
Carlos Perola Burguete
En el debate público contemporáneo, pocas palabras circulan con tanta carga emocional y, al mismo tiempo, con tanta imprecisión como fascismo, sionismo e imperialismo. Se pronuncian como si nombraran un mismo fenómeno, como si fueran piezas intercambiables de un mismo sistema de dominación. Pero no lo son. Y, sin embargo, tampoco están desconectadas. Comprender su relación exige salir de la consigna y entrar en la estructura.
El fascismo no es una metáfora del autoritarismo: es una forma específica de poder estatal que emerge en contextos de crisis, donde el orden liberal pierde capacidad de conducción. Su núcleo no es solo la represión, sino la reorganización total de la sociedad bajo una lógica de disciplina, homogeneidad y eliminación del adversario.
El imperialismo, en cambio, no es un régimen sino una lógica: la expansión del capital y del poder más allá de sus fronteras, articulando centros de decisión y periferias subordinadas.
Y el sionismo, en su origen, no es ni una ni otra cosa: es un movimiento nacional surgido en Europa que busca la autodeterminación del pueblo judío en un territorio.
El problema no está en sus definiciones, sino en su articulación histórica concreta.
Porque cuando estas categorías se desplazan al presente, dejan de operar como conceptos puros y comienzan a funcionar como dispositivos ideológicos. El fascismo ya no aparece necesariamente como régimen cerrado, sino como tendencia difusa: prácticas autoritarias incrustadas en democracias formales, legitimadas por el miedo, la inseguridad o la fragmentación social.
El imperialismo ya no necesita colonias formales; opera a través de cadenas financieras, tecnológicas y militares que subordinan territorios sin necesidad de administrarlos directamente. Y el sionismo, en su forma estatal contemporánea, se convierte en un campo de disputa global donde se cruzan seguridad, geopolítica, memoria histórica y dominación territorial.
América Latina entra en esta ecuación no como espectadora, sino como territorio histórico del imperialismo. Aquí, la expansión no ha sido una hipótesis teórica, sino una experiencia concreta: extracción de recursos, subordinación económica y condicionamiento político. Pero en el siglo XXI, esa dominación se vuelve más sofisticada. Ya no se impone únicamente por la fuerza, sino por la dependencia estructural: deuda, comercio desigual, tecnología, seguridad.
En este contexto, el fascismo reaparece no como copia de Europa en el siglo XX, sino como respuesta interna a la crisis periférica. No necesita camisas negras ni partidos únicos; le basta con la militarización de la vida pública, la criminalización del disenso y la construcción de enemigos internos. Es un fascismo funcional: no necesariamenteideológico, pero sí operativo.
México encarna con claridad esta tensión. Por un lado, intenta sostener márgenes de soberanía en un entorno profundamente condicionado por el poder de su vecino del norte. Por otro, reproduce hacia adentro lógicas de control que, sin nombrarse como tales, contienen elementos autoritarios persistentes: seguridad militarizada, territorios disputados, economías ilegales que coexisten con estructuras formales. No es un Estado fascista, pero tampoco es ajeno a dinámicas que recuerdan esa forma de poder.
Y Chiapas, en particular, se vuelve un punto de condensación.
Ahí, el imperialismo no se presenta con banderas extranjeras, sino con proyectos extractivos, corredores económicos y disputas territoriales. El fascismo no aparece como ideología declarada, sino como práctica fragmentada: control territorial, violencia difusa, disciplinamiento de comunidades. Y las categorías globales —como el sionismo— entran más como lenguaje político importado que como realidad estructural, pero no por ello sin efectos: sirven para nombrar, comparar, denunciar o, a veces, confundir.
Aquí está el riesgo central: cuando las categorías se usan sin mediación, se vuelven consignas; pero cuando se comprenden en su relación estructural, se convierten en herramientas críticas.
La ciudadanía global, mediada por redes y narrativas instantáneas, tiende a colapsar estos conceptos en un solo campo moral: opresores y oprimidos, sin matices. Pero la realidad es más compleja. No todo autoritarismo es fascismo. No toda dominación es imperialismo en sentido estricto. No todo conflicto territorial responde a la misma lógica histórica.
Sin embargo —y este es el punto incómodo—, tampoco son categorías inocentes. Su uso revela una intuición política: que el orden global atraviesa una crisis, y que las formas de dominación se están reconfigurando.
En América Latina, y particularmente en territorios como Chiapas, esa reconfiguración no es abstracta. Se vive en la tierra, en el cuerpo, en la economía cotidiana. Y es ahí donde la teoría deja de ser un ejercicio académico para convertirse en una herramienta de lectura urgente.
Nombrar bien no es un lujo intelectual. Es una forma de no equivocarse de adversario.
*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico.


