
Corina Gutiérrez Wood
Estaba tranquilamente en mi balcón, con el café enfriándose como siempre y la computadora abierta esperando tener una idea medianamente brillante para escribir, cuando abrí el celular. Error número uno, siempre es error número uno, entras a ver la hora y sales preguntándote en que momento la humanidad tomó un desvío sin retorno.
Ahí estaba el video.
Una persona, con mascara, seria, concentrada, mirando a la cámara con gran solemnidad.
“Yo no me identifico como humano. Me percibo como lobo.”
¿Perdón?
Lo volví a ver, lo pausé, lo regresé una y otra vez, busqué señales de ironía, sarcasmo, actuación, pero no, no había nada de eso; era completamente real. Seguía explicando su “despertar”, la conexión con su esencia animal y su proceso interno. Todo eso con música de fondo, de esa que utilizan en los cursos de superación personal, tomas bien cuidadas y su narrativa perfectamente armada. Toda esa producción impecable para anunciar que se percibía como un lobo gris. Aun no salgo de mi asombro.
¡Y lo peor! no era un caso aislado, había más, muchos más.
Gente reunida en parques, maullando, aullando, gateando frente a la cámara, hablando de su “manada”, pidiendo respeto, exigiendo validación, ofendiéndose si alguien dudaba. Se hacen llamar therians, porque ponerle nombre a la fantasía la vuelve automáticamente respetable.
No sé en qué punto pasamos de “me siento raro” a “soy un animal atrapado en un cuerpo equivocado”, pero claramente me perdí ese episodio porque una cosa es ser distinto y otra muy diferente es convertir la confusión en identidad oficial.
Antes, cuando alguien se sentía fuera de lugar, decía que estaba perdido, triste, confundido, deprimido o en crisis y buscaba respuestas, terapia, amigos, libros, etc. Hoy parece más fácil declararte un animal y listo, ya tienes narrativa, comunidad y aplausos.
Lo que más me impresionó, no es la fantasía sino la seriedad con la que la defienden porque no lo plantean como un juego, ni como metáfora, ni como un experimento sociológico; loplantean como verdad absoluta, como si la realidad fuera opcional.
Y ojo, no hablo desde la intolerancia. Convivo con gente de todos los estilos, preferencias, ideas, contradicciones y rarezas posibles. La diversidad no me espanta y de hecho abogo por que sea respetada. Lo que me inquieta es la desconexión con lo básico.
Respiramos, pagamos impuestos, nos estresamos por correos, nos frustramos los lunes, tenemos crisis los domingos, vivimos cansados, sí, pero vivimos como humanos, no como lobos, ni perros, changos o gatos.
Sin embargo, en internet todo es válido, basta grabarte con cara seria diciendo algo extravagante para recibir corazones, mensajes de apoyo y frases motivacionales. Nadie te pregunta si estás bien, nadie duda porque ahora resulta que dudar, es agresión, preguntar es intolerancia y reírse es crueldad. Ahora decir una locura es más seguro que decir una verdad incómoda.
Y entonces aparece otro elemento que vuelve todo todavía más inverosímil; los adultos, porque esos chicos no viven solos en una cueva, que si soy honesta ahí deberían mandarlos para que entonces si vivan conectados con su bestia interna. Tienen padres, madres, tutores, familiares, maestros, psicólogos, o sea, en teoría, adultos responsables. Personas que paga recibos, maneja, vota, lleva a esos personajes a la escuela y hasta se van de shopping.
Y, aun así, dicen; mientras seas feliz, te apoyo en tu identidad y si dices que eres un lobito, entonces eres un lobito.
Como si educar fuera solo asentir, poner límites fuera maltrato u orientar fuera opresión.
Ahí es cuando uno ya no sabe quién está peor. Si el adolescente confundido que busca pertenecer o el adulto que decidió abdicar de pensar para no incomodar.
Porque hoy parece que decirle “no” a un hijo es casi un acto heroico. Nadie quiere ser el villano, ni cargar con la culpa, nadie quiere arriesgarse a que lo señalen por ejercer autoridad. Así que es más fácil aplaudir, asentir, fingir que todo está bien y sumarse al teatrito.
Y luego nos sorprendemos de cómo son los jóvenes, cuando los adultos llevan años rindiéndose. Renunciando a formar, a corregir, a incomodar y entonces, casi como si diera pena decirlo, alguien menciona el tema de la educación.
No como análisis profundo, sino como sospecha incómoda. Porque cuesta trabajo no notar que tenemos generaciones que batallan para comprender un texto sencillo, pero dominan perfectamente el lenguaje emocional de las redes. Que se pierden leyendo una sola página, pero saben construir personajes impecables, que no distinguen una fuente confiable, ¡ah! Pero sí que saben armar una narrativa personal conmovedora. Porque eso es, al final, un personaje con historia, drama y seguidores.
Claro eso es mucho más atractivo que enfrentarse a la vida sin filtros.
Ser humano implica hacerse cargo de lo que eres, equivocarte, corregir, seguir. Ser lobo solo implica prender la cámara, salir a hacer el ridículo y esperar aplausos.
No creo que todos estén locos. Muchos están perdidos, saturados, ansiosos, aburridos, buscando algo que les dé sentido en un mundo que no promete demasiado. Y eso es comprensible.
Lo que no logro entender es por qué decidimos fingir que la solución sea negar la realidad.Como si el problema fuera tener cuerpo humano y no vivir en un sistema que no sabe acompañar, educar ni orientar, como si aullar, ladrar o maullar resolviera algo.
A veces pienso que no quieren ser animales solo quieren huir de las expectativas, no tener que hacerse cargo de nada ni de dar explicaciones. No es que quieran ser un perro o un gato, es que prefieren convertirse en therians antes que admitir que están perdidos.
Lo que no entiendo es cuándo rendirse se volvió admirable, cuándo dejar de pensar se convirtió en identidad y huir en causa. Hoy todo se protege, todo se celebra, menos la responsabilidad personal. Y sin duda es mejor una generación de jóvenes con dudas, crisis y preguntas incómodas, pero conscientes de lo que son y de lo que viven, que una llena de criaturas simbólicas incapaces de razonar fuera de su personaje.
Y honestamente, prefiero enfrentar el caos como persona que esconderme detrás de una cola imaginaria, por muy esponjosa que esta sea.


