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La ciudad sin ceniceros / Sarcasmo y café

La ciudad sin ceniceros / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Uno no se da cuenta de lo mucho que cambió la ciudad hasta que se encuentra parado en una banqueta, con un cigarro en la mano, viendo la vida pasar desde afuera. Afuera literal. Puerta cerrada, música adentro, risas filtrándose por el vidrio, y tú ahí, pegado a la pared como si estuvieras pagando una falta que nadie te explicó, pero que claramente cometiste.

Porque fumar ya no es un hábito, es una logística. No es encender y ya, es calcular. Ver si hay espacio, si no molestas, si no hay letrero, si no hay miradas. Fumar se volvió un acto lleno de disculpas anticipadas. No dichas, pero perfectamente entendidas. Como si el humo viniera con culpa incluida.

La ciudad decidió que el humo no pertenece al interior. Y lo aceptamos, bueno, más o menos. Lo curioso no es la prohibición, sino la forma; no te dicen que no fumes, te dicen “aquí no”. Y ese “aquí” cada vez ocupa más metros cuadrados. Restaurantes, bares, oficinas, terrazas, entradas, ¡hasta banquetas! Siempre vas a ver un “no lo hagas”.

Así apareció una nueva figura urbana; el fumador desplazado. El que interrumpe la conversación para salir. El que se pierde medio brindis. El que no escucha el remate del chisme. El que regresa con olor a calle, a esquina, a clima. Como si hubiera ido a cumplir una condena breve pero necesaria.

No se trata de defender el cigarro. A estas alturas nadie necesita pedagogía sanitaria. El fumador sabe qué hace daño. Lo interesante es cómo la ciudad administró la incomodidad; no la eliminó, la redistribuyó. Antes el humo molestaba a algunos; ahora el fumador estorba a todos. 

La ciudad moderna es una ciudad que prohíbe con buena conciencia. Prohibir tranquiliza. Da una sensación inmediata de avance, de civilización, de haber hecho algo bien. Decir “aquí no se fuma” se siente responsable. Saludable. Casi virtuoso.

Lo curioso es que no es igual de estricta con otros placeres que también hacen daño, solo que aprendieron a comportarse mejor en público. El azúcar, por ejemplo, no huele ni invade el espacio ajeno. Hace daño en silencio, con modales impecables. Por eso nadie lo persigue. Está en todos los menús, servido con entusiasmo y sin advertencias. Nadie manda el pastel a la banqueta.

El alcohol, en cambio, sí molesta. Un ebrio habla fuerte, invade conversaciones, arruina noches completas. Y aun así se le tolera. “Se le pasaron las copas”, se dice, como si fuera una travesura socialmente aceptable. El fumador, que no grita ni arma escenas, es el que debe salir, esconderse y aguantar el clima. No porque haga más daño, sino porque su vicio nunca aprendió a ser simpático.

Y ni hablar del perfume. Nadie saca de un lugar a alguien que parece haberse bañado en fragancia. Aunque invada mesas completas, aunque maree, aunque provoque migrañas. Se aguanta. Porque el perfume, por excesivo que sea, sigue siendo socialmente correcto. Molesta, pero huele a estatus. A diferencia del cigarro, que incomoda sin glamour.

Claro, alguien dirá, porque siempre hay alguien que lo dice, que el humo del cigarro sí afecta la salud de los demás, que no es comparable con el azúcar, el alcohol o el perfume. Y es cierto. El humo invade el cuerpo ajeno. Pero lo curioso es cómo la ciudad decide qué daños la escandalizan y cuáles normaliza. Respiramos contaminación todos los días, convivimos con escapes, smog y aire sucio sin que nadie nos pida salir a la banqueta por ello. Ese daño es colectivo, constante y silencioso. El humo del cigarro, en cambio, es visible, huele, molesta. Y por eso resulta más fácil de expulsar.

Antes, fumar también era una pausa. Una excusa aceptada para levantarte, salir, pensar. Ahora la pausa existe, pero se vive con vergüenza. Ya no es un gesto compartido, es una separación.

Afuera se fuma rápido. Mirando el celular. Calculando el tiempo. El fumador moderno no es rebelde, es obediente. Apaga antes de terminar. Se mueve si alguien tose. Pide permiso incluso cuando no hace falta. El humo dejó de ser agresivo; ahora es casi tímido.

Y, aun así, el fumador nunca está realmente solo; siempre hay una opinión cerca. Los que no fuman y sienten la obligación moral de decirte que “deberías dejarlo”, como si no lo supieras. Los que preguntan “¿ya vas a salir a fumar?” con fastidio disimulado. Y los exfumadores, convertidos en santos repentinos, que hoy se quejan del humo con una convicción casi religiosa, olvidando que alguna vez fumaron como verdaderos chacuachos, llenando mesas, coches y espacios enteros de ese mismo olor que ahora les resulta intolerable.

Adentro, mesas y copas llenas. Afuera, pequeños grupos dispersos, hombros encogidos, gente calculando cuánto tardar en volver sin parecer grosera. Dos ciudades separadas por una puerta de vidrio.

Hay algo de castigo blando en ese afuera. No duele, pero incomoda. Nadie te corre; te empujan con educación hacia el borde. La ciudad no te expulsa, te acomoda donde no estorbes.

Quizá lo que realmente incomoda no es el humo, sino la pausa. El tiempo muerto. La gente que se detiene sin una razón productiva. La ciudad tolera casi todo menos la inactividad. Todo debe ser saludable, útil, correcto. El cigarro no encaja, no mejora nada, no optimiza nada. Solo interrumpe.

Al final, la ciudad no prohibió fumar. Prohibió quedarse.

Y quizá por eso el humo sigue apareciendo en las banquetas, no por provocación, sino como una forma mínima de resistencia. No para incomodar, sino para recordar que todavía existen gestos que no encajan en una ciudad que presume ser correcta; siempre y cuando no huela a nada.

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