
Viridiana Molina
Hay entrevistas que no se hacen para conocer al funcionario, sino para entender a la persona.
La conversación con Raúl Juárez —docente de profesión y actual director de la Red Estatal de Bibliotecas Públicas del Estado— parte justo de ahí: no del organigrama, sino de una convicción profunda.
Raúl no habla de la lectura como consigna cultural ni como adorno intelectual, habla de ella como herramienta, como acto político en el mejor sentido de la palabra: una acción capaz de incidir en la vida de las personas y en el tejido social.
En tiempos donde la lectura suele verse como un ejercicio elitista —reservado para quienes “tienen tiempo”, formación o capital cultural—, Raúl pone el dedo en la llaga: leer no es solo leer. Detrás del libro hay intención, contexto y posibilidad de transformación. No es una idea romántica, es una postura sustentada.
Investigadores como Michèle Petit, Daniel Cassany, Yolanda Reyes o Graciela Montes han demostrado que la lectura, cuando se trabaja desde lo comunitario, puede convertirse en un acto de resistencia. Petit, por ejemplo, llevó libros a los barrios más pobres de Francia y documentó cómo jóvenes en contextos de violencia o marginación encontraron en la lectura una grieta por donde reconstruirse. Leer no elimina la pobreza ni la violencia, pero sí cambia la forma de habitar la realidad. Y eso, muchas veces, es el primer paso para transformarla.
Raúl es claro en algo: la lectura no es neutra. También puede ser dogma, manipulación o adoctrinamiento como lo mencionó Hitler leía mucho, pero leía textos antisemitas diseñados para justificar el odio. Ahí está el matiz que a menudo se olvida: no basta con leer, importa qué se lee y desde dónde se lee. Raúl parafraseando a Sartre, quien decía: el ser humano es lo que elige ser. Cree que lectura acompaña esa elección, no la sustituye.
Desde esa mirada humanista —la misma que defendieron los griegos después de la guerra o Petrarca al colocar al ser humano en el centro del pensamiento—, Raúl sueña con una biblioteca distinta. Una biblioteca que se adapte a las nuevas generaciones, que rompa con la idea del espacio cerrado, silencioso rígido y burocrático, su apuesta es clara: bibliotecas híbridas, vivas, accesibles, lúdicas y recreativas; espacios de sano esparcimiento donde la literatura dialogue con el juego, el arte y la convivencia.
Durante su primer año de administración, esa visión ha comenzado a materializarse. La implementación de incentivos a través de concursos literarios ha tenido una respuesta alentadora. Jóvenes lectores con una capacidad de análisis y comprensión lectora notable para su edad; excelentes oradores que sorprendieron en la primera edición del concurso “Lector Joven” el cual, para ser debut, tuvo una convocatoria más que significativa.
En el marco del Día Internacional del Libro, la Red Estatal de Bibliotecas apostó por actividades interactivas: mesas de juego, ludo pedagogía, talleres de dibujo, artes plásticas y dinámicas recreativas, todas articuladas desde la literatura. La intención fue clara: que el libro deje de ser intocable y se convierta en experiencia.
En esa lógica, Raúl plantea una idea poderosa: el lector es un personaje más del libro. Desde su perspectiva, el lector es el actor principal de toda historia. Sin él, el libro y el autor no existen del todo. Es el lector quien da vida al texto, quien lo resignifica desde su propia experiencia.
El visionario revolucionario de las bibliotecas
Esta visión no es ajena a su historia personal. Raúl viene de una familia sin privilegios: una historia de superación qué más allá de estigmatizar o encasillar nos da una lección de cómo un origen humilde puede darnos a un gran lector, orador y docente con gran vocación por la literatura. Aprendió a leer a los siete años por necesidad, no por moda. Para él, la lectura no fue un lujo, fue una herramienta para comprender el mundo y resistirlo.
Por eso insiste: las bibliotecas públicas no deben ser bodegas de libros olvidados, sino trincheras de dignidad. Hablar de bibliotecas hoy es hablar de futuro.
Desde ahí se entiende su idea de biblioteca. No como un templo solemne ni como un espacio que intimida, sino como un lugar que invite a entrar, a quedarse y a volver. Cambiar la imagen estigmatizada de las bibliotecas —asociadas al silencio rígido, al trámite tedioso o al acceso limitado— es, para Raúl, una pequeña revolución cotidiana.
Su apuesta es clara: hacer que los libros sean accesibles sin solemnidad, que la lectura no se sienta como obligación escolar sino como experiencia viva. Bibliotecas que dialoguen con el juego, el arte, la palabra y la curiosidad; donde acercarse a un libro sea un acto natural y no un ritual pesado.
En esa revolución silenciosa, el lector ocupa el centro. Porque sin lector no hay historia, ni autor, ni libro que respire.
Y quizá ahí radique la verdadera transformación: cuando leer deja de ser tedio y se convierte en encuentro.


