Juan Carlos Cal y Mayor
Con el poder como se ejerce en Chiapas, transitar por la vía estoica no es una caminata espiritual: es un campo minado. El cargo seduce, el entorno empuja y las inercias —esas viejas costumbres del mando sin contrapesos— conspiran todos los días contra la templanza. Por eso conviene decirlo de entrada: esto no es una pieza de adulación. Es, más bien, un ejercicio deliberado de escepticismo.
Marco Aurelio sabía que el poder no solo ofrece posibilidades; ofrece tentaciones. Y quizá por eso escribió para sí mismo, no para los demás. Se recordaba que el halago es ruido, que la ira es atajo y que la soberbia suele disfrazarse de eficacia. Gobernar bien, para un estoico, no era hacerlo todo, sino elegir con cuidado qué no hacer.
EL PODER REAL, NO EL IDEAL
Chiapas no es una república platónica. Aquí el poder llega con presiones cruzadas, expectativas desmedidas, operadores impacientes y una tradición política donde la línea entre autoridad y exceso se ha difuminado demasiadas veces.
Pretender que ese contexto no contamina sería ingenuo. Por eso el estoicismo, aplicado al gobierno, no se mide en intenciones sino en resistencias.
Eduardo Ramírez ha dicho —y ha intentado practicar— que el poder es servicio, no botín. Que gobernar exige autocontrol, no desquite. La pregunta legítima no es si la filosofía es correcta, sino si es sostenible aquí, ahora, con todo lo que el cargo ofrece y exige.
LA TENTACIÓN
El poder en Chiapas tiene recompensas inmediatas para quien cede al aplauso fácil, las obediencias rápidas, la adulación y los silencios comprados. La tentación no siempre es corrupción abierta; a veces es la tentación de reaccionar, de exhibir fuerza, de confundir firmeza con dureza. Ahí es donde el estoicismo se pone a prueba, no en los discursos, sino en las decisiones que nadie ve.
Transmitir esa ética a los colaboradores es todavía más complejo. No todos llegaron con la misma formación ni con la misma perseverancia. Algunos confunden prudencia con debilidad; otros creen que gobernar es imponer ritmo a golpes. Pedir mesura en un entorno acostumbrado a la estridencia es pedir contracultura.
A PRUEBA
No escribo desde la fe ciega. Escribo desde la duda razonable. Porque el escepticismo también es una forma de honestidad intelectual. Quiero ver si esa brújula moral resiste el desgaste cotidiano: la presión mediática, la grilla interna, la urgencia del resultado inmediato. Quiero ver si el ejemplo se sostiene cuando el costo político aparece.
Marco Aurelio advertía que el carácter se revela cuando nadie aplaude. Si Eduardo Ramírez logra mantener esa línea —no como consigna, sino como práctica— mi escepticismo tendrá que rendirse a la evidencia. Y si no, habrá quedado claro que el problema no era la filosofía, sino la dificultad de vivirla donde el poder, históricamente, ha sido una tentación permanente.
Porque en Chiapas, más que en los libros, el estoicismo se escribe con actos. Y esos, tarde o temprano, hablan por si solos.