
Carlos Perola Chandomí
Hay conversaciones que no buscan ganar. Buscan entender.
Alguna vez no recuerdo la fecha, pero quizás tenía yo 10 o 12 años, fue en la selva lacandona, que por cierto ahí pasaba mis vacaciones, leí entre sus escritos un poema que decía:
No son caminos ni lugares que separan a las personas una de otras sino sus ideales que cada uno escoge para vivir, así pues, no pensemos que es el río el que nos separa, sino el que al final nos une.
Con mi padre, escribir se volvió eso: una forma de mirar el mundo desde dos orillas distintas… y descubrir que el río, al final, no separa: explica.
Él, hombre de izquierda. Yo, hombre de Estado.
No son sólo posturas.
Son lenguajes. Son formas distintas de ordenar la realidad, de nombrarla, de justificarla.
Dos tiempos que se sientan frente a frente en una mesa:
café de por medio, hojas dispersas, números que no siempre cuadran y silencios que, a veces, dicen más que cualquier argumento.
También hay historias incompletas que se quedan a la mitad de la mesa, movimientos sociales que se confunden entre sí, causas que cambian de nombre sin cambiar de fondo, y un universo que se traslapa.
Un universo donde todo parece mezclarse: lo político con lo humano, lo ideológico con lo cotidiano, lo urgente con lo que realmente importa.
Y es justo en ese cruce —imperfecto, desordenado, vivo— donde aparece algo que no se puede forzar: la posibilidad de ver el todo en la dimensión exacta de sus partes.
Porque escribir con mi padre no es coincidir. Es sostener la diferencia sin romper el diálogo.
Es decir lo que uno piensa… y quedarse a escuchar lo que el otro ve.
Es entender que el desacuerdo no es ruptura, sino método.
Que pensar no es imponerse, sino exponerse.
Y que, en ese ir y venir de ideas, de pausas, de dudas y certezas provisionales, se construye algo que ninguno podría alcanzar por sí solo:
una mirada más amplia, más incómoda… pero también más cercana a la realidad y no a nuestra verdad..
Dos mundos que se tocan, Hay algo profundamente humano en sentarse a discutir ideas sin la urgencia de imponerse.
No hay ganadores.
No hay derrotas.
Hay pausas incómodas.
Silencios largos que pesan más que cualquier argumento.
Momentos donde ninguno cede… y, sin embargo, ambos avanzan.
Porque avanzar, a veces, no es coincidir.
Es permanecer.
Platicamos una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Como si supiéramos —sin decirlo— que lo importante no está en la primera respuesta, sino en lo que queda después de haberla puesto en duda.
Perseguimos algo que se nos escapa.mUna idea que apenas se deja ver.mUna verdad que no se deja atrapar en una sola mirada.
Y en ese ir y venir, entre palabras que a veces sobran y silencios que a veces faltan, se va dibujando algo más profundo: no la razón, sino el sentido.
Escribir con él es eso.
No es llegar. Es buscar.
Buscar en el firmamento de las ideas una estrella que ninguno ve completa por sí solo,
pero que, al mirarla juntos, empieza —apenas— a tomar forma. Como si el entendimiento no fuera una conquista, sino un instante breve… donde dos mundos, sin dejar de ser distintos, se tocan.
El método invisible, No llegamos a conclusiones por intuición. Llegamos por desgaste. Por insistencia. Por método.
Por ese ir y venir que cansa, pero aclara.
Tomamos un tema —cualquiera— y lo desarmamos sin piedad, como si sospecháramos que la primera forma en la que aparece siempre miente un poco.
Primero los datos. Luego los números. Después los contextos.
Más tarde los supuestos… esos que casi nunca se dicen, pero que lo sostienen todo.
En algún momento hablamos de congresos estatales.
Parecía una discusión simple: si eran caros o no.
Pero la conversación, como suele pasar, no obedeció.
Se desvió. Se abrió. Se volvió otra cosa. Entonces empezamos a mirar de nuevo:
— legisladores por entidad
— población por estado
— distritos
— representación
Las cifras dejaron de ser números y empezaron a volverse preguntas.
Sumamos. Restamos. Dividimos.
Pero sobre todo, dudamos. Cambiamos hipótesis. Abandonamos rutas que parecían seguras. Volvimos a otras que habíamos descartado demasiado pronto. Y en ese proceso —lento, a veces frustrante, a veces casi obsesivo— ocurrió algo que no se puede forzar: la idea empezó a ceder.
Horas después, sin darnos cuenta, habíamos llegado a un lugar distinto al que pensábamos.
El problema no era el costo.
Era la representatividad.
Y entonces entendimos algo más importante que la conclusión:
que no habíamos ganado una discusión. Habíamos construido una respuesta. Y en esa construcción, sin decirlo, también nos habíamos entendido mejor.
El viaje Antes de llegar a cualquier conclusión, hay un recorrido. Y con mi padre, ese recorrido no es ordenado. Es una locura hermosa.
Sacamos libros como quien abre heridas. Notas viejas que todavía respiran. Subrayados que alguna vez importaron… y que hoy vuelven a doler distinto.
Las páginas crujen. Y de pronto ya no estamos en la mesa. Estamos en Balún Canán, en los Chiapas profundos, en los zoques, en las historias que no se fueron, aunque quisieron borrarlas.
Caminamos entre voces que no están… pero siguen diciendo. Pasamos por revoluciones que no terminaron. Por personajes incómodos que la historia quiso domesticar… y no pudo del todo. Por los zapatistas, que no son pasado, sino pregunta abierta.
Es un viaje sin mapa. Sin permiso. Sin ruta clara. Un viaje donde todo se mezcla: lo que fuimos, lo que nos dijeron que fuimos, y lo que todavía no entendemos que somos.
Y en medio de ese desorden —que no es caos, sino búsqueda— uno aprende algo que no está en los libros:
que entender el mundo no es juntar ideas como quien colecciona certezas, sino sostenerlas cuando se contradicen, dejarlas chocar, dejarlas incomodar, hasta que, por un instante breve —casi invisible— todo cobra sentido… Y en medio de ese viaje, uno aprende algo que no está en los libros:
que entender el mundo no es acumular ideas, sino aprender a sostenerlas en tensión. Hacerlas pedazos para construirlas de nuevo.
Somos dos marginados, No porque nos marginen. No porque nos marginemos. Sino porque elegimos el margen.
No el margen como abandono, ni como derrota, ni como exilio.
El margen como posición.
Él, desde la izquierda.
Yo, desde el Estado.
Dos orillas distintas de un mismo río.
No enfrentadas. Yuxtapuestas.
Ahí, en esa tensión —sin mezclarnos del todo, sin anularnos— es donde ocurre algo que no pasa en el centro.
Observamos, Vemos el caudal. Vemos cómo en el centro del río se arrastran certezas, discursos, ideologías que se dicen firmes… y que, sin embargo, flotan.
Vemos cómo la corriente avanza. Cómo se lleva lo que parecía inamovible. Cómo cambia todo… aunque el lenguaje insista en que nada cambia.
Y desde ese margen —que muchos confunden con distancia— también vemos lo que no se mueve: la tierra firme, el horizonte, lo que permanece cuando el ruido baja y la prisa se va.
Ahí entendimos algo que no se dice en voz alta: que el centro no siempre explica la realidad, porque el centro está ocupado sosteniéndola.
Y que, a veces, sólo desde el margen —desde esa diferencia que no se cancela— se puede ver el todo.
No para elegir una orilla. Sino para entender el río. Porque no se trata de estar del lado correcto.
Se trata de no perder de vista el movimiento completo. De entender que el río no se explica desde un punto, sino desde la mirada que es capaz de sostener sus contradicciones.
Y en esa mirada —compartida, tensa, imperfecta— es donde empezamos, por fin, a comprender.
Dios, el mundo y el respeto, Yo soy cristiano. Mi padre es ateo. Obviamente.
Y, sin embargo, hablamos de Dios.
No como dogma, No como trinchera., No como argumento final. Hablamos de Dios como se habla de lo que no se agota:
desde la duda, desde la historia, desde la necesidad de entender el bien y el mal, el poder, la dignidad.
Yo lo nombro. Él lo cuestiona.
Y en ese cruce —donde ninguno cede del todo— ocurre algo que no siempre es visible:
nos escuchamos. Sin imposición. Sin la urgencia de convencer. Sin la ansiedad de tener la última palabra. Con algo que hoy parece escaso: respeto irrestricto por el pensamiento del otro.
Y entonces entendí algo que no esperaba.
Que la fe no siempre se declara. A veces se vive.
Porque en medio de nuestras diferencias —reales, profundas— mi padre, que no cree en Dios, vive muchas veces más cerca de sus principios que muchos que lo nombran todos los días.
En su forma de mirar al otro, en su manera de sostener la dignidad, en su capacidad de no imponer, de no reducir, de no negar.
Ahí —sin decirlo— hay una forma de fe. No en Dios, quizá. Pero sí en el ser humano. ( la creación más preciada de Dios).
Y en ese punto, donde las palabras ya no alcanzan, entendí que tal vez no estábamos tan lejos.
Sólo estábamos nombrando distinto lo que, en el fondo,ambos reconocemos como esencial.
La pregunta que lo cambió todo. En medio de una de esas conversaciones —de esas que empiezan en cualquier tema y terminan en todo— apareció San Cristóbal de las Casas.
Sus quinientos años. Su historia. Su nombre.
Yo tenía clara mi posición.
Bartolomé de las Casas era —y es— un defensor de los derechos humanos. Eso es cierto. Eso no estaba en discusión.
Pero mi padre no se detuvo ahí. Él hizo lo que siempre hace: romper la comodidad.
Miró el todo.mLa suma de las partes.
El contexto que normalmente se deja fuera porque incomoda.
No respondió. No debatió. No contradijo.
Preguntó.
Y en esa pregunta —seca, precisa, inevitable— desarmó todo lo que yo creía tener claro.
¿Fue Bartolomé de las Casas un defensor de los indígenas… o el rostro de una nueva modernidad de conquista económica que sustituyó esclavos por súbditos y la violencia abierta por un orden económico y comercial que terminaría transformando el mundo?
No fue una pregunta para responder. Fue una pregunta para quedarse. Una de esas que no se contestan con datos, ni con citas, ni con convicciones aprendidas. Una de esas que se instalan. Que incomodan. Que desplazan. Que obligan a volver a mirar lo que creías entender.
Porque en ese momento algo se rompió. No mi postura. Sino Mi certeza.
Y entendí que hay preguntas que no buscan derrumbar lo que piensas, sino ampliarlo hasta que ya no cabe en una sola idea.
Que la historia no es un relato limpio, sino un campo de tensiones donde lo moral, lo político y lo económico se entrelazan.
Y que, a veces, comprender no es elegir una respuesta. Es aprender a sostener la pregunta.
No fue una respuesta. Fue una grieta.
Una de esas preguntas que no se responden… se habitan.
Esa pregunta no destruyó mi postura. La profundizó.
Porque entender que Las Casas defendía la dignidad humana no es incompatible con reconocer que vivía dentro de un sistema que estaba cambiando.
Que la conquista se transformaba. Que el mundo se reorganizaba. Que el poder encontraba nuevas formas. Y que, a veces, las figuras históricas no son una sola cosa. Son varias al mismo tiempo.
Al final, escribir con mi padre no es llegar a la verdad absoluta.
Es entender que la verdad —sí. existe—empero no se deja poseer por una sola mirada.
Es llegar a algo más difícil… y por eso más valioso: un sentido común construido desde la diferencia.
No desde la concesión. No desde la rendición. No desde el acuerdo fácil que evita el conflicto, sino desde la fricción. Desde la confrontación de ideas que no se cancelan, que no se diluyen, que no se traicionan. Porque aquí nadie renuncia a lo que es.
Yo no dejo de ver desde el Estado.
Él no deja de mirar desde la izquierda.
Y, sin embargo, en ese cruce —tenso, incómodo, necesario— ocurre algo que no siempre se nombra: las ideas dejan de ser trincheras y empiezan a convertirse en puentes.
No se trata de imponerse. Se trata de sostener la conversación el tiempo suficiente para que algo distinto aparezca. Un punto donde ambas miradas no se funden, pero tampoco se excluyen. Donde pueden coexistir sin anularse. Ahí, en ese espacio que no pertenece a ninguno de los dos,
es donde empieza a construirse algo más honesto: no la razón, sino el entendimiento. Y entonces comprendí que escribir juntos no es un ejercicio intelectual. Es un acto de responsabilidad.
Porque en un mundo que exige tomar partido inmediato, detenerse a pensar con alguien que piensa distinto es casi un acto de resistencia. Y hacerlo con tu padre… es, quizá, una de las formas más profundas de reconciliarte no sólo con el mundo, sino contigo mismo.
Conclusión: lo que aprendí en esa mesa. Al final, no fue un debate sobre historia. Fue un ejercicio de honestidad.
Porque así como empezamos discutiendo si los congresos eran caros…
y terminamos entendiendo que el problema no era el costo, sino la representatividad,
así también llegamos a San Cristóbal. Creyendo que entendíamos. Y salimos sabiendo que apenas empezábamos.
Esa conversación con mi padre no resolvió a Bartolomé de las Casas. La complicó.
Y en esa complicación entendí algo que no se dice fácil:
que el problema no es lo que discutimos, sino cómo lo discutimos. Porque si fuimos capaces de desmontar números, de cuestionar supuestos, de abandonar certezas —hasta llegar a una conclusión más justa—,
¿por qué no hacemos lo mismo con la historia?
¿Por qué preferimos respuestas simples cuando sabemos —en el fondo— que la realidad nunca lo es?
Porque es más cómodo.
Porque es más fácil decir que algo es caro o barato, que aceptar que el problema es más profundo.
Porque es más fácil decir que alguien fue héroe o villano, que reconocer que fue parte de un sistema complejo que aún nos alcanza.
La pregunta necesaria
Y entonces, inevitable, política, y nacida de esa mesa donde nadie ganó pero ambos entendimos más, queda esta:
¿somos capaces, como sociedad, de hacer lo mismo que hicimos ahí… dejar de discutir lo superficial —lo caro o lo barato, lo bueno o lo malo—por el pueblo, en bien estar del pueblo,
y atrevernos a pensar en lo que realmente importa: la representación, la dignidad, la soberanía, nuestros derechos y garantías, el fondo de las cosas? Porque si no podemos hacerlo, entonces no importa cuántos años celebremos, ni cuántas historias contemos, ni cuántas reformas pasan o dejan de pasar,
seguiremos discutiendo el precio de las cosas, mientras ignoramos su verdadero valor.
Pero hay algo más que no puedo —ni debo— dejar fuera.
Nada de esto habría sido posible sin mi madre. (Doña Doris)
Sin esa mujer que, durante años, hizo lo más difícil sin reclamarlo, sin anunciarlo, sin imponerse:
enseñarnos (a ambos) a convivir en la diferencia sin rompernos en el intento.
A mí me educó en el respeto hacia mi padre.
A él le recordó, una y otra vez, que lo que soy también le pertenece.
Nos sostuvo cuando éramos dos fuerzas que chocaban sin entenderse. Cuando la distancia parecía más fácil que el diálogo. Cuando la diferencia amenazaba con volverse ruptura.
Y ahí —sin discursos, sin protagonismo— nos enseñó lo esencial:
que la diferencia no es el problema, es la posibilidad.
Que no se trata de pensar igual, sino de no perderse en el intento de pensar distinto.
Y sobre todo, nunca dejó de creer —ni un solo momento— que con el tiempo podría convertirme en una mejor versión de mí mismo y una mejor versión de ellos. (espero no defraudarlos)
Esa fe silenciosa. Esa paciencia que no se quiebra. Esa intuición que sostiene incluso cuando todo parece dispersarse.
Eso no se aprende en los libros. Eso se hereda.
Y se lo debemos a ella.
A esa mujer extraordinaria y sabia que entendió antes que nosotros que pensar distinto no es separarse, sino aprender —con todo y contra todo— a encontrarnos.


