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El precio de enfermarse / A Estribor

El precio de enfermarse / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

En Chiapas, cuando alguien enferma, no se enferma solo. Se enferma con él la familia entera. Aquí la enfermedad no se delega ni se administra a distancia: se acompaña, se espera, se vela. No es una visita; es una obligación moral. Por eso los hospitales —públicos o privados— nunca están realmente solos: siempre hay alguien afuera aguardando noticias, durmiendo mal, comiendo peor, gastando lo que no tiene. El sistema de salud pública, sin embargo, fue diseñado como si esa realidad cultural no existiera.

NORMA FRÍA

En los hospitales públicos el acceso está estrictamente regulado. Una sola persona puede entrar dos o tres veces al día, preguntar, acompañar unos minutos y salir. No hay bancas suficientes, no hay áreas dignas de espera, no hay baños funcionales las veinticuatro horas. Mucho menos pernocta. El acompañante no existe para el reglamento. Pero afuera la escena es otra: decenas de personas acampando con cartones, cobijas, anafres improvisados. Muchos vienen de municipios lejanos. Algunos llevan días; otros, semanas. La espera no es voluntaria: es forzada. Y el frío, el hambre y la incertidumbre se vuelven parte del tratamiento.

SALUD “GRATUITA” QUE SALE CARA

A esa espera hay que sumarle el gasto. Porque la salud pública será gratuita en el discurso, pero en la práctica representa una carga económica brutal para quienes menos tienen. Transporte, comida, noches a la intemperie, días sin trabajar. Y, con demasiada frecuencia, también medicamentos.
No es raro que el familiar tenga que salir a comprar insumos básicos porque el hospital no los tiene. Jeringas, antibióticos, material elemental. La gratuidad se sostiene, muchas veces, con el bolsillo del acompañante.

ADENTRO

Y lo que ocurre dentro tampoco siempre honra la palabra “atención”. Hay pacientes sin camilla, sentados durante horas en sillas de ruedas, o incluso en el piso, con el suero puesto, en pasillos saturados. La escena se ha normalizado tanto que ya no indigna. Salvo honrosas excepciones —que existen y merecen reconocimiento—, el trato suele ser áspero, impersonal, deshumanizado. No siempre por falta de vocación, sino porque el sistema no exige calidad ni evalúa el trato.

BUROCRACIA

En la práctica, no hay mecanismos claros de control de calidad de la atención ni canales eficaces de queja. El paciente y su familia cargan con una culpa implícita: se supone que es gratis, y entonces cualquier reclamo parece ingratitud. El trabajador de la salud que sabe que su puesto está asegurado rara vez enfrenta consecuencias por un mal trato. La gratuidad se vuelve escudo. No se presta un servicio: se concede un favor.

SÍ SE PUEDE

El problema no es irresoluble. En Chiapas ya existe un ejemplo que demuestra que la solución no es una utopía. En el Hospital de las Culturas, en San Cristóbal de Las Casas, se habilitó un albergue para familiares de pacientes ante esta misma realidad: personas que venían de comunidades lejanas y no tenían dónde esperar sin exponerse a la intemperie.
Dormitorios, sanitarios, cocina, un espacio mínimo de descanso. Nada lujoso. Nada extraordinario. Solo digno. Un reconocimiento implícito de algo elemental: el acompañante existe y también merece humanidad.

EL CAMPAMENTO

Mientras estas respuestas no se generalicen, la escena seguirá repitiéndose: hospitales por dentro saturados y hospitales por fuera convertidos en campamentos de pobreza. Familias pagando con incomodidad, frío y humillación el acceso a un derecho que debería aliviar, no castigar. Diseñar hospitales sin pensar en el acompañante es diseñarlos incompletos. Diseñar un sistema que presume gratuidad sin garantizar trato digno es convertir la salud en una carga moral y económica.

ESPERAR NO DEBERÍA SER PARTE DEL CASTIGO

La enfermedad ya es suficientemente dura como para añadirle pobreza, desgaste y maltrato. Mientras no se entienda que la salud pública no se mide solo en consultas otorgadas, sino en cómo se trata a quien llega vulnerable, seguiremos teniendo hospitales que atienden cuerpos… y sistemas que erosionan personas. En Chiapas, hoy, enfermarse tiene precio. Y no todos pueden pagarlo.

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