
Juan Carlos Cal y Mayor
Hay obras que se contemplan. Y hay otras que se escuchan. Luz Primera, el mural recientemente inaugurado el pasado 19 de marzo en el nuevo Hospital de Especialidades del IMSS “14 de Septiembre”, obra de Robertoni Gómez, pertenece a las segundas: no está hecho para decorar un muro, sino para acompañar, en silencio, a quienes atraviesan uno de los espacios más humanos que existen: el de la enfermedad, la espera y la esperanza.
EL AUTOR: BARRO, MEMORIA Y TERRITORIO
Originario de la región Frailesca de Chiapas, Robertoni Gómez es un escultor y muralista que ha hecho del barro no solo su material, sino su lenguaje. Su obra está profundamente ligada a la tierra, a la vida campesina y a la memoria colectiva de los pueblos. Lejos de lo ornamental, su trabajo se ha caracterizado por una búsqueda constante de lo esencial: el origen del ser humano, su fragilidad y su vínculo con el entorno. A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado piezas que dialogan con la historia social de Chiapas, abordando temas como la identidad, la violencia y la memoria, sin caer en el discurso explícito. Su lenguaje es sobrio, casi primitivo, pero profundamente contemporáneo. En él, el barro deja de ser materia para convertirse en testimonio.
EL ORIGEN COMO LENGUAJE
El título no es casual. Luz Primera remite al instante inicial, al momento en que algo comienza: la vida, la conciencia, el aliento. En un hospital, ese concepto adquiere una fuerza particular. No se trata solo del nacimiento físico, sino de todos esos “comienzos” que ocurren después del dolor, de la incertidumbre o de la cercanía con la muerte.
Robertoni no pinta: modela una idea del mundo. Su obra parte de una certeza elemental —somos barro— y desde ahí construye una estética que prescinde del artificio para volver al origen. La superficie fragmentada del mural parece recordarnos que estamos hechos de historia, de capas, de memoria acumulada.
ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA
La composición es clara: arriba, el azul; abajo, el ocre. Dos planos que no se oponen, sino que dialogan. El cielo desciende en formas blancas que evocan aliento, energía, aquello que anima la materia.
Las figuras humanas, desnudas y esenciales, no dominan la escena. Emergen de la tierra. Son pequeñas, humildes, como si el artista recordara que el ser humano no es dueño del mundo, sino parte de un entramado mayor.
En un hospital, esa lectura se vuelve inevitable: todos, sin excepción, regresamos a esa condición elemental cuando la vida se vuelve frágil.
LA LUZ QUE INICIA
El disco en la parte superior —que remite a la luna o a una presencia celeste— funciona como símbolo del tiempo cíclico, pero también como fuente de esa “luz primera”: la que marca el inicio, la que ordena, la que guía.
No es una luz violenta ni deslumbrante. Es una luz suave, constante, casi silenciosa. Como la esperanza.
LA VIDA COMO TRÁNSITO
Una figura en movimiento rompe la quietud del conjunto. No somos estado, somos proceso. Y ese proceso incluye la enfermedad, la recuperación, la pérdida y el renacer. En ese sentido, el mural no evade la condición humana: la asume.
UN MURAL EN EL LUGAR CORRECTO
No es menor que esta obra habite un hospital. En un país donde muchas veces los espacios públicos carecen de alma, Luz Primera introduce algo esencial: sentido.
No es decoración institucional. Es compañía.
No es ornamento. Es presencia.
En la espera, en el pasillo, en la incertidumbre, este muro habla. Y lo hace sin estridencias, sin imponer, pero dejando una huella.
PERMANECER
Robertoni Gómez ha construido una obra que no busca agradar, sino permanecer. Y en ese gesto hay una forma de resistencia: frente a lo efímero, la tierra; frente al ruido, el silencio; frente al olvido, la memoria. Luz Primera no pretende curar.
Pero acompaña. Y a veces —sobre todo en un hospital— eso también es una forma de sanar.


