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La Fiesta Grande, un bacanal / A Estribor

La Fiesta Grande, un bacanal / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

En el Imperio Romano, las bacanales comenzaron como ritos religiosos dedicados a Baco —Dionisio en su versión griega—. Eran celebraciones para honrar al dios del vino, la fertilidad y la vida desbordada. Con el tiempo, aquello se deformó: el rito se volvió exceso, el exceso perdió todo límite y la fiesta terminó por convertirse en un problema de orden público. No fue el moralismo lo que llevó a Roma a prohibirlas, sino la evidencia de que ya no cohesionaban a la comunidad; la ponían en riesgo.

La historia no se repite, pero rima. Y cuando una celebración deja de ser identidad y convivencia para volverse desorden, embrutecimiento y abandono de toda norma, deja de ser fiesta y empieza a parecerse demasiado a una bacanal.

LA POSTAL Y EL TERRENO

Eso es lo que ocurre hoy en Chiapa de Corzo durante la llamada Fiesta Grande. Vista desde lejos —en el encuadre limpio de una fotografía o en el montaje emotivo de un video— parece la postal perfecta del orgullo cultural: miles de monteronas, trajes de chiapaneca impecables, música, color. Basta llegar al lugar para descubrir otra cosa. El acceso se vuelve un caos, las calles se saturan y lo que debía ser celebración termina siendo, para muchos, una cantina gigantesca.

EL EXCESO COMO NORMA

El alcohol corre sin medida en medio de la multitud. La embriaguez se normaliza. El desorden se justifica como si fuera parte del ritual. No lo es. No pertenece a la tradición, sino a su deformación. Y lo más grave es que ya nadie parece sorprendido: se acepta como algo inevitable, como si el exceso fuera la esencia misma de la fiesta.

PAN, CIRCO Y DESGOBIERNO

No es un caso aislado. En otros municipios sucede lo mismo. Autoridades municipales que no tienen el mínimo interés en educación cívica o urbanidad, menos la preservación de las tradiciones, pero sí que entienden el valor político del desahogo: que el pueblo beba, grite, se desborde… y olvide. Como en el circo romano, la fiesta sirve para anestesiar problemas, no para resolverlos.

NO ES FALTA DE RECURSOS

Que no se diga que es por por falta de recursos. El dinero fluye —y en abundancia— para contratar a los grupos norteños del momento. Para eso siempre hay presupuesto. Y, por supuesto, siempre hay “mochadas”. En cambio, faltan baños suficientes, condiciones sanitarias dignas, personal capacitado, rutas seguras y protocolos básicos de protección civil. La prioridad está clara y es profundamente equivocada.

LA PEDAGOGÍA DEL CAOS

El daño mayor no es la borrachera ajena, sino la lección que se transmite. Familias completas asisten y los niños aprenden que así funciona la vida pública: tradición igual a desorden; fiesta igual a exceso; identidad igual a impunidad. Esa pedagogía del caos se hereda con más eficacia que cualquier danza o traje típico.

ORGULLO SIN ORDEN

Una tradición de la que deberíamos sentirnos orgullosos se degrada hasta volverse un festín ignominioso. No por la gente que celebra, sino por quienes administran la celebración sin reglas, sin cuidado y sin respeto por la cultura que dicen promover. El orgullo cultural no se sostiene en el ruido ni en el alcohol, sino en el orden que permite compartirlo.

ANTES DE LA TRAGEDIA

Ahora que se presume un gobierno interesado en hacer de estas tradiciones un motivo de orgullo para Chiapas, alguien debería jalar orejas a las autoridades municipales. No para apagar la fiesta, sino para dignificarla. Porque el día que ocurra una tragedia —y en estas condiciones es solo cuestión de tiempo— todos empezarán a buscar culpables. Y entonces, como siempre, será demasiado tarde. La fiesta grande no necesita más volumen. Necesita responsabilidad.

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