Corina Gutiérrez Wood
Hay quien piensa que tomar café es solo tomar café. Llegar a alguna cafetería de moda pedir algo caliente, beberlo y seguir con el día. Pero el café, el de verdad, funciona de otra manera. No es solo una bebida; es un ritual pequeño, casi íntimo, que ocurre en una taza y exige algo que hoy escasea más que el buen grano; atención.
No hablo de esas bebidas llenas de espuma, colorantes y nombres interminables que parecen diseñadas para una foto antes que para el paladar. Hablo del café que se toma en serio. Del grano elegido con cuidado, de la molienda observada con paciencia, de la temperatura medida con precisión y de la extracción seguida con la concentración de quien sabe que ahí está todo. El primer sorbo no se apura ni se distrae, se escucha.
Quien sabe beber café entiende que no hay atajos. No hay filtros que mejoren el sabor ni hashtags que rescaten una mala preparación. El aroma basta, el sabor se defiende solo y el placer aparece cuando uno se permite la pausa. Tomarlo así es una forma discreta de meditación; unos minutos de silencio en medio del ruido constante. Algo simple que, por eso mismo, se vuelve un lujo.
Pero la civilización del café tiene otra cara. Una más ruidosa, más urbana y bastante más interesada en la forma que en el fondo. Las cafeterías dejaron de ser solo lugares para sentarse y se convirtieron en escenarios. Aquí el café no se bebe; se muestra. El capuchino con espuma perfectamente dibujada no está pensado para disfrutarse, sino para fotografiarse. El frappé exageradamente decorado no busca sabor, busca atención.
Entrar a una de estas cafeterías es como presenciar una obra donde todos actúan sin haberlo acordado. Están los solitarios con laptop y audífonos, concentrados en parecer concentrados; los grupos que ríen con entusiasmo y quienes no piden café, sino experiencias con extrañas combinaciones. Todo ocurre mientras el aroma real del café se diluye entre conversaciones, risas y clics de cámara.
La jerarquía es sutil pero evidente. Pedir un americano te mantiene en terreno neutral. Un espresso te vuelve serio, quizá demasiado. Pero un flat white con leche vegetal y algún ingrediente “especial” te coloca automáticamente en otro nivel, aunque no tengas claro si te gusta o no. En este mundo, pedir bien importa más que disfrutar.
La mesa también cuenta. De preferencia junto a la ventana, con buena luz. Laptop abierta, cuaderno a medio escribir y una mirada profunda hacia ningún lado en particular. Todos parecen estar trabajando en algo importante, creando algo significativo o con pensamientos complejos. Nadie está perdiendo el tiempo, aunque todos lo estén haciendo.
Luego aparece el discurso experto. Se habla del origen del grano, del método, de la textura de la espuma, del barista. Se analiza, se compara, se opina. Y mientras tanto, el café que se disfruta de verdad se toma en silencio, sin explicaciones ni selfies. La ironía es clara; cuanto más se habla del café, menos se le escucha.
Los personajes se repiten. El que llega cargando libros que nunca abre. La que ajusta la taza mil veces antes de probarla. Los grupos que discuten banalidades con aire trascendental. Todo forma parte del espectáculo urbano, una coreografía reconocible que resulta tan absurda como entretenida.
Y, aun así, el café verdadero sigue ahí. En esa taza sencilla que no compite por atención. En el espresso corto que no necesita contexto. En el filtro lento que obliga a esperar. Ese café que acompaña conversaciones reales o silencios cómodos, donde la cafeína es secundaria y lo importante es la pausa.
Al final, la civilización del café dice más de nosotros que del café mismo. Refleja nuestra necesidad de ser vistos, nuestra obsesión por pertenecer y nuestra facilidad para convertir cualquier ritual en espectáculo. Pero también recuerda que siempre hay elección. Cada taza puede ser un accesorio vacío o un momento auténtico.
Así que la próxima vez que prepares tu café, o que observes la fila interminable por un lattedecorado con más ingredientes que una repisa de farmacia, conviene recordarlo; el café de verdad no necesita filtros, ni luz perfecta, ni aplausos. No se ofende si nadie lo fotografía y no exige ser etiquetado. Se deja beber en silencio y desaparece sin drama.
Lo demás es escenografía urbana. Un pequeño teatro con Wi-Fi, espuma y gente muy ocupada demostrando que disfruta algo que todavía no ha probado. Y está bien, alguien tiene que sostener el espectáculo mientras otros, discretamente, disfrutamos de un buen café.