Corina Gutiérrez Wood
Uno empieza un libro casi siempre de la misma manera, con una mezcla rara de curiosidad y esperanza. No es que uno espere una revelación espiritual ni una obra maestra, pero sí algo que acompañe. Que entretenga. Que tenga sentido. Y, sobre todo, que cuando llegue al final no te haga sentir que perdiste el tiempo. No es mucho pedir, pero aun así los finales tienen una habilidad especial para fallar.
Porque el final es ese momento incómodo en el que el libro ya no puede prometer nada más. Ya no hay “a ver qué pasa”, ya no hay páginas por delante. Es el punto donde todo lo que se construyó antes tiene que sostenerse solo. Y ahí es donde muchos libros se tambalean.
Hay libros que terminan bien. No espectacularmente, no con fuegos artificiales, pero bien. Cierras el libro, te quedas unossegundos en silencio y piensas “ok, así estaba bien”. No necesitas hablar de él, no necesitas defenderlo, no te deja enojado. Es un final educado, como una despedida correcta. No lo recuerdas toda la vida, pero tampoco te persigue.
Luego están los finales abiertos. Esos que te dejan mirando la última página como si faltara algo. Al principio uno se queda quieto, esperando que el libro diga “es broma” y continúe. Pero eso no pasa. Entonces entiendes que ahora el trabajo es tuyo; imaginar qué pasó después, decidir si el personaje fue feliz o no, inventar un cierre alternativo. A veces eso se siente interesante. Otras veces solo se siente flojera. Porque no siempre quieres escribir el libro junto con el autor.
También existen los finales que llegan de golpe. Todo va avanzando normal, incluso bien, y de pronto se acabó. Así, sin aviso. Cierras el libro y lo primero que haces es revisar cuántas páginas tiene o cuantas te saltaste, como si eso explicara algo. Son finales que no necesariamente son malos, pero sí bruscos. Como cuando una conversación termina con un “bueno, luego hablamos” y nunca más se retoma.
Están los finales felices, que se han vuelto casi sospechosos. Antes eran normales, ahora parecen un lujo. Cuando aparecen, uno los disfruta con cautela. Porque nos enseñaron que lo interesante es el conflicto, el dolor, la complejidad. Y, aun así, cuando todo sale bien, algo se acomoda. Aunque no lo digamos muy fuerte, para no parecer ingenuos.
Y luego están los malos. No tristes, no duros; malos. Esos que no encajan con el resto del libro. Personajes que toman decisiones raras, giros que aparecen de la nada, soluciones demasiado rápidas para problemas enormes que parecen escritos con prisa, como si el autor ya quisiera terminar y empezar el siguiente libro. Y a veces eso es literal.
Porque ahí aparecen los de “continuará”, que son una forma especialmente cruel de cerrar una historia. No solo te dejan incompleto, sino endeudado emocionalmente con un libro que todavía no existe. Te prometen que todo se resolverá en el siguiente tomo, que llegará pronto, que valdrá la pena la espera, pero ese “pronto” es relativo y casi nunca es tan bueno como el primero. Pasan años, cambias de vida, de gustos, de humor, y cuando por fin sale, lo lees más por compromiso que por entusiasmo. Como reencontrarte con alguien que te gustaba mucho y darte cuenta de que ya no tienen nada que decirse.
Lo curioso es que, aun sabiendo que muchos finales decepcionan, seguimos esperando que este libro sí lo logre. Que ahora sí. Que esta historia tenga un cierre que no nos haga suspirar con fastidio. Y cuando no pasa, hacemos lo de siempre; decir que el libro iba bien hasta el final. Que prometía. Que era mejor al principio. Como si éste fuera un accidente y no parte de la historia.
Con el tiempo, leer te vuelve un poco desconfiado. Cuando quedan pocas páginas y todavía hay demasiadas cosas sin resolver, sabes que algo no va a cerrar bien. Cuando todo empieza a acomodarse demasiado rápido, sospechas. Cuando el drama se intensifica sin razón clara, te preparas. No es que uno sea experto, es que ya lo ha visto antes.
También pasa algo extraño; hay libros cuyo final no parece importante en el momento. Cierras el libro, lo guardas, sigues con tu vida. Y días después, sin aviso, el final vuelve. Una escena, una frase, una sensación. No fue espectacular, pero se quedó contigo. Esos no hacen ruido, pero duran.
Hay libros que no terminan, simplemente se detienen. No hay cierre claro, no hay conclusión evidente. El libro se acaba porque se acaba. Y tú decides si eso te parece suficiente o no. A veces sí. A veces no. Pero ahí está. No todo necesita una gran explicación, aunque como lectores siempre la pidamos.
Leer también te enseña algo incómodo; no todas las historias merecen un gran cierre. Algunas valen por el camino, por ciertos momentos, por una idea suelta, por un personaje que te cayó bien. Aunque el final no esté a la altura, algo se salva. Nos cuesta aceptarlo, pero pasa.
Aun así, los finales importan, y mucho porque son lo último que se queda contigo. Puedes olvidar capítulos enteros, personajes secundarios, subtramas completas. Pero el final regresa. Como una sensación general. Como un “me gustó” o un “qué coraje”. El final tiene esa mala costumbre de resumir todo, aunque no debería.
Por eso uno sigue leyendo con cierta cautela. Empiezas otro libro, te entusiasmas otra vez, crees que ahora sí. Que esta historia va a cerrar bien. Y aunque ya sabemos que no siempre pasa, seguimos intentando. Porque hay algo en ese momentoque sigue siendo atractivo. Esa posibilidad mínima de cerrar el libro y pensar; “sí, así estaba bien”.
Quizá por eso toleramos finales flojos, abiertos, raros o incompletos. Porque leer no es solo llegar a la última página, sino aceptar que muchas historias no cierran como quisiéramos. Que algunas se quedan a medias. Que otras terminan mal. Y que, aun así, seguimos leyendo.
Y es probable que ahí está la trampa; seguimos leyendo no porque confiemos en los finales, sino porque todavía creemos que alguno, en algún momento, va a hacer justicia a todo lo anterior.
Algunos no se escribieron para gustar, sino para recordarte, con bastante ironía, que cerrar el libro no siempre significa que la historia terminó.