1. Home
  2. México
  3. Entre el sarcófago de oro y la gallina de los huevos de plomo: un surrealismo mexicano

Entre el sarcófago de oro y la gallina de los huevos de plomo: un surrealismo mexicano

Entre el sarcófago de oro y la gallina de los huevos de plomo: un surrealismo mexicano
0

Luz del Alba Belasko

Si André Breton caminara hoy por las calles de Zapopan y se topara con la procesión de un ataúd dorado custodiado por el Ejército y sobrevolado por helicópteros, probablemente anotaría en su libreta: “Esto es más surrealista que cualquier sueño”. Porque si el surrealismo es, como él dijo, “un automatismo psíquico puro que permite expresar el verdadero funcionamiento del pensamiento sin importar la moral ni la estética”, entonces el pueblo mexicano ha creado, sin proponérselo, la obra de arte involuntaria más perfecta del siglo XXI.

Ahí yace Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, en su sarcófago de oro. Un féretro que no pide permiso a la moral ni a la estética. Es el automatismo de una realidad que ya no distingue entre el faraón y el sicario, entre el tesoro nacional y el botín de guerra. Lo llevan como a un Tutankamón de la violencia, pero este rey niño no gobernó Egipto: gobernó el miedo.

En 15 años logró lo que ninguna reforma educativa o movimiento independentista pudo: darle rostro de narco a todo un país. Breton hablaría de la “resolución futura de esos dos estados, aparentemente contradictorios, que son el sueño y la realidad”. Aquí la contradicción se resolvió: la realidad es la pesadilla y el sueño es un ataúd dorado.

Y qué decir de los gallos. Más de 500 coronas florales con la figura de un gallo. Si el surrealismo busca la imagen pura, liberada de la razón, el gallo es el emblema perfecto. No es un ave: es una mentada de madre hecha flor. Es la firma del que se va pero deja claro que, hasta muerto, quiere cantar más fuerte que la ley. Breton habría celebrado ese simbolismo inconsciente: el gallo que nunca dejó de pelear, el plumaje de flores sobre la madera preciosa, el “fulano” casi analfabeto que, sin leer a los poetas franceses, entendió que la última palabra también puede ser un alarido visual.

Mientras tanto, la ley. El Ejército, las fuerzas federales, los controles de acceso, los helicópteros. El Estado escoltando al enemigo. El poder protegiendo al poder. No es cinismo: es impunidad pura, destilada, convertida en acto protocolario. Los medios nacionales, los influencers, las agencias de prestigio internacional repiten: “En ataúd de oro sepultan al Mencho”. Y lo repiten como quien anuncia el clímax de una serie de Netflix, porque ya no hay diferencia entre la noticia y el reality show.

Pero la verdadera obra surrealista no es el ataúd ni el operativo. Es el contraste. Es ver ese oro sobre ruedas y recordar, automáticamente, a las madres que buscan a sus hijos entre fosas clandestinas. Es saber que este hombre le dio al país “miles de desaparecidos” y que su cuerpo, a diferencia de los de sus víctimas, sí tuvo un ataúd, sí tuvo velorio, sí tuvo tierra bendita en el panteón jardín Recinto de la Paz.

La paz. Qué nombre tan cruel para un cementerio. Qué sarcasmo tan puro, tan automático, tan surrealista.

Al final, el pueblo mexicano asiste a su propio funeral simbólico. Ese cortejo no solo entierra a un hombre: entierra la posibilidad de un México distinto. Y mientras el oro brilla y los gallos de flores se marchitan, la única pregunta que flota en el aire, digna del mejor poema automático, es esta: ¿Cómo se llama el país donde el asesino descansa en paz y las víctimas ni siquiera descansan?

Breton respondería: “Eso no es un país, es un sueño. Pero cuidado: en cualquier momento, alguien va a despertar”.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *