
Edgar Hernández Ramírez
La disputa anticipada por la gubernatura de Zacatecas ha abierto una grieta reveladora dentro de Morena: el choque entre la narrativa de legitimidad popular y el nuevo andamiaje institucional que el propio movimiento ha intentado construir para contener prácticas patrimoniales del poder. El senador Saúl Monreal ha decidido colocarse en el centro de ese debate al sostener que “ningún estatuto puede estar por encima de lo que quiere la gente”, frase que funciona tanto como consigna política como advertencia hacia la dirigencia nacional.
La postura del legislador no es menor ni retórica. En su asamblea con simpatizantes, insistió en que el proceso interno aún no está definido y denunció intentos de imponer candidaturas que, a su juicio, “confunden a la militancia”. Con ello, Monreal busca posicionarse como representante de una base social que reclama participación real en las decisiones partidistas, al tiempo que lanza un mensaje implícito: si Morena cierra la puerta, la historia podría repetirse, evocando el antecedente de su hermano Ricardo Monreal cuando abandonó el PRI para competir por otra vía. Esa evocación no es casual; es un recordatorio de que, en México, los liderazgos regionales con capital político propio pueden convertirse en factores de ruptura si perciben exclusión.
Sin embargo, del otro lado del tablero se levanta una lógica distinta. La Presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que el senador debería esperar un sexenio para aspirar al cargo, argumentando que Morena ya incorporó reglas internas contra el nepotismo y que incluso se impulsaron reformas constitucionales para impedir que familiares cercanos hereden posiciones de poder. La afirmación presidencial –“se puede esperar seis años. Está joven” – no es sólo un comentario generacional, sino una señal política de que el partido pretende consolidar credenciales éticas frente a una ciudadanía cada vez más crítica de las dinastías políticas.
El fondo del conflicto, por tanto, no es únicamente la candidatura de Zacatecas, sino el modelo de legitimidad que Morena busca proyectar hacia el futuro inmediato. Mientras Monreal insiste en que el riesgo de excluirlo podría traducirse en la pérdida electoral del estado, la dirigencia federal intenta demostrar que el movimiento es capaz de autorregularse y romper con la lógica de herencia familiar del poder, incluso si ello implica sacrificar cuadros con arraigo territorial. El dilema es estratégico: privilegiar competitividad electoral inmediata o coherencia normativa de largo plazo.
La tensión también revela un fenómeno estructural del sistema político mexicano: los liderazgos regionales que construyen bases propias pueden negociar –o confrontar– a los centros de decisión partidista. El gesto de consultar a mano alzada a sus simpatizantes si debía continuar la lucha por la candidatura muestra un intento de reforzar legitimidad plebiscitaria, aunque ese mecanismo, más simbólico que vinculante, también evidencia la persistencia de prácticas personalistas dentro de organizaciones que formalmente presumen institucionalidad.
Morena enfrenta así un laboratorio político delicado. Si permite la postulación de Saúl Monreal, corre el riesgo de debilitar su narrativa anticaciquil; si la bloquea sin construir un proceso creíble y competitivo, puede detonar fracturas que la oposición aprovecharía. El episodio sugiere que la llamada “cuarta transformación” ha entrado en una fase donde la disciplina interna, la ética pública y la viabilidad electoral ya no marchan necesariamente en la misma dirección.
En última instancia, el caso Zacatecas pone en evidencia que la disputa no es sólo por una gubernatura, sino por la definición de las reglas reales del poder dentro del oficialismo: si prevalecerá la voluntad organizada de las bases –interpretada por liderazgos locales– o la institucionalización de criterios que buscan evitar la reproducción de élites familiares. El desenlace marcará no sólo el mapa político de un estado, sino la credibilidad de un proyecto que prometió transformar la forma de ejercer el poder en México.


