
Esdras Camacho
En una ceremonia académica celebrada Turin, mientras se le otorgaba un reconocimiento “Honoris Causa” Umberto Eco enunció que las plataformas de divulgación másiva en internet generaron “la invasión de los idiotas”, enfatizando en la incapacidad del debate, degradación de las responsabilidades y baja calidad en el discurso.
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El auge de los therians en internet, jóvenes que se identifican como animales, ha convertido este concepto en un tema viral en plataformas como Instagram, generando tanto controversia como burlas y curiosidad.
¿Porqué se están volcando los jóvenes a esta moda de conexión con avatares y pseudo actitudes antropomórficas?
Se trata del abandono que experimentan los adolescentes: el impacto que genera la ausencia de normas, la erosión de los vínculos familiares y la progresiva indiferencia ante el esfuerzo sostenido. Existe una expresión popular que sintetiza bien este problema: “Mente ocupada, mente protegida”, es decir, la actividad como antídoto frente a la deriva. Sin embargo, el fenómeno de la distracción permanente no es más que uno entre los múltiples factores que hoy nos desbordan. Su eficacia radica en que interpela directamente a una humanidad aquejada por el tedio y el vacío, sobreexpuesta a mensajes que enaltecen el consumo, la moda y la búsqueda constante de estímulos inmediatos.
La juventud se está identificando con lo que se le está presentando, y lo que se le presenta es caos, fantasía, crisis, artificialidades. La máscara de un animal esconde es el sufrimiento, es la indolencia y la falta de empatía de los otros. La responsabilidad es nuestra. Tenemos tanto lujo a nuestro alcance, que hemos terminado por estupidizarnos.
En el relato Madame Bovary de Gustave Flaubert, ella es una mujer insatisfecha que idealiza el amor, la pasión y el lujo, deseando refugio en la fantasía, el adulterio y el consumo innecesario. Por rebeldía y su rebeldía provenía del tedio.
Tenemos millones de opciones de aprendizaje, de emprendimiento, de motivación, de desarrollo y no obstante nada nos llena, nada interesa, porque la novedad muere y nace segundo a segundo.
Esta crisis no es nueva, se viene edificando desde la revolución tecnológica.
¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! pronunciaría Nieztche, a fines del Siglo XIX y lo pregonaba con entusiasmo para que la humanidad tomara rumbo, para empoderarla hacia lo nuevo. La simplificaremos ahora. ¡La humanidad ha muerto! El destino ahora es la androtherianidad.
El uso de la tecnología cambió la forma en que trabajamos, nos comunicamos, producimos y consumimos: Tanta tendencia, tanta moda, tanta basura nos ha robado la imaginación.
La generación que creció aprendiendo de los Baby Boomerssuele ser la que más reacciona ante esto, la que se enfrenta con nostalgia: ‘En nuestros tiempos, la rebeldía era dejarse el pelo largo o escuchar rock pesado. ¡Eso sí era actitud!’ Y con algo de humor, te dirían: ‘¿Quieres elevar tu consciencia? ¡Agarra una pala y ponte a trabajar!’
Y es que hay algo de verdad en esa idea: cuando el cuerpo no se exige, también la mente tiende a aflojarse.
Un fantasma recorre el mundo… y nos ha atrapado. Es el nihilismo en versión 2.0: más intenso, más global y más presente.
SI, es una obviedad: no son nuestros tiempos. Pero hay algo que merece toda nuestra atención: la profunda necesidad de pertenencia que sienten quienes están creciendo en estos tiempos tan inciertos.
He ahí la herida y fractura.

