Corina Gutiérrez Wood
Hay personas que viven en una especie de umbral permanente. No están llegando ni se han ido por completo. Habitan ese segundo flexible en el que todo está a punto de ocurrir, pero nunca ocurre del todo. No lo viven como un problema ni lo anuncian como una excusa, simplemente están ahí. A punto. Según ellas, ya iban saliendo.
La frase aparece siempre con una naturalidad casi tranquilizadora. No suena defensiva ni culpable. Suena descriptiva, como quien informa el clima. Ya iba. Ya estaba. Ya casi. Algo pasó en ese trayecto invisible entre la intención y el mundo. Nada grave, nada extraordinario. El tipo de cosas que nadie discute porque todos las han vivido. El retraso queda explicado antes de ser cuestionado.
Decir “ya iba saliendo” no es exactamente mentir. Es otra cosa, más cómoda. Es suspender la verdad. Dejarla flotando en un lugar donde no se puede comprobar ni refutar. No afirma que se llegó, pero tampoco admite que no. Es una promesa sin fecha, una acción narrada en tiempo continuo, un movimiento que existe solo en el relato.
Hay veces, claro, en que el “ya iba” es real. Retrasos genuinos, imprevistos inevitables, días que se descomponen sin pedir permiso. No toda demora es una coartada ni todo tránsito una renuncia. Pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de cuando la frase se vuelve costumbre. De cuando deja de describir una situación y empieza a justificar una forma de estar en el mundo.
Hay gente que pasa años instalada en ese estado. Vive en tránsito sin moverse. Nunca completamente ausente, nunca realmente presente. Desde ahí la vida se vuelve más liviana, porque no hay que cargar con el peso del incumplimiento, pero tampoco con la responsabilidad de haber llegado. Todo queda en pausa, como si el mundo aceptara borradores, versiones preliminares, intentos que no obligan a nada.
Ese lugar intermedio, además, tiene prestigio. Socialmente resulta más aceptable estar “por llegar” que no llegar. La intención funciona como salvoconducto moral. Quise. Pensé. Estuve a punto. La acción no ocurrió, pero la historia está armada. Y muchas veces, la historia convence más que los hechos.
Se nota en lo cotidiano, el mensaje de “salgo en cinco”, el audio de “ya voy”, la reaparecida meses después como si el tiempo no hubiera pasado. Todo suena activo, dinámico, incluso esforzado. Quien lo dice queda colocado en movimiento, aunque no haya salido del lugar. No es alguien que eligió no estar, sino alguien que casi logra llegar.
Aceptar “no llegué” sería distinto. Implicaría hacerse cargo. Reconocer que no fue el tráfico, ni el azar, ni una fuerza externa impredecible, fue una decisión. O una renuncia. O una falta de deseo. Y eso incomoda más que cualquier retraso, porque obliga a mirarse sin coartadas, sin relato previo que suavice el golpe.
Por eso el “ya iba” resulta tan eficaz. La responsabilidad no desaparece, pero se diluye. Queda suspendida en ese espacio ambiguo donde nadie puede señalar con precisión. No hay culpables claros, pero tampoco compromisos firmes.
El problema es que ese movimiento ficticio tiene un costo que rara vez se nombra. Porque mientras uno permanece en tránsito eterno, alguien del otro lado espera. Espera sin saber cuánto, sin saber si insistir o retirarse, sin saber si el problema es el tiempo o el desinterés. La carga emocional se desplaza con elegancia, quien “ya iba” queda suspendido; quien espera empieza a dudar.
Con el tiempo, la espera se vuelve hábito. Y el hábito se vuelve carácter. Uno aprende a no preguntar demasiado, a no exigir, a no poner plazos claros. Aprende a convivir con la ambigüedad como si fuera una forma de madurez. Así se sostienen relaciones enteras, no por presencia real, sino por expectativa. No avanzan ni se rompen, porque siempre están a punto de algo.
El “ya iba” no solo describe una acción fallida; construye una identidad. La de quien nunca falla del todo porque nunca llega por completo. La de quien siempre puede apelar a la intención como defensa. Es cómoda, porque evita la prueba de realidad. Mientras no se llega, nada se confirma ni se pierde definitivamente.
No siempre se trata de desinterés. A veces es miedo. Miedo a llegar y fallar de verdad. Miedo a quedarse y tener que sostener lo que se dijo. Miedo a descubrir que, una vez del otro lado, no era eso que se imaginaba. Permanecer en el “ya iba” protege de la decepción, porque mientras todo está en suspenso, todo sigue siendo posible.
Pero la vida no funciona con posibilidades abiertas indefinidamente. No espera confirmación ni entiende de borradores eternos. Avanza igual. Con o sin presencia. Con o sin intención. Las oportunidades no se quedan detenidas en el umbral esperando a que alguien termine de decidirse.
Y mientras tanto, uno puede pasarse años sintiendo que está en movimiento cuando en realidad está quieto. Confundiendo preparación con avance. Deseo con acción. Intención con compromiso. El “ya iba” ofrece la ilusión de progreso sin el desgaste del trayecto, pero también sin sus frutos.
Es fácil leer todo esto pensando en otros. En esa persona que nunca llega, que siempre promete, que siempre está a punto. La incomodidad real aparece cuando la pregunta se vuelve personal, en qué partes de la vida llevamos años “ya de salida”. Qué conversación se sigue postergando. Qué decisión se sigue pensando. A quién se le sigue pidiendo tiempo sin decirle la verdad.
Y al final, nadie recuerda quién casi llegó. Se recuerda, simplemente, quién sí lo hizo.
Porque estar siempre a punto es una forma elegante de no empezar nunca.