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Graciela, la muerte / Al Sur con Montalvo

Graciela, la muerte / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Anna Karen,  

Aturdido por la somnolienta conferencia de un erudito en tradiciones de muertos, salgo a tomar café al vestíbulo donde me encuentro con Graciela, una etnóloga simpática de cabello intensamente blanco y arrugas como surcos por donde la vida dejó sus huellas y testimonio de muchos caminos recorridos desde su juventud.  

A ella también le aburrió el conferencista como a otros más que abarrotaron la cafetería, de seguro para despejarse el sueño. Compartimos la mesa con otras dos estudiantes de antropología a quienes Graciela les pregunta por qué se interesan en la Tanatología. Alicia y Minerva se miran sonriendo de nervios y la más aguda responde: “nos interesan las ceremonias de Michoacán, no las de corte turístico sino la de los pueblos indios donde no permiten ingresar a los mestizos”.  

Graciela se enfrasca en una interesante charla, una verdadera conferencia magistral para nosotros tres, sedientos por conocer algo distinto a los rollos de siempre sobre la muerte en México. Y mientras habla Graciela, pienso en un texto de Nouwen, citado por Alicia: “La vida es preciosa no sólo porque puede ser vista, tocada y saboreada, sino porque se irá algún día; Podemos hacer que todos nuestros lamentos, así como nuestras alegrías formen parte de la celebración por la vida, con el profundo conocimiento que la vida y la muerte no se oponen, sino que de hecho se besan mutuamente, en cada momento de nuestra existencia”  

Graciela nos habla de sus expediciones por Europa, la India y las islas Polinesias donde la muerte sonríe de diferente manera. Nos habla de los desaparecidos auaritas de las islas Canarias y su tradición de inhumar a sus muertos en cuevas evitando a toda costa el contacto de los cadáveres con la tierra; nos explica el rito del gerontocidio, ese deseo de morir ante una situación extrema. Y me quedo con la palabra de los benahoaries o auaritas al invocar la muerte: VACAGUARE (ME QUIERO MORIR).  

Y cuando repito de nuevo vacaguare, siento que Borges me responde diciendo: “Muere acostado sobre el flanco derecho, la cabeza hacia el norte, la cara vuelta hacia el poniente. Entra en el éxtasis y muere en el éxtasis. Muere al anochecer, en esa hora en que parece fácil la muerte.”  

Sin saber por qué, lo comento con Graciela y muy sonriente, nos dice que los auaritas colocaban a sus muertos con la cabeza hacia el Norte, decúbito lateral mirando hacia el poniente, por lo menos hasta donde los hallazgos de El Espigón permiten constatarlo. Y agrega:  

—Los budistas recomiendan dormir siempre con la cabeza hacia el Norte y nunca hacerlo con la cabeza hacia el Sur. La muerte es un sueño también. Para los auaritas, el suicidio formaba parte de una actitud ante la muerte más que de un ritual, y se permitía disponer de tal destino para garantizar que el alma llegara en buen estado al más allá en donde obtendrá su recompensa. Por eso, no deben extrañarnos los suicidios durante la conquista de las islas Gran Canaria y La Palma. 

Con sus anteojos de fondo de botella, Graciela dibuja en el aire las necrópolis colectivas en que eran convertidas las cuevas de mayor dimensión donde los cadáveres eran superpuestos unos a otros hasta saturarla, pero siempre separados por filas de piedras. Cuando llegamos al punto de la estratificación social aún en la muerte, Graciela nos explica que los notables gozaban de privilegios como el ser inhumados en sus viviendas o cuevas especiales como se nota en las culturas primitivas de África.  

— Pero esa práctica no es particular de sociedades primitivas, le interrumpe Minerva, —porque en nuestras costumbres también se notan las diferencias sociales en los cementerios; basta ver las criptas o los monumentos para darse cuenta de la posición económica del difunto…  

Y Graciela suelta la carcajada ante la ocurrentecia de la estudiante, pero no menos cierta.  

— Así es, en efecto. Nuestras prácticas funerarias y nuestra actitud ante la muerte no son muy distintas a la de nuestros ancestros legendarios. De hecho la presencia de tantos santos especializados en distintas gracias, no es sino emular las prácticas de idolatría y adoración a las fuerzas naturales. Así como los idólatras adoraban al dios sol, o al dios viento, al dios lluvia; en nuestra cultura actual se sigue adorando al semidiós del dinero, San Judas Tadeo; o al semidiós del amor, San Antonio; o al de los caminos, San Cristóbal. Nada cambia en realidad, en el fondo seguimos siendo tan primitivos ante la muerte y las deidades como siempre.  

Minerva  deja su café de lado para comentar: 

—En el segundo Concilio de Nicea en el año 787, la iglesia cristiana estableció las bases para la adoración de ciertas imágenes. Eso lo hicieron para evitar confusiones y no caer en actos de idolatría, que a final de cuentas no es, sino lo mismo. A los indios prehispánicos les cambiaron sus dioses por los nuevos ídolos personificados en los santos, y en todo caso, la adoración a los muertos es un acto de idolatría y por ello se esculpen estatuas que contienen el espíritu del muerto al estilo de los egipcios.  

— Eso es correcto, señala Graciela, — pero no olvides que los profetas hebreos forzaron al abandono de las prácticas idólatras y abandonaron todo tipo de representaciones.  

Graciela entorna los ojos al mirarnos y su sonrisa afable hace más evidentes los pliegues sobre su sien. En 1946 cuando muere el maestro Antonio Caso, ella decide abandonar la carrera de filosofía para incorporarse a la paleontología y más tarde a la etnología, la geografía y la historia en universidades de Europa.  

— He sido una estudiante profesional, a mis 80 años sigo aprendiendo de ustedes, nos comenta con humildad.  

La vida fluye por los poros de Graciela, resuena en su voz clara y limpia cuyo acento de pronto parece el de una española y en un segundo sus inflexiones en francés, no nos permitirían adivinar que se trata de una mexicana, sino por su físico.  

Para Graciela la influencia de Antonio Caso, Heidegger, Kierkegaard y Sartre fue fundamental al determinar su estilo de vida. Supo en 1946 que su vida la destinaría a trabajar por la cultura; que su mejor marido sería el trabajo intelectual; y su hogar, cualquier aula capaz de enriquecer su espíritu. Y así vive aún.  

— El maestro Caso buscó una definición del hombre y sus valores como elemento primordial de una sociedad, en su obra, Caso reconoce que es por medio del hombre como se transmite y renueva la cultura: es el hombre quien recibe en herencia los valores que motivaron la vida de sus ancestros, pero, al mismo tiempo, es creador de otros nuevos valores para enfrentar la existencia actual y futura. Caso siempre tuvo dos preguntas esenciales: ¿Qué es la existencia? y ¿Qué valor tiene la existencia?…  

— ¿Antonio Caso es el mismo que exploró en Oaxaca las ruinas y cementerios de Monte Albán?, pregunta Alicia.  

— No hija, le responde pacientemente Graciela, — Ese fue don Alfonso Caso, otra gran figura de la cultura nacional. Pero es interesante ese tema de casi 170 tumbas subterráneas en Monte Albán porque nos habla de una enorme necrópolis y por supuesto de una actitud singular frente a la muerte. En ese caso, por ejemplo, la disposición arquitectónica de las tumbas consiste en imitar la fachada de los templos, decorándolas con tableros y cornisas y abriendo sobre la puerta un pequeño nicho en el que se colocaba la urna funeraria, normalmente en forma de divinidad. Algo muy distinto a los auaritas de Las Canarias.  — Pero en Monte Albán se encuentra vestigios de diversas culturas prehispánicas, ¿cierto?, afirma preguntando Minerva.  

—Cierto, le responde Graciela, —Una buena parte de las habitaciones subterráneas fueron recubiertas de estuco y decoradas después con pinturas murales de contenido simbólico, algunas de las cuales de clara influencia teotihuacana, y otras con jeroglíficos mayas y elementos procedentes de la costa del golfo de México. En las urnas, la representación más común es la del dios de la lluvia, Cocijo; aunque tras su imagen se encuentran personas de carne y hueso consideradas como antepasados de los muertos. En los murales pintados, por el contrario, hay una clara preferencia por la representación de la nobleza que se identifica con determinadas fechas calendáricas.  

— Pero es común el entierro de los muertos con ofrendas personales, ¿o no?  

—Así es. En el caso de los auaritas el ajuar funerario nos indica la existencia de creencias en un mundo de ultratumba, reflejadas en la presencia de ofrendas alimenticias que son depositadas en recipientes cerámicos, de madera o de fibras vegetales, así como de algunos objetos utilizados por el difunto en vida como: punzones, útiles líticos en basalto y obsidiana, pulidores y objetos de adorno.  

Graciela nos habla de sepulcros, rituales, creencias, prácticas religiosas, enterramientos, incineraciones, embalsamamientos y la presencia de los muertos entre los vivos y en el más allá; nos habla de las actitudes frente a la muerte.  

Graciela aborda el concepto de la muerte de bebés en Brasil y de cómo las madres de Alto do Cruzeiro no derraman ninguna lágrima ante la muerte de un hijo.  

—No es que sean mujeres insensibles, nos aclara, es un rasgo cultural donde las mujeres aceptan que el final ha venido como una bendición, como un gran alivio. “Me siento libre”, “me siento descargada”, son expresiones comunes entre ellas. En esa sociedad nadie le recriminará no sentir angustia, amargura o dolor ante la muerte de su hijo, porque la muerte se asume de manera estoica sin mayor discusión.  

— ¿Y eso es bueno?, pregunta Minerva.  

— En cuestiones culturales, si deseas ser antropóloga, destierra el calificativo de bueno y malo, sólo existe lo diverso, lo diferente, lo particular a cada cultura. Así de simple. -Y Graciela le sonríe complaciente.  

— Pero, ¿cómo pueden ser tan indiferentes antela muerte de un bebé?, pregunta Alicia. 

— Mira, en Brasil, desde los tiempos coloniales hasta el presente, la muerte de un bebé o de un niño ha sido tratada como una bendición entre las clases populares, o por lo menos, un acontecimiento aceptadosin horror. El bebé muerto era un anjinho, un querubín, una criatura inocente que moría sin causar pesadumbre porque su felicidad futura estaba garantizada. A su muerte, la vida de la casa continúa con normalidad y se realizan las actividades habituales alrededor de la caja del pequeño. La responsable del velatorio suele ser la madrina o la abuela del niño, además de una mujer vieja especializada en preparar el cadáver para el entierro. Se improvisa una procesión de “ángeles” al cementerio con los chicos y chicas que están por el lugar. Los hombres rara vez asisten al velatorio, ni siquiera al cementerio.  

— ¡Qué horror!, exclama Minerva comiéndose la uñas al imaginar tal escena.  

— Bueno, es cuestión de culturas. Como dice Guillermo, yo tampoco le temo a la muerte sino a la fatal agonía de vivir. Y llegará el momento en que cada uno de nosotros queramos pronunciar la palabra clave: vacaguare, quiérome morir. Y seguro, moriremos. 

Graciela, la mujer de tres licenciaturas, dos maestrías, dos doctorados, seis idiomas y cinco continentes explorados con vehemencia, se despide con una sonrisa, un beso, y de seguro, sin deseos de poner en sus labios un vacaguare, no al menos por ahora porque vivir es una cuestión de amor. 

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