
Raúl Vera
Cuando el expresidente López Obrador afirmó que en su gobierno se requería “90 % de lealtad y 10 % de capacidad”, no soltó una ocurrencia: trazó una línea política. Una lógica donde la fidelidad pesa más que las capacidades reales. Una forma de gobierno que recuerda al viejo capitalismo de compadres —el de los afectos, las cercanías y las bendiciones del poder— y que, en el fondo, revive una estructura casi feudal: la sagrada familia política por encima del ciudadano.
En ese esquema, usted no es un ciudadano con derechos: es leal o desleal. Su movilidad social no depende de su esfuerzo, de su talento ni de su trabajo, sino del grado de adhesión a la teología política del grupo gobernante. Pensar distinto no está prohibido… pero tiene consecuencias.
Así llegó Marx Arriaga a la SEP: palomeado por la no primera dama y por su lealtad política. Se le colocó en un espacio estratégico para enarbolar la bandera de un proyecto “liberador, emancipador, anticolonialista y anticapitalista”: el diseño de los libros de texto de la transformación. Desde ahí no solo se producen materiales escolares; se define qué historia se cuenta, qué saberes se priorizan y qué ciudadanía se pretende formar. Es decir si la escuela debe formar ciudadanos críticos o fieles disciplinados.
La historia ya conoce estos experimentos. En la Unión Soviética de Stalin se hablaba de ciencia proletaria contra ciencia burguesa, como si las matemáticas o la biología tuvieran ideología de clase. En Cuba, los Pioneros aprendían consignas antes que preguntas. En algunas escuelas zapatistas, las planas enseñaban “el comandante Marcos lucha por nosotros”. Y, desde luego, el Libro Rojo de Mao, convertido en catecismo político obligatorio durante la Revolución Cultural, mientras China atravesaba hambrunas y crisis que costaron millones de vidas. Tras la muerte de Mao, el país cambió de rumbo, el Libro Rojo perdió su aura sagrada y China optó por una apertura pragmática. La lección histórica es incómoda pero clara: cuando la educación se subordina al culto político, el conocimiento suele ser el primero en resentirse.
En su salida del cargo, Marx Arriaga reivindicó su lealtad infinita al líder. Su capacidad —según sus críticos— quedó reflejada en libros cuestionados por errores, improvisaciones y decisiones polémicas, desde las matemáticas diluidas hasta contenidos que parecían moverse entre la pedagogía y la devoción, en un contexto donde se hizo célebre la idea de que un escapulario con la palabra ¡Detente! podía “espantar” el Covid. La ciencia, al parecer, también debía pasar por el rito.
Se presentó además como encarnación de la llamada “escuela obradorista”. Hasta donde sé, tal escuela no existe.
A menos que el modelo educativo consista en estudiar más la vida ejemplar del líder que las disciplinas escolares. ¿Y cuáles serían entonces los contenidos de esa pedagogía? ¿Aprender que la virtud pública se mide en sobres amarillos y “moches”? ¿Que la constancia académica significa volverse “fósil” universitario? ¿Que la ley puede hacerse a un lado cuando estorba al proyecto? ¿Que frente al crimen se ofrecen abrazos mientras las instituciones se mandan “al diablo”? ¿Que las alianzas políticas no se evalúan por su calidad moral sino por su utilidad?
Si esa es la currícula, no estamos ante un modelo educativo, sino ante un catecismo político con pretensiones pedagógicas.
Uno de los argumentos de Arriaga en defensa de los nuevos libros fue que los modelos anteriores “formaban para el mercado laboral”. Cabría preguntar: ¿y qué tiene de malo que una persona estudie para trabajar en aquello que eligió? La escuela no fija salarios, contratos ni condiciones laborales; eso lo hacen las leyes, la economía y las políticas públicas. Preparar a alguien para ejercer una profesión no es someterlo al mercado: es darle herramientas para no depender del favor político. Lo contrario sería suponer que la precariedad se combate con discursos, no con formación sólida.
Tras su notificación de despido, se instaló en lo que llamó “24 horas de protesta con propuesta” y, entre otras declaraciones, confirmó lo dicho horas antes por el secretario de Educación: “Me ofrecieron la embajada de Costa Rica, pero no me fui porque no quise traicionar a las bases magisteriales”. ¿Qué bases? ¿Quién lo eligió vocero del magisterio?
Añadió además que no es hombre de lujos y que prefiere seguir ganando como cualquier trabajador. La pregunta es inevitable: ¿qué trabajador común percibe 164 mil pesos mensuales?
Todo proyecto educativo responde a una idea del ser humano que quiere formar. En general, esa formación busca equilibrio entre tres ámbitos: el conocimiento, que permite comprender el mundo; el procedimental, que permite actuar en él; y las actitudes y valores, que orientan la convivencia social. Cuando ese equilibrio se rompe y la balanza se inclina hacia la narrativa ideológica, la educación corre el riesgo de producir adhesiones antes que formación sólida, consignas antes que criterios.
La educación pública debería formar ciudadanos libres, críticos y capaces de construir su propio destino. Cuando empieza a formar creyentes políticos, deja de educar y empieza a catequizar.
Marx Arriaga piensa que con ser fiel devoto de AMLO, tiene la factura del puesto que detentaba y que él fue llamado para proteger a la niñez mexicana de los pecados del capitalismo…


