
Carlos Román García
Para mi madrina Náyade, que le va a las Chivas
La elección de un equipo de futbol –es cierto que una minoría de varones en México tiene otros deportes como favoritos y otra menor declara no tener aficiones deportivas– es una de las decisiones más importantes en la niñez o a más tardar en la adolescencia, cuando se define una identidad basada en los pedazos que uno elige del entorno, en la práctica de las afinidades selectivas.
Después de un breve lapso como aficionado a un equipo que dejó de gustarme porque representaba a aquellos que simbólicamente eran mis enemigos tuve que decidir entre el León, equipo de uno de varios hermanos vecinos, dos de quienes eran mis valedores en los años preadolescentes, y el Atlas, favorito del otro de ese par. Ambos fueron mis mentores en las primeras lecturas más allá del cómic, con los libros de Rius, y en la adquisición de un jacobinismo impostado que he dejado atrás por un agnosticismo simple y sin hielo.
La Iglesia católica, a la que años antes había seguidofielmente, era mi otra némesis, decidido como estaba a ser un joven ateo y comunista. Elegí al Atlas porque sus colores eran los de la bandera rojinegra de huelga. Siempre he sido dado a holgar, huelga decir. Ignoraba que el rojo y el negroeran símbolos de San Lorenzo, patrono de la escuela inglesa donde estudiaron los jóvenes burgueses de Guadalajara que importaron el futbol a su tierra, el rojo por la sangre, el negro por el sacrificio del santo que murió emparrillado y pidió asus cocineros que le dieran vuelta en el asador, porque ya estaba bien cocido de un lado. De ahí quizá el estoicismo de una afición para la que 70 años no fueron nada.
La medida del tiempo depende de cuál es el motivo de la cuenta. Asistente a unas bodas de diamante, Laco Zepeda escuchó la queja del nonagenario novio: hermanito, ya no aguanto a esta mujer. En el caso de Mark Twain, el mismo periodo de 74 años transcurrió entre dos pasos del cometa Haley por las cercanías de nuestro planeta y su vida entera. Por la paciencia demostrada entre un campeonato y otro, ser seguidor del Atlas puede verse como una forma vernácula de budismo. Tras su insólito bicampeonato en 2021 y 2022algunos fieles tuvieron dificultad para aceptar el triunfocomo antes para aceptar la derrota y mantener la lealtad; aunque el equipo gane, al final el mundo es ilusorio.
Once jugadores hay en el futbol soccer, lo mismo que el en el americano o en el rugby, nueve en el beisbol, son doce los apóstoles y diez los integrantes del conjunto de legionarios romanos: ocho soldados, más dos trabajadores que preparaban el campamento y el rancho. Las actividades que se representan en los deportes tienen que ver con la guerra y la caza, predominantemente masculinas por un periodo cercano a los 300 mil años. Son representaciones simbólicas del dominio de la testosterona, de la violencia calculada y contenida –no bien, no siempre–, en un mundo en el que la caza es marginal y no la forma básica de subsistencia y la guerra dejo de ser una actividad manual, de cuerpo a cuerpo, para aproximarse al armagedón de Terminator. Un número de integrantes cercano a los diez asegura la distribución racional de las tareas. Para la antropología del tiempo hay un poder que se ejerce de forma situacional; V.gr., antes de la aparición de las sociedades estratificadas el cazador más hábil del grupo, por ser quien mejor conoce el comportamiento de las presas, el terreno y las cualidades de cada integrante del resto del equipo, es quien manda en ese momento, no después, ni de manera personal ni heredada. En los pueblos indígenas los sistemas de cargos son transitorios, para un tiempo determinado y voluntariamente acordado entre las partes. Durante los tiempos de la dominación extranjera las mayordomías representaban un poder simbólico, que ha recuperado un espacio real. Hoy las autoridades elegidas por medio de las elecciones sólo tienen en muchos casos atribuciones administrativas, el poder real lo ejercen las autoridades tradicionales, también rotatorias.
A muchas mujeres no les gustan esos deportes,recolectoras pacientes y sabias, identificadas con la luna y con la tierra, tampoco les agrada la tauromaquia que perciben como un atavismo del más antiguo sistema patriarcal. Hay alguna razón, la sustitución de deidades femeninas por dioses hombres coincide con la aparición de la escritura. La A mayúscula de nuestro alfabeto representa el cráneo invertido del toro sacrificado y también la genitalia femenina, igualmente invertida, como símbolo de lo sagrado en el amanecer de la civilización minoica, y también del principio.
Las mujeres incursionan cada vez más en deportesconsiderados como exclusivamente masculinos. En 1971 la FIFA no validó los resultados del Mundial femenil en el que México, con la Peque Rubio, perdió la final contra Dinamarca 3 a 0. El futbol femenil tiene ahora más seguidores y una liga profesional, aunque incomparablemente menor frente a la de sus pares hombres en lo relativo a los salarios, y menos atendida por los medios.
Los equipos ostentan banderas y colores, como los países y los ejércitos, convocan músicos, clanes y hordas de seguidores que besan las camisetas y adoran a sus ídolos en altares que devienen iglesias como la de Diego Maradona. Esa lealtad primaria es irrecusable, no admitir que el árbitro se equivocó en una decisión que afecta a tu equipo equivale a traición. Las familias, los vecinos, las pandillas son capaces de actuar en coalición y llegar hasta el linchamiento contra enemigos reales o imaginarios; pocos son quienes cuestionan esa complicidad de las hordas, muchas veces injusta, absurda o evitable. No alinearse a las filas de la mayoría es una especie de pecado civil.
Aquellos que gustan de dominar a las masas ven con desconfianza a los individualistas, a los libres, a los ciudadanos que ejercen sus derechos por cuanto cuestionan su poder a veces tiránico y casi siempre ridículo, si no fuese en ocasiones trágico. No es desdeñable el adiestramiento de la paciencia, sólo tienen prisa las ambulancias, las motocicletas y los pendejos. Tampoco es mala lección no ceder al influjo de la masa uniforme que sigue ciegamente la voz del líder como los ratones la flauta de Hamelin.
No pocos creen que el bicampeonato atlista fue una falla de la Matrix y el inicio de la cuenta regresiva para el fin del mundo, no es improbable en el universo paralelo de la ficción. Lo cierto es que su éxito repentino e inesperado atrajo atlistas de ocasión y que es difícil predecir si volverán a ganar dentro de los próximos 70 años. No me acuerdo si el Unión de Curtidores fue alguna vez campeón, pero sí que el estadio de La Martinica, su sede, tenía un enorme muro detrás de la portería, donde rebotaban los balones altos, y también la ocurrencia del silbido rítmico de un aficionado, que servía para animar a su equipo cuando estaba a la ofensiva. También recuerdo que, de manera recíproca, el Unión de Curtidores mandó al Atlas a la segunda división y los zorros le devolvieron el favor unos años después, cosas del futbol y del tiempo, que todo lo corrige o atempera.


