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El problema nunca fue el hechizo / Sarcasmo y café

El problema nunca fue el hechizo / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

El lago de los cisnes es mi ballet favorito y, justo en esta temporada en la que vuelve a montarse por todos lados, resulta difícil no hablar de él. Es una historia que han insistido en llamar de amor, aunque no lo es. Es, en todo caso, una historia sobre promesas hechas demasiado rápido y errores que se entienden demasiado tarde. En realidad, no es nada complicada.

Pero, en fin, desmenucémosla un poco.

Sigfrido está celebrando su cumpleaños, instalado en esa comodidad peligrosa donde nada urge y todo puede esperar, hasta que su madre aparece para recordarle que ya es momento de casarse. Le anuncia, con toda la calma del mundo, que organizará un baile y que ahí tendrá que elegir esposa. Básicamente, hoy brindas, mañana decides tu vida.

Y claro, a Sigfrido no le entusiasma la idea. Así que hace lo que muchos hacen, evade. Se va a cazar, como si cambiar de escenario resolviera algo, y termina frente a un lago que claramente le va a complicar la vida mucho más de lo que su madre tenía planeado.

Y es ahí donde empieza todo, porque él pensó que había salido del problema, pero en realidad solo cambió de versión. El lago no es un lugar, es ese punto exacto donde todo se ve más bonito de lo que es y uno jura que ahora sí va a hacer las cosas bien. Y es entonces cuando aparecen los cisnes. Y luego, sin mucha advertencia, uno de ellos deja de serlo.

Odette. Reina de esos cisnes, atrapada en un hechizo que la condena a vivir entre dos formas, cisne de día, mujer de noche. Una vida partida en dos, sostenida por la voluntad de alguien más, porque romper ese hechizo no depende de ella; depende de que alguien le prometa amor eterno y no se equivoque.

Y Sigfrido, que claramente está sintiendo más de lo que está entendiendo, lo hace. Promete, jura y se compromete con una seguridad que no necesariamente le pertenece, porque Odetteno está para medias tintas. Lo suyo es todo o nada, amor eterno, fidelidad absoluta, cero margen de error. Nada complicado, bueno, solo un poco.

Y por un momento funciona, o al menos eso parece. Porque hay algo en esa forma de moverse, en esa calma, que te hace creer que el amor puede ser eso, algo delicado que, si lo cuidas bien, no se rompe.

Hasta que llegamos al baile. Porque claro, toda mala decisión importante necesita un escenario elegante.

Rothbart, el mago que lanzó el hechizo, aparece, pero no llega solo. Trae consigo a Odile, el cisne negro, que no es otra cosa que una versión diseñada para confundir a Sigfrido y comprobar qué tan frágil era la promesa que hizo en el lago.

Odile se ve como Odette, pero no es Odette. Y no hace falta saber de ballet para notarlo. Vienes de ver delicadeza, silencio, una belleza que no necesitaba imponerse, y de pronto eso cambia.

Odile no entra con cuidado, entra ocupándolo todo. Hay algo en su forma de moverse que rompe con esa calma anterior, como si alguien decidiera que ya fue suficiente de sutileza. Aquí no hay duda, ni pausa, ni fragilidad. Y entonces empiezan los 32 fouettés, uno tras otro, sin tregua. Giros que no piden permiso, que se encadenan con una precisión casi desafiante, como si cada vuelta fuera una forma de decir “mírame bien”.

Todo es hipnótico.

Y ahí, justo ahí, es donde Sigfrido debió detenerse. Porque la mujer a la que le prometió amor no se sentía así, no ocupaba el espacio de esa forma, no necesitaba girar para ser vista.

Pero no lo hizo.

Porque al final no falla por engaño. Falla por algo mucho más simple, se deja deslumbrar. Y cuando alguien se deslumbra, deja de mirar.

Y a partir de ahí, todo cambia. Dependiendo de quién lo monte, el final toma otro rumbo. Hay versiones donde el amor alcanza, otras donde no, algunas donde todo termina en tragedia y otras donde intentan salvarlo con poesía.

Pero sea cual sea el final, hay algo que no se mueve; y eso es que en realidad el problema nunca fue el hechizo.

Así que, aprovechando esta columna, y sé que nadie me lo pidió, pero todos lo necesitan, voy a proponer mi propio final. Y esto va completamente en serio; Royal Ballet, Bolshoi, Mariinsky, Ópera de París, La Scala, si están leyendo, que deberían, tomen nota porque mi final es simple:

Sigfrido llega tarde, como siempre. Odette ya no lo está esperando, y ojo, no porque no lo ame, sino porque entendió algo antes que él; que el amor no puede ser solo una promesa.

Rothbart no necesita intervenir. El hechizo se rompe solo, pero no como redención, sino como decisión. Odette elige quedarse en el lago, no como víctima, sino como dueña y señora de ese espacio.

Sigfrido no muere, y ese es su castigo. Se queda vivo, mirando, entendiendo demasiado tarde lo que perdió.

El cisne negro no desaparece, porque el error, lejos de borrarse, se integra.

No hay aplauso fácil ni consuelo, tampoco tragedia gratuita, hay algo peor: claridad.

Lo sé, no es particularmente amable con el príncipe, pero francamente ya era hora.

Y al final, más allá de versiones, compañías y egos coreográficos, lo que queda es esto, todos estamos intentando editar nuestros propios finales. Ajustar la narrativa, suavizar el golpe, encontrarle sentido a lo que no lo tiene.

A veces nos sale versión Royal, a veces Bolshoi, a veces una mezcla rara que ni nosotros entendemos.

Pero hay algo que El lago de los cisnes lleva más de un siglo recordándonos, con tutú o sin él:

No todo lo que se ama se salva, no todo lo que se pierde se entiende, y no todo lo que llega, llega a tiempo.

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