
Edgar Hernández Ramírez
Hay políticos que representan ideas, causas o territorios. Y hay otros que representan únicamente a sí mismos. Luis Armando Melgar Bravo pertenece, sin rodeos, a este último grupo: el prototipo del político pernicioso que Chiapas debe mantener lejos de cualquier puesto de elección popular.
Su caso no es sólo el de un legislador desconectado de la realidad social del estado. Es el de un personaje que ha hecho carrera pública gracias a una mezcla tóxica de oportunismo, vínculos empresariales y arrogancia política, y que hoy pretende presentarse como defensor de Chiapas después de décadas trabajando para intereses ajenos al pueblo que dice representar.
El episodio en el que usó la palabra “autista” como insulto contra el exgobernador de Chiapas no fue un simple “desliz”, como él intentó justificar. Fue la exhibición descarnada de su soberbia y su ignorancia. Las denuncias formales presentadas por asociaciones y familias chiapanecas ante la CEDH, el Conapred y el Senado lo dejan claro: no se trató de una frase desafortunada, sino de una expresión discriminatoria que lastima a una comunidad que lleva años luchando contra el estigma. Un senador que desprecia a grupos históricamente vulnerados no está capacitado para representar a nadie.
Pero Melgar no solo discrimina, también calla selectivamente. Resulta casi cómico –si no fuera grave–verlo pontificar sobre ética pública cuando construyó su carrera desde el poder mediático y financiero de Grupo Salinas, donde trabajó durante casi dos décadas en puestos directivos. Su independencia política es un mito. Sus movimientos legislativos y sus giros discursivos siempre aparecen alineados, convenientemente, con los intereses de quienes fueron sus jefes.
¿Representa a Chiapas? ¿O actúa como mensajero político de un empresariado que durante años litigó para no pagar impuestos al Estado mexicano? Esa es la pregunta que cualquier chiapaneco debería hacerse.
Y a esta pregunta se suma otra: ¿qué clase de representante presume viajes de lujo por Europa mientras Chiapas enfrenta pobreza, desigualdad y crisis de seguridad? La ostentación no es solo un acto de mal gusto, es un golpe directo a la dignidad de quienes viven en el estado más rezagado del país. Un servidor público que muestra sin pudor su vida de privilegios mientras su territorio exige sensibilidad y compromiso está enviando un mensaje claro de desprecio a los chiapanecos.
Todo esto se agrava con su militancia en el Partido Verde, la organización política más camaleónica del país, cuyo historial habla por sí mismo: alianzas cambiantes, pragmatismo sin escrúpulos y una habilidad notable para acomodarse siempre del lado que ofrece más beneficios. Melgar es la encarnación perfecta de esa lógica; cuando le conviene se dice aliado, cuando le conviene se dice independiente, cuando le conviene se dice opositor. No hay principios, solo cálculo.
Su discurso reciente, disfrazado de indignación moral, no es más que el grito desesperado de quien busca reposicionarse políticamente tras décadas de vivir entre televisoras, despachos corporativos y cómodas oficinas en la Ciudad de México. No hay convicción; hay ambición. No hay defensa de Chiapas; hay defensa de un proyecto personal.
Chiapas, un estado históricamente agraviado, merece algo mejor que un político de reciclaje empresarial que insulta, simula y presume. La política chiapaneca no puede seguir tolerando figuras que llegan al Senado por la puerta trasera de la primera minoría y luego se autoproclaman “voz del pueblo”. No lo son. No lo han sido. Y todo indica que no lo serán.
El senador Luis Armando Melgar no es solo un mal ejemplo. Es una advertencia de lo que Chiapas debe evitar si quiere construir un futuro político digno: políticos que usan al estado, pero no lo sirven; políticos que hablan mucho, pero representan poco; políticos que ven la función pública como trampolín, no como responsabilidad.
Chiapas no necesita más Melgares. Necesita representantes que entiendan, de una vez por todas, que la dignidad pública no se improvisa. Se ejerce.


