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Jaime Sabines en Poesía más poesía

Jaime Sabines en Poesía más poesía
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(Un amoroso y documentado recuento hecho por mujeres)

Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México), el 25 de marzo de 1926. Sus padres fueron Julio Sabines, de origen libanés, y Luz Gutiérrez, chiapaneca. Tuvo dos hermanos, Juan y Jorge, el primero de los cuales fue una especie de figura tutelar para él.

Doña Luz pertenecía a la aristocracia y era sobrina nieta de Joaquín Miguel Gutiérrez, de quien la ciudad de Tuxtla Gutiérrez tomó su apellido. El padre de Sabines, en cambio, salió de Líbano en 1902, rumbo a Cuba, a la edad de doce años, a donde llegó luego de una larga travesía. El mayor Sabines vivió en Cuba, desde donde viajó a México después de trabajar en Nueva Orleans y formar parte del equipo que construyó el Canal de Panamá.

Ya radicado en México ingresó como teniente en el ejército, en Mérida, Yucatán, justo en los albores de la Revolución mexicana. De Mérida pasó a Chiapas, en 1914, con la división 21, bajo el mando de Venustiano Carranza; ahí se convirtió en capitán primero de la División de Jesús Castro. En ese tiempo conoció a la que sería la madre del poeta; se casó con ella en 1915 y con esto abandonó su carrera militar, afincándose con su mujer en Tuxtla Gutiérrez.

Aunque el mayor Sabines no era un hombre de gran cultura, contaba con una filosofía importante de vida gracias a los avatares que había padecido a lo largo de su existencia, llegando a estar cerca de la muerte cuando quisieron fusilarlo. No era culto, pero le leyó a Sabines un libro que lo marcaría para siempre: Las mil y una noches. Se lo leía de noche y siempre procuraba dejar en suspenso la lectura, para entonces mantener viva la curiosidad para la siguiente velada.

Cuando el padre de Sabines compró un pequeño rancho a las afueras de Tuxtla Gutiérrez, la vida del futuro poeta se transformó radicalmente, pues ese cambio significó el encuentro de un elemento que perviviría en su poesía: la naturaleza. Sabines se bañó en el río Sabinal, ordeñó vacas, corrió libremente por el campo entre árboles y pájaros, respiró aire puro y fresco. Pero esta libertad terminó cuando el rancho fue vendido y la familia decidió trasladarse a la ciudad de México, donde Sabines inició sus cursos de secundaria. El contraste entre lo citadino y lo rural tendría una profunda marca en la obra poética de Jaime Sabines y esto se vería reflejado en obras como Diario semanario y poemas en prosa –un canto a la ciudad– o en Horal –un canto a la vida campestre y rural, a la naturaleza paradisiaca de su natal Chiapas.

Jaime Sabines terminó el primer año de secundaria en la ciudad de México y volvió, para fortuna suya, a Tuxtla Gutiérrez, donde continuó sus estudios, siempre demostrando una memoria prodigiosa, gracias a la cual había logrado memorizar la historia de México cuando cursó el cuarto año de primaria. Su gran hazaña fue aprenderse los nombres de los reyes chichimecas. Esta memoria fotográfica convirtió al pequeño Sabines en el declamador de la familia y de la escuela, donde siempre estuvo presto para recitar en festividades cívicas o patrióticas.
En 1935, Tuxtla Gutiérrez tenía unos 18 mil habitantes. Todo el pueblo era una sola familia, de ahí que su encuentro con la ciudad cambiara su forma de ver la realidad y, por supuesto, de escribir poesía. Fue durante su etapa de declamador que también ingresó en el ámbito de la escritura, especialmente de poemas. Sus primeros títulos fueron “Ruego inútil”, “A la bandera” y “Primaveral”, que publicó en periódicos estudiantiles, uno de los cuales (El estudiantil) había sido dirigido por él mismo. No tenía más fuentes que los libros, pues al pueblo no llegaban obras de teatro, óperas ni ningún otro tipo de expresión artística.

Sería ya en su viaje a la ciudad de México que el mundo literario se abriría de par en par para el joven Sabines. El ambiente que imperaba en la gran urbe en ese momento estaba marcado por ideas nacionalistas y cosmopolitas, además de la influencia que tenían en todo el orbe la Segunda Guerra Mundial y la división del mundo en las facciones capitalista y socialista. 

En el ambiente cultural de la capital del país predominaba todavía la influencia de algunos miembros del Ateneo de la Juventud, el magisterio del grupo Contemporáneos y, sin duda, la presencia cultural de Octavio Paz y su generación, que impulsaban, por un lado, ideas nacionalistas y revolucionarias –todavía venidas de la Revolución mexicana– y, por otro, también cosmopolitas –que habían llegado vía las vanguardias poéticas, principalmente de Francia, generadas alrededor del círculo de Jean Paul Sartre y Albert Camus, que tanta influencia tendrían en los escritores de la generación del Boom latinoamericano, por lo menos en tres de ellos: Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Guillermo Cabrera Infante, quienes ya para entonces creaban una obra importante de rescate de la cultura e identidad latinoamericanas, como no se había visto antes a escala internacional. 

Un nuevo lenguaje, una nueva dicción que pretendía un mensaje claro y que tomaba en cuenta al lector empezó a gestarse en estas generaciones, de la que formó parte Jaime Sabines y en la que se inscribió su propia poesía: coloquial, sencilla, dialógica.

Jaime Sabines llegó a la ciudad de México con la firme intención de estudiar medicina. Ingresó a la facultad, pero pronto se sintió defraudado al darse cuenta que los grandes descubrimientos no sucedían de la noche a la mañana sino que, para conseguirlos, debía sentarse detrás de un microscopio por décadas y esperar el milagro. Estudió durante tres años, viviendo en un pequeño apartamento de condiciones precarias ubicado en el número 43 de la calle Belisario Domínguez. Cuando ya no resistió, aprovechó uno de los viajes que hizo a Chiapas para hablar con su padre; lo hizo nervioso, pues pensó que su padre lo reprendería. Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando su papá le dijo que no debía preocuparse, que si no le gustaba medicina la dejara; igualmente, le dijo que lamentaba que hubiera tenido que aguantar tanto tiempo para decírselo.

Entonces, al volver a México en 1949, se mudó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde desde el primer momento se sintió en su hábitat natural. Ahí conoció a los que serían sus compañeros de generación literaria y a otros maestros que serían clave para su formación, como Eduardo Nicol y José Gaos, quien fuera alumno de José Ortega y Gasset y quien le enseñaría todo lo que tendría que ver con la filosofía existencialista, tan en boga en Europa en ese momento. 

La filosofía existencialista (especialmente la de línea sartreana y heideggeriana) sería de gran influencia para Sabines en su formación como poeta, siendo él mismo por naturaleza un poeta existencial, vital; de tal forma que todo lo que tuviera relación con las grandes pasiones, obsesiones y sufrimientos del hombre en relación con su entorno no le serían ajenos. Su entrañable amigo Toni Borges, por ejemplo, murió a causa de un accidente en avión y Sabines debió ir a reconocerlo, situación que le impactó tanto que inspiró su primer poema sobre la muerte (“Introducción a la muerte”), tema que, junto al amor y el tiempo, sería una constante de su obra poética.

Mientras conocía a sus compañeros de generación (como Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, Tomás Segovia, Rubén Bonifaz Nuño), también empezó a adentrarse en los poetas que lo marcarían para siempre: Pablo Neruda y César Vallejo. Mientras los románticos y modernistas mexicanos (Ramón López Velarde, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera) le parecían muy lejanos a su propia sentimentalidad, Neruda y Vallejo –ambos impulsores de la corriente coloquialista en Latinoamérica– le eran cercanos y los sentía dentro de su mismo universo emocional, de forma que influyeron en él más de lo que incluso el propio Sabines reconoció. Época de soledad, descubrimiento, encuentro desenfrenado con la pasión por la poesía…

Por estos mismos días Sabines conoció a quien se convertirá en la mujer de su vida: Josefa Rodríguez Zebadúa, Chepita, quien también era chiapaneca y entonces estudiaba odontología. Desde ese día de 1946 que se encontraron por la calle jamás se separarían. La lectura fundamental de esta época fue, de entre todas, la Biblia, que Sabines leyó profusamente. No hizo de ella una interpretación puramente religiosa, sino más bien humana, en la versión de Casidoro de Reyna. La filosofía perenne, de Aldous Huxley, igualmente fue un libro fundamental.

Mientras estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras, vivió en la emblemática calle Cuba, que tendría muchas connotaciones para él. Era la calle de la perdición, pues abajo había dos bares y un teatro, a los que asistía luego de volver de la universidad.

Haber estado entre escritores y poetas de relevancia, incluso dramaturgos, le dio a Sabines una certeza: necesitaba rigor si quería ser un gran poeta, pues la complacencia que vivió mientras residió en Tuxlta, donde ya todos fácilmente le llamaban “vate” o “poeta”, no le serviría para nada. Fue entre estos escritores que se acercó a un radio más amplio de autores (Federico García Lorca, Rafael Alberti, León Felipe, Juan Ramón Jiménez) y de libros que fueron decisivos en su formación, como el propio Ulises, de James Joyce. Sabines cuenta que leyó el Ulises de una sola sentada, en tres días que permaneció encerrado en casa. Joyce, más que todo, le dio a Sabines –según cuenta– la libertad. Lo hizo sentirse dueño de sí mismo, capaz de expresar lo que quisiera y de la forma que quisiera, lo que le ayudó a encontrarse con su propia voz, que resultaría una voz muy personal y genuina, fácilmente reconocible y difícilmente imitable.

Su obra, aunque con resonancia continental, poco se conoce fuera de México, pero esto no niega que su poesía ocupe un lugar de privilegio en la tradición poética de lengua española. Estilísticamente, Sabines perteneció, dentro del imaginario puramente latinoamericano, a la vertiente poética denominada “coloquialista” o “conversaciones” –en la que también podrían clasificarse poetas como Juan Gelman (Argentina), Ernesto Cardenal (Nicaragua), Roque Dalton (El Salvador), Mario Benedetti (Uruguay), Pedro Mir (República Dominicana) y Roberto Fernández Retamar (Cuba)–; cuyo momento de mayor importancia se dio en la década de los cincuenta y sesenta del siglo xx, época histórica que coincidió no sólo con el triunfo de la Revolución cubana –primer proyecto comunista en Latinoamérica–, sino también con las dictaduras que retardaron la evolución democrática de los países latinoamericanos. La Revolución cubana dejó una impronta considerable en Sabines, sobre la cual escribiría un poema en el que graba las impresiones que le dejó su visita a la isla, a la que lo ligaban lazos sentimentales y filiales. Dentro de la tradición poética mexicana, Jaime Sabines se inscribe en una poesía de tono popular, contraria a la vertiente culta hegemónica del tiempo que le tocó escribir, misma que impulsaba Octavio Paz a través de su grupo Talle.

Para entender a Jaime Sabines hay que poner su obra y su vida en una misma dirección, pues están estrechamente relacionadas. Una crónica vital acompañada de un recorrido bibliográfico y una descripción de su contexto histórico (social, cultural y político) podrá dibujar el perfil de un poeta que, como pocos, supo conciliar su concepción ética con su propuesta estética, esto es, la congruencia entre su pragmática moral y el ejercicio de su vocación poética, que mantuvo a lo largo de su vida.

Jaime García Ascot resume así sus ideas sobre Sabines:

“El joven Sabines formaba parte de un círculo literario que se reunía una vez por semana en casa de Efrén Hernández y que estaba integrado por otros escritores como Juan José Arreola, Juan Rulfo y Guadalupe Amor. Esto encuentros dotaron a Sabines de madurez creativa, disciplina y perseverancia, además del rigor lectivo que lo hizo adentrarse en el conocimiento de la tradición lírica nacional, desde los poetas coetáneos hasta los pertenecientes a épocas anteriores (los románticos decimonónicos, los miembros del Ateneo de la Juventud, los Contemporáneos, las propias vanguardias). Sabines leía y escribía profusamente hasta altas horas de la noche en su habitación de la calle Cuba.

“En una de aquellas madrugadas surgió el libro que le daría a Sabines un lugar en el canon poético nacional: Horal. En esta colección de dieciocho poemas está concentrado todo el universo poético de Jaime Sabines; en ésta se aprecia los temas que el poeta desplegaría después en sus siguientes libros: el amor, la muerte, la soledad, el tiempo, Dios.

En este texto, además, se vislumbraba ya su propio estilo: coloquial, íntimo, como si se tratara de una confesión hecha en una cena entre amigos. Horal fue publicado en 1950 y de inmediato se convirtió en la bandera no sólo de una generación, sino también de todo un tipo de sentimentalidad mexicana: la poesía se convertía en una interlocutora real, salía a la calle y nos hablaba de la calle; su mensaje era claro y sencillo, y se dirigía al corazón. Horal empezaba con el siguiente breve poema que ahora forma parte del imaginario popular mexicano:

El mar se mide por olas

el cielo por alas

nosotros por lágrimas.

El aire descansa en las hojas

el agua en los ojos
nosotros en nada.

Parece que sales y soles
nosotros y nada…

Jaime García Ascot resume así sus ideas sobre Sabines:

“El genio poético de Sabines parece consistir en dejar ante nosotros, a cada instante, no la forma admirable con que nos revela el sentimiento, sino el sentimiento mismo, como si de siempre hubiera estado necesariamente ligado a esas palabras precisas, a ese extraordinario descubrimiento del vocablo natural que preside su obra”.

“Los amorosos”. Este poema es su estética y su ética. Más que eso: es su filosofía de vida. En los versos últimos se nos da noticia de la percepción que Sabines tenía del sentido de la existencia humana. Cuando escribe que los amorosos “se van llorando, llorando la hermosa vida”, no hace sino afirmar que la vida, para él, es ese gozo doloroso o ese dolor gozoso que se tiene que padecer y disfrutar desde que se nace hasta que se muere. Que la vida no es pura felicidad ni puro dolor, que ni siquiera es dolor y felicidad alternativamente, sino que al mismo tiempo se sufre y se goza, y que en ello radica su esencia.

Un año después de haber publicado Horal (1950) y La señal (1951), Sabines regresó a Tuxtla Gutiérrez. En 1953 se casó con Chepita y, para sostenerse, se hizo cargo de una tienda de telas de su hermano Juan, llamada “El modelo”. El poeta que había ganado cierta fama en la capital del país y se había hecho de un círculo literario importante, ahora tenía que estar detrás de un mostrador midiendo y vendiendo telas.

El matrimonio tuvo cuatro hijos: Julio, Jazmín, Julieta y Judith.

En ese habitar hostil, no obstante, el poeta escribió uno de sus libros más celebrados y jubilosos: Tarumba (1956). En una entrevista que le concedió a Javier Molina, el propio Sabines rememoró el surgimiento de tal obra:

“Era el joven poeta que regresaba a la provincia después de haber publicado ya dos libros, con cierto prestigio y obligado a trabajar en esos menesteres. Y entonces la provincia resultó para mí un medio hostil, pero con una hostilidad diferente a la que había experimentado en la ciudad de México, cuando llegué a estudiar ocho años antes.

“…En provincia la hostilidad es diferente, la hostilidad de la rutina, del trabajo obligatorio, de la mediocridad del ambiente, de los elogios fáciles. Esa costumbre de llamar poeta, o vate, sin saber si has crecido. Ésa era la hostilidad en 1953 y años siguientes, que está muy clara en los mismos textos de Tarumba.

Entonces te sientes asfixiado, oprimido, limitado; Tarumba no es más que una protesta, casi fisiológica, contra el ambiente.

“…Cuando yo lo escribí se lo mandé a dos o tres amigos míos aquí en México, en cuya capacidad crítica confiaba yo mucho. Y noté que lo recibían con displicencia y me mandaban opiniones como muy consideradas y muy paternales, que me demostraban a ciencia cierta que no les había gustado.

“Y te digo, un acto de fe porque yo sí creía en Tarumba. Sabía que era tal vez mi primer poema integrado, completo, cuya novedad sacaba de quicio a uno de mis amigos más entusiastas. Un día llegó a Tuxtla don Pedro Garfias, le leí los originales. Solamente él me confirmó aquella confianza que yo tenía en Tarumba. Es el primer gran poema que escribe usted, me dijo. Fue Tarumba pues un acto de afirmación de uno mismo en el mundo, y creo que lo sigue siendo para todos los jóvenes: aquí estoy, estoy plantado en el mundo, a pesar de los vendavales y las tormentas”.

Con Tarumba Sabines reafirmó la convicción de que la poesía no sólo no te hacía diferente a los demás sino, por encima de todo, que tenía que acercarte a los demás, fundirse en los otros, porque su concepción del hombre consistía en que éste era una isla, todos los hombres islas o soledades que van al encuentro de otras islas, otros hombres, para acabar con su soledad.

Con esa filosofía de la vida y del arte, Sabines regresó a la ciudad de México en 1959. Era otro ya. Tenía en su haber una sólida obra, aunque escasa, y ahora la convicción de que debía trabajar como hombre para ganarse el sustento. En la ciudad de México se hizo cargo de un negocio familiar de venta de alimentos para animales, llamado «Sahnos» (Sabines Hermanos). De esta experiencia recorriendo 150 kilómetros diarios nació Diario semanario y poemas en prosa en 1961. Esta obra fue el primer gran canto a la ciudad de Sabines y un contrapunto para sus libros anteriores, llenos de la naturaleza chiapaneca.

Un libro que era a la vez el diario de un hombre común y corriente que dejaba en esas páginas su testimonio, el testimonio de un hombre que no sabía que era un gran poeta y de un poeta que parecía no saber tampoco que era un gran hombre, y no porque estuvieran alejado el uno (el hombre) del otro (el poeta), sino porque estaban tan fundidos que eran una y la misma cosa. Por eso, Sabines escribió:

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta, o cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.

Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!

Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.

¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila. 


Fue en 1961 cuando le avisaron a Sabines que su padre tenía cáncer; le detectaron un tumor en el pulmón del tamaño de una bola de billar. Lo operaron de urgencia un 15 de junio de ese mismo año; luego de la cirugía lo llevaron a Acapulco para su recuperación, pero recayó y su agonía duró tres largos meses. Durante este tiempo, Sabines escribió el poema más importante de toda su obra: Algo sobre la muerte del mayor Sabines, que no publicaría sino hasta 1973. Un largo poema desesperado, desgarrador y que pone al lector frente al delirio del acabamiento y la certeza de nuestra –un día– inevitable desaparición.

Sabines nos cuenta, a su vez, el proceso de su dolorosa escritura:

“El poema fue escrito en el curso precisamente de la enfermedad de mi padre. Fue iniciado cuando los médicos nos dijeron que tenía cáncer. Entonces, bajo la presión tremenda de la imposibilidad de curarlo, fui testigo impotente y destruido de la muerte que se le aproximaba. El poema fue escrito durante esos días, y cuando digo “Ayer se murió mi padre”, fue que ayer lo enterramos. Casi todo el final de la primera parte, que está en Recuento de poemas, fue escrito diariamente: toda esa serie de sonetos. León Felipe me decía que a él le parecía estupendo el poema, pero que no se explicaba por qué había escrito esos sonetos. Yo le decía que los sonetos fueron escritos precisamente porque su forma era una forma establecida; y que yo recurrí a ella para concretar mi emoción. Esos ocho o diez sonetos fueron escritos día tras día, uno tras otro. La forma soneto era para mí un vaso para contener la emoción, porque si no, no hubiera escrito nada; sobre todo en aquellos primeros días en que yo sentía su muerte como mi muerte.

“[…] Entre la primera parte que apareció publicada en Recuento de poemas, y la segunda que es de dos años y medio después de la muerte de mi padre, yo seguí insistiendo en el tema; o mejor dicho, el tema siguió insistiendo en mí. Después de que desalojé la emoción inmediata –digamos, el Viejo murió en octubre y yo escribí todo lo que consta en la primera parte de Recuento durante noviembre y diciembre–, al año siguiente yo seguí escribiendo periódicamente cada ocho, diez o quince días, pero ya con cierta vergüenza de mí mismo, de seguir escribiendo sobre aquello. Hasta que un día, casi dos años después, me dije: es necesario enfrentarme, seguir pero ya sin vergüenza y terminar el poema. Entonces destruí todos los poemas que había escrito durante ese lapso de indecisión y en ocho días escribí la segunda arte. 

Entonces sí ya me sentí colmado, liberado”.

Después de emerger de ese infierno y esa catarsis que significaron la escritura de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, el poeta volvió a las aguas mansas de los versos con Yuria, que escribió luego de visitar Cuba en 1965, país que le traía un sinfín de connotaciones sentimentales en más de un sentido. No sólo representaba la Revolución cubana, el comunismo, la gran oleada izquierdista de Latinoamérica, sino también las remembranzas de su padre que había vivido ahí. Sabines no pudo librarse de incursionar en el poema social. Escribió un poema dedicado a Cuba y con éste, como pocos críticos lo han visto, se insertó en el gran río de la poesía social latinoamericana.

En 1966 murió su madre, Doña Luz, y entonces Sabines no tuvo más remedio que volver al tema de la muerte en un libro que apareció en 1972: Maltiempo. Esta vez, sin embargo, prefirió un tono menos oscuro; en cambio, más luminoso. No quería volver a la queja, al llanto, al grito de dolor. Malkah Rabell describe así la propuesta sabiniana:

“Doña Luz, que forma parte del libro Maltiempo (1972), no deja de ser una reflexión filosófica ante la vida. Además, el libro habla de la cotidianidad, del cadáver de su gato, del viaje a la luna, del ’68. No se trata de poesía de intensidad sino de ideas, de trucos, de inteligencia y malicia poética, explica el autor. Dos años más tarde de esta publicación, en 1974, recibió el Premio Xavier Villaurrutia.

Maltiempo, el más bello canto a la madre, a su madre, y no a esa absurda imagen de la “madre universal” que trata de envolver “comercialmente” a todas las progenitoras del mundo, en el mismo halo. 

Aunque Freud, el máximo enemigo de la idealización materna, él, que arrojó su imagen del pedestal milenario –una destrucción quizá definitiva–, no dejó de insistir que no obstante todos sus rasgos negativos, la madre es el único ser que nos entrega su amor gratuito, sin pedir nada a cambio.

Por eso los poemas a su madre son transparentes, frágiles, delgados y sencillos. Esta estética se ve reflejada cuando escribe: “Acabo de desenterrar a mi madre, muerta hace tiempo. Y lo que desenterré fue una caja de rosas: frescas, fragantes, como si hubieran estado en un invernadero”.
Sabines ya no escribiría después un poema de la altura de Horal, Tarumba Algo sobre la muerte del mayor Sabines, que se constituirían como sus tres libros fundamentales. Luego de estas tres colecciones de poemas, la obra de Sabines fue encontrando lo que el poeta siempre anheló: “el pudor necesario del silencio”. Desde entonces escribió poco, hasta prácticamente dejar de escribir en los últimos años, que fueron ya de homenajes y elogios al poeta consolidado y popular. Sabines llegó a reunir a más de cinco mil personas en sus lecturas poéticas.

En 1976 y 1979 fue diputado federal por Chiapas y en 1988 fue elegido diputado por el Distrito Federal.

Su final se acercó cuando se fracturó el fémur izquierdo el 12 de noviembre de 1989. Luego de varias operaciones sin éxito, este accidente lo dejó postrado en una silla de ruedas. Tenía que levantarse de la cama usando cadenas para impulsarse. Uno de sus últimos poemas que escribió fue “Me encanta Dios”, con el que prácticamente cerraba toda su obra, en una especie de unión con la divinidad, por la cual nunca se sintió subyugado. 

Sabines es hoy por hoy el poeta popular más importante del siglo xx mexicano. Como lo dijo José Emilio Pacheco: “Sabines se equivoca como todos, pero acierta como pocos”.
Uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto desde su primer libro, encontró su voz,. Una voz inconfundible”: Octavio Paz. 


Uno de los poetas fundamentales, no sólo de México sino de Hispanoamérica y la lengua castellana.” Mario Benedetti.

El gran inconforme, el dueño de una rebelión auténtica”. Carlos Monsiváis.

Fallece el 19 de marzo de 1999 en Ciudad de México.

La dimensión real de la poesía de Jaime Sabines en el contexto de la lengua española todavía está por desvelarse.

Jaime Sabines tuvo el honor de recibir en vida estos premios y reconocimientos entre los que podemos nombrar:

  • Premio Chiapas en 1959.
  • Beca del Centro Mexicano de Escritores en 1964.
  • Recibió el Premio Xavier Villaurrutia por Maltiempo en 1973.
  • Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura en 1983.
  • Presea de la Ciudad de México en 1991.
  • Medalla Belisario Domínguez en 1994.
  • Premio de Mazatlán de Literatura con Pieces of Shadow.1996
  • Premio Juchimán de Plata en 1986.
  • Premio Elias Saurasky en 1982

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