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La luna a cucharadas / A Estribor

La luna a cucharadas / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

Entre los varios libros que cayeron en mis manos en mis años mozos —ya universitarios, lejos de casa y con más ilusiones que dinero— estaba Nuevo recuento de poemas de Jaime Sabines. Aquel libro no fue solo lectura: fue compañía. Fue lámpara tenue en cuartos rentados, en noches de insomnio, en enamoramientos que parecían eternos y en rupturas que parecían el fin del mundo.

Sabines era un sedante. Filosofía pura dicha con lenguaje cotidiano. No había solemnidad en sus versos, sino verdad. Nos hablaba como habla un amigo que ha sufrido lo mismo que tú. Nosotros hacíamos tertulias, compartíamos canciones, intentábamos escribir nuestros primeros poemas —esos inevitables poemas de amor y desamor que acompañan esa edad en la que uno cree que todo duele para siempre.

Eduardo, un querido amigo chiapaneco, me dijo un día que se había topado con el poeta y que incluso le había pedido su dirección. Le pedí que me la compartiera. Yo quería conocerlo, era un ídolo. Ya lo había visto años antes en un recital en el Polifórum, cuando lo trajo Don Toño Pariente, del cual era amigo, y en plena campaña por su diputación. Aquella lectura de poemas, con el poeta al centro del escenario, como sucedió después en Bellas Artes y pese al contexto político, fue absolutamente apartidista. Lo que congregó a unos 3 mil asistentes muchos de ellos jóvenes, como si tratara de artista pop, pero lo que nos motivo a asistir no fue la política, fue la poesía.

Tiempo después, a finales de los ochentas, viajé desde Chiapas a Guadalajara, donde estudiaba, pero me quede un día en la ciudad México para visitarlo en su casa, cercana a al centro comercial Perisur, a ver si corría con suerte y podía conocerlo. Llevaba conmigo un queso de Ocosingo y dos kilos de café como única carta de presentación. Sabía que estaba convaleciente, postrado en su cama y al menos saludarlo para mi habría sido suficiente. No había selfies en aquella época. Tan solo verlo sería como conservar un retrato vivo, al menos en mi memoría.

El poeta convalecía. Después de una caída durante un evento en Chiapas, había comenzado un largo peregrinar médico que lo llevó al hospital decenas de veces. Se hablaba de 37 intervenciones o tratamientos. El cuerpo estaba gastado; el espíritu, intacto.

Toqué el timbre de su puerta. No había un patio que atravesar. Se accesaba directo a la sala. Me abrió Julio, su hijo —el mismo “Julito” del poema que tantas veces había leído— Julio Sabines. Anteojos redondos, una voz grave y sonora como la del poeta y cabellera no muy larga propia de la época. Pude haber mencionado el parentesco cercano por el apellido Gutiérrez entre mi padre y el poeta, primos segundos ambos por el lado materno, pero preferí arriesgarme y decir que mi única credencial era aquel queso y el café. Julio, me dejó pasar.

En la sala vi libros y fotografías con personajes importantes, escritores, figuras que hoy apenas recuerdo. Julio me pidió un momento, subió unas escaleras, regresó y me dijo que subiera. Entré a la recámara. Ahí estaba Sabines, postrado, acompañado de un amigo, fumando sus inseparables Delicados, vestido con una pijama beige. Me presenté con timidez. Yo sentado en una silla a la diestra de su cama y comenzamos a conversar.

Estemos claros de que yo era un joven de unos 22 años. Ahí si me presente por ni nombre y Don Jaime en efecto me dijo que conocía bien a mi padre y que eramos parientes. Así comenzó la charla. El tiempo que estuve ahí quedó grabado en mi memoria con una nitidez extraña. Llevaba conmigo dos ejemplares que había comprado en un Samborns, del Nuevo recuento de poemas, con pasta azul. Al final le pedí que me dedicara ambos libros —por si las moscas—, por si alguno se me perdía. En uno escribió literalmente un pequeño poema, de su ronco pecho. En el otro, solo un saludo y su firma. No me van a creer: el que tenía el poema se perdió. Alguien se lo llevó. Y es que a los libros hay que cuidarlos más que a los hijos.
Años después, ya como funcionario estatal, impulsé por parte del gobierno de Chiapas la publicación de un hermoso libro de Carla Zarebska, Jaime Sabines (algo sobre su vida), pero siempre seguí comprando cada nueva edición que salía de Sabines. Su poesía nunca dejó de acompañarme.

Hay versos que me sé de memoria, como tantos lectores suyos. ¿Cómo olvidar Los amorosos o La Luna? ¿Algo sobre la muerte del Mayor Sabines? ¿O el poema dedicado a la tía Chofi?
Alguien dijo alguna vez que Sabines era el José Alfredo Jiménez de la poesía mexicana. Tal vez no estaba equivocado. A diferencia de poetas más crípticos o más densos, Sabines comunicaba. Y conmocionaba a los jóvenes. Eso es un don rarísimo. No se escribe para la academia, se escribe para el alma.
Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas y es reconocida internacionalmente, pero para nosotros, los chiapanecos, tiene un significado más profundo. Es parte de nuestra sangre cultural. Nació en nuestra tierra y desde aquí habló al mundo, sin pedir permiso, sin imposturas.

Y entonces recuerdo aquel verso sobre la luna: hay que tomársela a cucharadas. No de golpe. No con ansiedad. A cucharadas exactas.
Así era su poesía: una medicina contra la desesperación, un antídoto contra el vacío, una forma de decirnos que el dolor no nos pertenece solo a nosotros, que alguien ya lo había nombrado antes con palabras sencillas y definitivas.

Hoy entiendo algo que a los veintidós años no sabía: uno no va a conocer a un poeta. Va a buscar consuelo. Va a buscar permiso para sentir. Va a buscar una voz que le diga que no está solo.

Yo fui con un queso y dos kilos de café. Regresé con algo mucho más difícil de perder: una forma de mirar la vida.

Y cuando la ansiedad me asalta todavía, cuando el mundo parece demasiado grande o demasiado absurdo, vuelvo a abrir sus páginas y me sirvo, con cuidado, otra cucharada de luna.

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