Juan Carlos Cal y Mayor
Por lo general, al arranque de todo gobierno es difícil que la popularidad de un gobernante decaiga. Incluso entre quienes no votaron por él suele concederse el beneficio de la duda. A ese periodo se le ha llamado la luna de miel, y por lo regular dura entre uno y dos años. Es el momento en que las expectativas ciudadanas se cumplen —amplia o medianamente— y se alcanza a visualizar, o al menos a imaginar, un futuro mejor. O no necesariamente. Pero esa dinámica suele ser independiente de la manera en que se haya llegado al poder.
En el caso de Eduardo Ramírez con una larga trayectoria y formación en política, la verdadera disputa no se dio en la elección constitucional, sino en el proceso interno. Ahí es donde aspirantes como el ex secretario de Salud de haberse colocado hubieran resultado francamente trágicos para Chiapas. Ese contexto, ese camino tortuoso, explica, en buena medida, el respaldo inicial que hoy se percibe.
ENCUESTAS
Por eso llamó la atención que el propio gobernador señalara que su gobierno no contrata encuestas, insinuando que éstas suelen favorecer a quien las paga. Dijo entonces que no les hace caso y que las que realmente cuentan son las muestras de afecto que recibe en sus recorridos.
Sin embargo, en los días subsecuentes comenzaron a publicarse —a través de diversos comunicadores— al menos tres encuestas que lo colocaban en primerísimo lugar o entre los primeros. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿no que no interesaban las encuestas?
LEGITIMIDAD
Por lo que a mí respecta, no tengo dudas de su popularidad. Logró algo que estaba profundamente maltrecho y descuidado por el gobierno anterior, tanto a nivel estatal como federal: la seguridad. La ausencia de ésta ya nos hacía la vida imposible. No había libertad de tránsito y los asesinatos crueles —que nunca habíamos visto— se habían vuelto parte de la cotidianidad.
Digan lo que digan, y aunque todavía existan brotes de delincuencia organizada, lo cierto es que hoy hay una sensación general de libertad para transitar como no la había desde hace años. Más tranquilidad para los padres de familia que esperan a sus hijos; antes lo hacían con incertidumbre, hoy con un poco más de calma. Y eso, en Chiapas, no es poca cosa.
NADA ES PARA SIEMPRE
El gran reto, sin embargo, es que la luna de miel no dura para siempre. Tiene un margen aproximado de dos años, y mantener viva esa popularidad no es sencillo. Hay sucesos que pueden vulnerarla o erosionarla si no se actúa a tiempo.
Lo que viene ahora para Chiapas —y lo hemos escuchado reiteradamente— es atender muchos otros pendientes, dar soluciones inmediatas a problemas muy antiguos y hacerlo, además, con un gobierno que parece estar entrando de manera directa, sin tanta vuelta ni simulación.
FORTALEZAS
El siguiente paso es colocar a Chiapas como un destino seguro que aproveche sus fortalezas: el campo y el turismo. Pero eso implica una tarea monumental. Hay problemas tan añejos y tan mal resueltos que su corrección demanda recursos, tiempo y una ejecución impecable.
INFRAESTRUCTURA
A mí, por ejemplo, me agrada escuchar que la carretera de la Ruta Maya, de Palenque a Ocosingo, va muy bien; y que los libramientos en Teopisca y Amatenango reducirán tiempos de traslado para quienes no vienen precisamente con el tiempo ni la disposición de perderlo. Infraestructura básica, sí, pero decisiva.
Ahí es donde se verá si el gran reto se cumple: que la luna de miel no se quede en romance pasajero, sino que se traduzca, al final, en un matrimonio exitoso.