
María José Sánchez Ruiz
Cuando pensamos en los espacios hospitalarios, rara vez los asociamos con el arte; sin embargo, en México existe una tradición que desmiente esa aparente distancia. Desde su fundación en 1943, el Instituto Mexicano del Seguro Social además de ser un eje en la atención médica y la seguridad social de los mexicanos, también ha sido depositario de uno de los acervos artísticos públicos más relevantes del país. En sus edificios, particularmente en la Ciudad de México, se resguardan obras como “La seguridad social” de Diego Rivera en el Centro Médico Nacional o “Por una seguridad social completa y para todos los mexicanos” de David Alfaro Siqueiros en el Hospital La Raza; figuras fundamentales del muralismo que entendieron los espacios públicos como un lugar propicio para narrar la historia colectiva.
En lugar de asumirse como un legado fijo, esta tradición ha encontrado formas de mantenerse viva y en expansión. La reciente inauguración del Hospital General Regional de Especialidades XIV de Septiembre, en nuestra ciudad capital, además de representar un avance en infraestructura de salud para Chiapas, significa también la continuidad de una política cultural que reconoce el arte como parte del bienestar.
La incorporación de dos nuevos murales, realizados por los artistas chiapanecos Manuel Suasnávar y Robertoni Gómez, confirma que el muralismo sigue siendo una práctica capaz de dialogar con el presente y con su contexto.
La Matria, de Suasnávar, propone una lectura de la identidad que se aparta deliberadamente de la noción tradicional de patria para situarse en un territorio más íntimo y originario. El término, lejos de ser sólo un juego lingüístico, constituye una toma de postura que desplaza el énfasis hacia lo materno, hacia aquello que nos da origen y nos sostiene. En el centro de la composición, una mujer indígena encarna esa fuerza primaria al sostener a un niño que representa el inicio de la vida y su continuidad. A su alrededor, los elementos de la naturaleza funcionan como prolongación de ese impulso vital que atraviesa la obra. La imagen articula así una idea del origen entendida como presencia viva, inscrita en el cuerpo y en la tierra, desde donde se configura nuestra manera de estar en el mundo.
En contraste, pero en diálogo, “Luz primera”, de Robertoni Gómez, se centra en el instante del nacimiento como experiencia colectiva. La escena, construida a partir de módulos de barro policromado, muestra a una mujer en proceso de dar a luz acompañada por otras figuras femeninas que configuran un entorno de contención.
La presencia de la luna, con el mítico conejo, así como el paisaje que envuelve la composición, remite a ciclos naturales y a una cosmovisión donde la vida humana se inscribe en un orden más amplio. El uso del barro es profundamente significativo, pues conecta material y simbólicamente la obra con la tierra como origen.
Ambas piezas convergen en el enfoque del origen, pero lo abordan desde diferentes posturas que se complementan. Mientras una se sitúa en el plano simbólico de la identidad y la pertenencia, la otra se ancla en la experiencia concreta del nacimiento. En conjunto, transforman el espacio hospitalario en un lugar donde la vida se atiende, pero al mismo tiempo se reflexiona y se representa.
La presencia de estas obras, además de sumar piezas al acervo institucional del IMSS, también reconoce a artistas cuya trayectoria ya ha dialogado con el espacio público local. Parte de la obra de Manuel Suasnávar puede encontrarse en el Palacio de Gobierno Municipal de Tuxtla Gutiérrez, donde sus intervenciones continúan explorando la identidad desde una perspectiva simbólica. Por su parte, Robertoni Gómez ha dejado huella tanto en el Museo del Café de Tuxtla como en la emblemática escultura del Hombre del Maíz en el municipio de Villaflores, donde el vínculo con la tierra y la memoria adquiere una dimensión particularmente significativa.
Este puente entre el arte y lo institucional permite que las narrativas que surgen del territorio encuentren un lugar dentro de una de las estructuras públicas más relevantes del país. En ese cruce, el arte se integra de manera natural a la experiencia del cuidado, recordando que éste no se limita a la intervención médica, sino que también se construye en el entorno y en el sentido que lo habita.
Ahí parece sostenerse la vigencia del muralismo en México, en su capacidad de acompañar y de dar sentido a los espacios donde la vida se enfrenta a momentos de vulnerabilidad.


