
- Pionero del trasplante renal en México, con más de mil cirugías y reconocimiento internacional, el doctor Javier Castellanos Coutiño representa una trayectoria científica que Chiapas no puede ignorar.
La reciente decisión del Congreso del Estado de otorgar la Medalla “Manuel Velasco Suárez” al doctor David Kershenobich —eminente médico y actual secretario de Salud federal en el gobierno de Claudia Sheinbaum— honra la presea. Su trayectoria es indiscutible y el reconocimiento resulta merecido.
Pero toda decisión pública genera también un espejo. Y en ese espejo aparece un nombre que en Chiapas no puede ni debe pasar desapercibido: el del doctor Javier Castellanos Coutiño.
Médico cirujano egresado de la UNAM, con especialidad en cirugía general y oncología en el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, y formación avanzada en cirugía de trasplantes en la Universidad de Minnesota —institución pionera mundial en esta materia—, el doctor Castellanos Coutiño se convirtió en pionero del trasplante renal en México y América Latina.
No se trata de una etiqueta retórica. Ha participado directamente en más de mil trasplantes de riñón. Más de mil vidas intervenidas con éxito. Más de mil familias que pudieron continuar su historia gracias a su destreza quirúrgica, a su rigor científico y a su ética profesional. Su labor contribuyó decisivamente a consolidar en México los estándares clínicos, técnicos y humanos de una disciplina que hoy salva miles de vidas cada año.
Su producción científica supera las ochenta publicaciones especializadas. Ha sido conferencista en foros nacionales e internacionales y ha presidido asociaciones médicas de alcance continental. La International Transplant Society le otorgó la Medalla del Milenio, una distinción reservada a figuras de impacto histórico en la medicina de trasplantes. No es un reconocimiento menor; es una acreditación mundial.
El Doctor castellanos es cien por ciento chiapaneco. Orgullosamente vinculado a esta tierra. Su influencia no ha sido abstracta. Ha formado generaciones de médicos, incluidos numerosos profesionales originarios de Chiapas. Ha transmitido conocimiento científico de frontera, pero también valores éticos y una visión humanista de la medicina. Recientemente publicó “Mis dos alas, la razón y la fe”, obra donde integra ciencia y dignidad humana como ejes inseparables del ejercicio médico.
Si la Medalla “Manuel Velasco Suárez” no fue para él —decisión que corresponde al Congreso— eso no significa que Chiapas deba mirar hacia otro lado. Está el Premio Chiapas 2025 en el área de Ciencia. Y no como premio de consolación, sino como el máximo reconocimiento que el estado puede otorgar a uno de sus hijos más ilustres.
Aquí es donde entra la visión política. El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar tiene la oportunidad de demostrar que sabe reconocer lo propio, que entiende que el desarrollo de un estado también se construye honrando a quienes lo han engrandecido con su talento. No se trata de coyuntura ni de cálculo; se trata de justicia y de identidad. El doctor Castellanos se encuentra en el otoño de su vida. Y los reconocimientos verdaderamente valiosos se hacen en vida.
Ojalá que quienes decidan el Premio Chiapas estén a la altura. Que no vayan a salir con una batea de baba. Que no se pierda, por mezquindad o miopía, la oportunidad de dignificar la presea reconociendo una trayectoria que ya es parte de la historia médica de México.
Porque cuando un chiapaneco alcanza dimensión universal en la ciencia, no sólo se honra a sí mismo. Honra a su tierra. Y su tierra tiene la obligación moral de honrarlo de vuelta.


