
Carlos Perola Burguete
Hablar de política electoral es una clara provocación a la imaginación del orden social y del Estado.
En México, cada cierto tiempo reaparece el debate sobre la reforma electoral. Se discuten reglas, fórmulas de representación, financiamiento público y diseño institucional. Sin embargo, detrás de esa conversación técnica suele esconderse el verdadero tema de fondo: la arquitectura del poder político en el Estado.
Las propuestas de reforma electoral que en su momento impulsó el expresidente Andrés Manuel López Obrador y que hoy retomó la presidenta Claudia Sheinbaum no pueden entenderse únicamente como modificaciones administrativas del sistema electoral.
En realidad, expresan una tensión propia de todo proceso de cambio político profundo: cómo consolidar un nuevo régimen sin romper del todo con las reglas institucionales heredadas.
Porque las reglas electorales mexicanas no surgieron en el vacío. Fueron construidas durante décadas por las élites partidistas que dominaron la transición hacia la democracia. Esas élites diseñaron un sistema pensado para impedir la concentración excesiva del poder, pero también para preservar su propia sobrevivencia política.
De ahí que los partidos se hayan convertido, con el paso del tiempo, en verdaderas estructuras de apropiación del poder público, auténticos cárteles políticos que operan tanto en el terreno jurídico como en el político.
Sin embargo, ningún mecanismo político es eterno. Por lo que la pregunta que empieza a surgir hacia el próximo ciclo electoral es si ese esquema de alianzas seguirá siendo viable o si el propio crecimiento de Morena generará nuevas tensiones dentro del bloque gobernante Porque en política, como en los juegos de mesa, cada movimiento modifica el tablero.
El régimen surgido en 2018 ha logrado acumular un poder político considerable. Pero el verdadero desafío no es sólo conquistar el poder. El desafío es administrarlo, institucionalizarlo y evitar que su propia acumulación termine generando nuevas fracturas políticas.
Y es aquí donde conviene recordar una lección constante de la política mexica. Las reglas del sistema político casi nunca se discuten cuando el poder está en disputa abierta. Se discuten cuando alguien ya logró acumular suficiente poder como para intentar reorganizarlo.
Por eso las reformas electorales nunca son solamente reformas electorales. Son, en realidad, reformas al equilibrio del poder en el Estado.
Rumbo a 2027 México vuelve a entrar en esa zona delicada, movediza, donde las reglas, las alianzas y las instituciones comienzan a reajustarse al nuevo mapa político surgido después de 2018.
Las fuerzas políticas se preparan. Las dirigencias partidistas calculan. Los operadores electorales afinan sus mecanismos.
Y mientras ese proceso ocurre, el país asiste nuevamente al mismo fenómeno que ha marcado buena parte de su historia política: la disputa por definir quién escribe las reglas del juego mientras el juego ya está en marcha.
Porque una cosa es ganar elecciones. Otra muy distinta es diseñar un sistema político que permita seguir ganándolas.
Ahí es donde el tablero se vuelve más complejo. Porque el problema real no es la serpiente ni la escalera. El problema es quién diseña el tablero.
Y en la política mexicana esa siempre ha sido la verdadera batalla. La que se libra antes de lanzar los dados.
En ese contexto, los debates sobre las actuales reformas electorales revelan algo más profundo: los dilemas de consolidación del proyecto político de la llamada Cuarta Transformación.
Y ese dilema puede formularse a partir de cinco preguntas fundamentales.
Primero: ¿cómo y para qué permanecer largo tiempo en el poder?
Segundo: ¿para qué se quiere tanto poder en las cámaras del Estado?
Tercero: ¿con qué aliados caminar?
Cuarto: ¿cómo construir una mayoría calificada en el Congreso?
Y quinto: qué reglas institucionales harán posible gobernar sin que el propio sistema termine bloqueando al régimen que surgió de las urnas.
P.D. Después de esta exposición, el tiempo necesario para la reflexión conjunta, e intentar armar las respuestas de esas preguntas, que, si bien nos va, y no nos perdemos en el camino, es posible que permita imaginar el tablero político en el que se van a desarrollar las jugadas para el 2027, del cual dependerá, de cómo quedan acomodadas las serpientes y escaleras, para explicarnos cómo se construirá el poder en México, hacia el 2030-2036.
Nos vemos aquí mañana.
Salud.
*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas.


