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Memorias de un poeta

Memorias de un poeta
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Uvel Vázquez

CAPíTULO UNO

¿Quién es mi prójimo? 

Desperté con esta pregunta. 

Y mientras me preparo el desayuno, hablando solito. 

Mi prójimo es mi Soledad.

Yo estoy solo. 

Tú estás sola. 

Nosotros estamos solos. 

Tuve novias.

Me casé y tuve hijos.

Cuidé mucho a mis hijos.

Fui abuelo, abuela. 

Y me quedé solo en mi casa.

En la plata baja sólo habitan las hormigas.

El colibrí por las mañanas juega con diminutas flores. 

Los murciélagos estiran y hacen chillar a la noche. 

Pegada a mi ventana se me figura ver un rostro.

En la plata alta, tengo mi pequeño cuarto oscuro donde escribo.

Bueno, escribo en penumbra. 

Mi viejo Yo se esconde entre la ropa sucia. 

Fumo, haciendo figuras con el humo expulsado de mi boca triste. 

Entendí después de mucho, ¿quién es mi prójimo? 

Mi prójimo es mi escombro, mi escondite, mi soledad, mi sombra encalada.

Escribir es mi salvación.

Ardilla mi corazón, disparo de la tarde, me doy frentazos contra el muro, 

Mis manos se deslizan sobre la hoja de papel como una pequeña luna iluminándome.

Un murciélago revotó en la pared. Después de varios minutos volvió a la oscuridad y se oculta en el árbol de la noche. 

Voy a la cocina perezosamente, y traigo una copa de vino tinto.

Recuerdo cuando estábamos todos. Me parece oír las risas de mis hijos pequeños, las voces de la infancia quedaron pegadas en las paredes húmedas. 

Yo sé que no hay nadie, que estoy solo brotando como raíz en las paredes.

Me quedo solo debo saberlo.

Me aferré a no creerlo. 

El olor a viejo que brota de mi cuerpo arruinado. 

Las ganas de ir varias veces al baño. 

Esto de vivir con horarios. Medicamentado.  

Elogio a mis manos que me acompañan si dolor alguno.

A veces, mis dedos me duelen.

Mis manos me ayudan a vivir, mis manos acariciaron a mis hijos, 

y me hacen escribir y ser feliz.

Tocan la luz de mi sangre acostumbrada, acalorada soledad.

Toco mi cuerpo cansado, y recuerdo.

Recuerdo lo feliz que fui al tocarme con mis manos sonámbulas.

Envejecidas mis manos me despiertan cuando tengo un mal sueño.

En el sueño me asesinan presencias invisibles desde hace mucho.

Espíritus caídos al pozo de la hoja en blanco.

Escribo mientras alguien me dicta.

Me levanto a deshoras y escribo.

No quiero obedecer al centinela que me golpea con el martillo de la noche.

En mi oreja van esas voces reunidas como una fiesta.

En mi oreja atraviesan filas de presencias hechas de cenizas.

A diario se me caen las uñas.

Escribir me ha ayudado a soportar tanta bendita soledad.

Me amaron un día y me recetaron olvido por el resto de mi vida.

Solamente mis manos van conmigo, envolviéndome como regalo para la muerte.

Me anda buscando la muerte. 

Anda preguntando por mí. 

Por todos los sitios que me sé.

La muerte se está llevando a mis amigos, ¡seré el univoqué sin nadie?

Ya me envío las enfermedades.

Ya me envió a esas presencias para que me devoren con atrocidad.

Vuelvo a mis zapatos de tanto aguante.

Vuelvo a mis pasos vacíos sobre el agua seca.

Vuelvo a mi paz de muerto en vida.

Vuelvo ojeroso de mí angustia secreta.

Mudo y frío como el muro que se construyó alrededor de mí sin que me diera cuenta.

¡O, fui yo me encerré?

Hundo mi cabeza en la pagina oscura de tanta blancura.

Hundo mi sangre en cada línea.

Camino escribiendo de cabeza.

Camino sin ojos tropezándome con cada adjetivo, verbo, con los pronombres rechazo y vuelvo a volar en mí mismo como el murciélago.

Vivir solo, me ha ayudado a comprenderme lo violento y lo tierno que soy conmigo mismo.

Hay días, largos días en que me odio bélicamente fastidioso.

Hay días que me adoro mansamente.

Ese día salgo y saludo a todos como si fuera otro, como si despertara de un largo sueño.

Despierto con ganas de ser el mar para todos, de abrazarlos con ese amor que faltó desde el día que nací.

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