos y la vida económica alcanzaron niveles de prosperidad que, en muchos sentidos, superaban a la propia península.

EL ERROR DE ORIGEN

Todo ese entramado se fracturó cuando Napoleón Bonaparte invadió España en 1808. La crisis no fue inicialmente una lucha contra España, sino una disputa por el poder entre criollos y peninsulares. El resultado fue la ruptura del orden institucional más sólido que había conocido este territorio.

México, como nación, nace realmente en 1821, y no entre balas, sino mediante un acuerdo político de gran calado ideado y encabezado por Agustín de Iturbide. La instauración de un imperio no era una extravagancia, sino la continuidad lógica de una tradición política monárquica. Sin embargo, el nuevo país nació sin tiempo para consolidarse: en 1824 adoptó una república, 10 años después se libraba la batalla del Álamo y la independencia de Texas de nuestro territorio y ya para 1846 ya enfrentaba una guerra con Estados Unidos que culminó con la pérdida de más de la mitad de su territorio. Difícil imaginar un inicio más accidentado.

UN SIGLO PERDIDO

Lo que siguió fue un largo periodo de inestabilidad: caudillos, guerras internas, experimentos políticos fallidos. Figuras como Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez y Porfirio Díaz marcaron etapas distintas de un mismo problema: la dificultad para construir un Estado funcional.

Paradójicamente, fue durante el porfiriato cuando México estuvo más cerca de convertirse en un país moderno, con orden, crecimiento económico y reconocimiento internacional. Pero la Revolución interrumpió ese proceso y volvió a sumir al país en la incertidumbre.

ENTRE LA ESTABILIDAD Y LA SIMULACIÓN

El siglo XX trajo una nueva etapa. El régimen surgido del Partido Nacional Revolucionario —posteriormente Partido Revolucionario Institucional— logró algo que parecía imposible: estabilidad política. No fue una democracia plena, pero sí un sistema que dio orden, continuidad institucional y crecimiento, especialmente durante el llamado desarrollo estabilizador.

Sin embargo, esa estabilidad tuvo costos: simulación democrática, control político y tensiones ideológicas que se manifestaron incluso en episodios como la Guerra Cristera, reflejo de un país dividido entre visiones irreconciliables.

LA ENCRUCIJADA ACTUAL

Hoy, México vuelve a estar frente a una disyuntiva histórica. Tras la alternancia democrática, que prometía corregir los vicios del pasado, hemos entrado en una etapa que presume transformación, pero que en los hechos revive viejos errores: concentración de poder, debilitamiento institucional, crecimiento económico nulo y una narrativa ideológica que insiste en modelos fracasados.

El país que pudo ser —ese que alguna vez tuvo instituciones sólidas, vocación de grandeza y capacidad de integrarse al mundo— parece desdibujarse entre decisiones erráticas, corrupción persistente e incompetencia administrativa. No se trata de nostalgia, sino de contraste: de lo que fuimos capaces de construir y de lo que estamos dejando perder.

México no es un fracaso inevitable. Es, más bien, una promesa interrumpida. Y esa, quizás, es la tragedia más profunda de nuestra historia.

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