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Le llamo tan sólo para informarle que Don Jaime Sabines acaba de morir

Le llamo tan sólo para informarle que Don Jaime Sabines acaba de morir
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Jorge Mandujano

El secretario de Obras Públicas del Estado había reunido a sus subsecretarios y directores para informarles que Jorge Mandujano era el nuevo director de Comunicación Social de la Secretaría: —No lo piensen dos veces, atibúrrenlo de información –había sentenciado, antes de dar por terminada la bendita reunión.

Así fue, sus ínclitos colaboradores no sólo tapizaron de cemento, varilla y alambrón mis vulnerables pupilas y mi por demás ausencia del manejo de los números (hasta estos benditos días, apenas y estoy aprendiendo a hacer letras), sino que —en efecto—, terminaron atiburrándome con solicitudes de propuestas de felicitaciones de cumpleaños, cartas de amor y las más tristes esquelas jamás escritas.

Así, la oficina comenzó a metamorfosearse en una suerte de casa de arraigo, adonde no fueron pocas amistades eternas que terminaron por visitarme, de forma escalonada, según sus especialidades y proclividades, para no desesperarlos con la antología temática de mis “escritos” pendientes, antes de partir a delinquir felizmente a los que mi padrino Gervasio Grajales llamara Centros de Protección contra la Tristeza, mal llamados —para él— botaneros o cantinas, en aquellos benditos tiempos.  

En una de esas tardes, en que ya ni el registro de la checada de salida de tarjetas se escuchaba, sonó mi teléfono: —“Don Jorge, soy la secretaria de don Toño Pariente, Lupita, ¿se acuerda de mí? Mi jefe me pidió que le llamara para informarle que Don Jaime Sabines acaba de morir. Él ya va camino al aeropuerto rumbo a México. Aquí le dejó su boleto, por si quiere alcanzarlo”.

Tras colgar el auricular, corrí hacia el estacionamiento, donde me esperó siempre mi humilde pero solidario vochito, atravesé la ciudad y me encaminé a la casa de mi madre, en pleno corazón de San Roque. Subí a saltos las escalinatas y entré en su casa, justo en el momento en que fijaba sus bellos ojos frente a la pantalla, donde daban la noticia en todos los canales de TV. La tomé de los hombros, ella me pasó sus manos por mis brazos, y comenzó a llorar inconsolablemente. Había sido como su hijo, luego de que Doña Luz Gutiérrez de Sabines, su madre, le precisara a él, junto a sus hermanos Juan y Jorge: —“Quieran mucho a Marthita, como si fuera su segunda madre; ella es la hija que nunca tuve”. Esto, en las incursiones de mi madre a los cursos anuales de especialidad en Educación Preescolar, a los que acudía en el entonces Distrito Federal.

―Relájate y quédate aquí, ya no salgas –me dijo.

Me quedé viendo un rato la tele con ella. No soporté más y partí a casa, un pequeño apartamento que tenía frente a la escultura de El Chamula, de la autoría de mi hermano Gabriel Gallegos, no sin antes pasar por una vieja vinatería que, por cierto, hasta hoy día está en funciones (2ª. Sur y 9ª. Poniente), me hice de una botella de licor y me encerré a leer en voz alta y a beber hasta el amanecer…

II

Doña Lucita, así le decíamos en casa a Doña Luz, quiso tanto a mi madre que nunca dejó de mandarme regalos por correo a Jiquipilas: ―Besitos a mi Pancho Pantera”, sellaba sus cartas o recaditos. Y sus regalos eran siempre overoles que, sin ir más lejos, aparecieron indubitablemente en los retratos infantiles, junto a mis hermanas. (Más tarde, habría de enterarme de su, más que proclividad, irrenunciable defensa de los movimientos obreros que le tocó vivir… y apoyar).

No faltó mi reclamo por regalos que ni al caso: Yo quería juguetes, no overoles. Así fue que, una mañana, llegó a la casa el cartero del pueblo, con una cajita cuadrada, pesada.

Tras leerme la carta de la remitente ―y sin mostrar el mínimo interés de mi parte― despedacé las paredes de cartón, hice bolas diminutas las bellas y multicolores tiras de papel de china, las bolitas de algodón en tonos pastel, hasta llegar al férreo cuadro protector en cuyas entrañas apareció una pistola escuadra, de acero inoxidable, color plata y con una cacha forrada en madera, pesadísima y con un cargador de 12 balas compactas fulminantes de salva, que sonaban como una pistola de adeveras.

Sin pensarlo más, y sin hacer caso a los gritos de mi madre, me encaminé hacia el corral que daba a la casa de doña Chabelita y sus hermanos, tres de los llamados niños viejos en el pueblo, porque nunca se casaron, pero sábado tras sábado bebían, cantaban y lloraban de alegría hasta el anochecer.

Ahora, familiares de los ejidos habían llegado en una carreta y la habían internado en su interminable sitio poblado de inconmensurables árboles de tamarindo, cuyas ramas rozaban el suelo y anochecían los días aun estando en mitad de la tarde.

 Los señores grandes habían desuncido ya los bueyes, y habían dejado la carreta con el yugo besando el suelo de polvo y animalitos domiciliados en mitad de tanta soledad, hecho que fue aprovechado por los niños que venían con las visitas y comenzaron por separarse en dos grupos hacia los extremos, hasta alcanzar un columpio colectivo, democrático.

Sin pensarlo más, les eché un grito desde mi parcela: ―Eyyy, miren!!! Al tiempo que disparé en tres ocasiones en dirección de los niños visitantes.

De inmediato, el mayor de ellos metió la mano hasta el fondo del morral que colgaba de uno de los postes-varejones de la carreta, sacó una pistola revólver ―sin lugar a duda― de su padre, y disparó una sola vez hacía mí, estrellando el proyectil justamente en el poste del corral que daba a un lado de mi rostro, y cuyo espantoso ruido no olvidaré jamás.

Corrí apanicado hasta alcanzar los brazos de mi madre, con gritos de protesta por el pésimo regalo: —Ellos sí tenían cómo matarme, alcancé a reclamar…

III

Andado el tiempo, el poeta habría de escuchar atentamente mi historia, aderezada con una buena dosis de líquido ambarino perláceo. Esto ocurrió tras una mañana inolvidable en que el poeta descendió las escalinatas de mi altillo, adonde le había amanecido en mitad de la interminable bohemia, y que había comenzado en las alturas del Cerrito de San Gregorio, en Chiapa de Corzo, cuando apenas pardeaba la tarde.

Hasta allí alcanzó a oler el aroma del café de olla que, a esas benditas horas, preparaba mi madre en la cocina, ya en la planta baja. Sin pensarlo más, el autor de Tarumba bajó de prisa las escalinatas hasta llegar a quedar detrás de la mujer que preparaba el café. Le tocó el hombro para preguntarle algo, al tiempo que mi madre se daba la vuelta. —Doña Marthita, ¿qué hace usted aquí? —exclamó el poeta. —Yo aquí vivo; más bien, ¿qué haces tú aquí, Jaimito? –repuso mi mamá.

El Jaimito no esperó más. Subió de nuevo las escaleras hasta hallar la puerta que daba a mi altillo, la zarandeó hasta quedar frente a mí: —¿Por qué no me dijiste nunca que doña Marthita era tu mamá, hijo de la chingada? No sabes lo que representa para mí. Eso me lo vas a tener que explicar… pero no ahorita. Duérmete un rato y nos vemos más tarde.

Así fue. Al mediar el día ya estaba de nueva cuenta frente al viejo portón de mi casa, con su chofer, el Chava. Nos encaminamos entonces a la casa del poeta Guillermo Villanueva, donde el autor de Los amorosos guardaba una buena reserva de cajas con botellas de hinchapié. Descorchamos una y comenzó la plática con el detalle del café de olla de mi mamá. El poeta nunca aceptó que la antología de mis historias párvulas hubiera quedado atrás y que, ahora, a mis escasos 21 años, la vida, la poesía y los interminables días con sus noches nos habían vuelto a juntar de nueva cuenta, como si en realidad nos conociéramos…

IV

La noche de su muerte, Carmen Lira, directora del diario La Jornada, me mandó un mensaje: “Ya murió tu segundo padre. ¿No vas a enviar nada?”. No le contesté. Esperé seis interminables días a que llegara el 25, su cumpleaños, y le hice llegar a mi entrañable amiga Carmen todo un recuento de nuestros encuentros y desencuentros.

Esa misma noche intenté hablar con Julio, su hijo; no me contestó. Estaba amaneciendo cuando me regresó la llamada. Se disculpó diciendo que no quería hablar con nadie. También me dijo que el sepelio sería lo más discreto, íntimo, porque su papá les había pedido que no permitieran que lo velaran en Bellas Artes; que quería partir solo, sin despedidas, sin homenajes. Agregó que, también por petición propia, sería enterrado en la misma tumba de sus padres, Doña Luz y Don Julio, en el Panteón Jardín. Así fue. El poeta falleció un día como hoy —en 1999— a las 11:30 de la mañana, luego de dos tazas de café y una última mirada de despedida a sus hijos y a su adorada Chepita

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