1. Home
  2. Columnas
  3. Don Quijote, pero con café y ojeras / Sarcasmo y café

Don Quijote, pero con café y ojeras / Sarcasmo y café

Don Quijote, pero con café y ojeras / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, empezó una de las historias más famosas de la literatura. Y, sin querer, también empezaron muchas de las nuestras.

Porque Alonso Quijano decidió convertirse en Don Quijote después de leer muchísimos libros de aventuras. Nosotros hacemos cosas parecidas después de leer demasiados mensajes e historias ajenas.

Un día él decidió que tenía que salir a arreglar el mundo. Limpió unas armas viejas, se puso un nombre nuevo, y salió convencido de que era una gran idea. Nadie se lo pidió. Nadie lo necesitaba. Pero él sintió que era urgente.

Muy parecido a nosotros porque hay días en los que uno sale de casa convencido de que va a enfrentar algo importante. No importa si solo va al súper, a una junta innecesaria o a la paquetería a recoger lo que se te ocurrió comprar a las dos de la mañana; uno sale con actitud de cruzada. Espalda recta, cara seria, pensamiento profundo. Como si en cualquier esquina pudiera aparecer un dragón, cuando lo más probable es que aparezca un Oxxo.

Es muy Don Quijote eso. Esa necesidad absurda de convertir lo cotidiano en epopeya. De creer que cada incomodidad es una señal, cada desacuerdo una prueba, cada malentendido una batalla moral. Cervantes lo entendió hace siglos, no hay nada más humano que sentirse protagonista de una historia épica, aunque estés atorado en el tráfico discutiendo mentalmente con alguien que ni siquiera te acompaña.

Don Quijote no estaba loco en el sentido simple. Estaba convencido. Convencido de que su versión del mundo era mejor que la real. De que valía la pena pelear, aunque nadie se lo hubiera pedido. Y ahí vamos muchos, muy parecidos, armados con opiniones, intuiciones y certezas frágiles, listos para defender causas que a veces ni entendemos del todo, pero que sentimos como propias durante, por lo menos, una semana.

Salimos a pelear contra molinos con una seriedad admirable. Nos tomamos discusiones de WhatsApp como si fueran debates históricos. Convertimos silencios en traiciones, likes ausentes en ofensas, comentarios mal escritos en atentados personales. Todo con una solemnidad que, vista desde afuera, sería cómica si no fuera tan sincera. Como cuando uno ensaya respuestas en el coche, gana la discusión completa y luego nadie pregunta nada.

Rocinante, por supuesto, también sigue existiendo. Hoy no es un caballo flaco, es un cuerpo cansado, una agenda saturada, una mente con veinte pestañas abiertas al mismo tiempo. Funciona a base de café, voluntad y negación. No corre, no galopa, apenas avanza, pero ahí sigue, cargando cruzadas emocionales con una dignidad que no merece.

Y siempre está Sancho. Esa voz sensata que susurra “no es tan grave”, “duérmete”, “mañana te va a dar igual”, “nadie está pensando en esto tanto como tú”. Pero Sancho es incómodo. Porque tiene razón. Y escucharle implica aceptar que quizá no somos héroes incomprendidos, sino personas exagerando con mucho estilo.

Entonces lo ignoramos. Preferimos seguir en modo caballero andante. Con discurso. Con postura. Con narrativa interna. Con monólogo incluido. Con explicación innecesaria en la regadera.

También está Dulcinea, claro. Esa versión ideal de todo, de las relaciones, del futuro, de uno mismo. La vida ordenada, la respuesta correcta, la personalidad equilibrada que siempre reacciona perfecto. Esa Dulcinea que nunca llega, pero a la que seguimos siendo fieles, como si algún día fuera a aparecer con manual de instrucciones, garantía y sentido común incluido.

Mientras tanto, los molinos no paran. Problemas pequeños que se vuelven gigantes. Detalles mínimos convertidos en dramas. Errores normales elevados a tragedias personales. Y uno ahí, espada en mano, defendiendo su honor emocional, aunque nadie esté atacándolo.

Lo curioso es que, a pesar de todo, hay algo admirable en eso. En esa terquedad. En esa incapacidad para volvernos cínicos sin sentirnos medio muertos. En esa necesidad de creer que vale la pena involucrarse, opinar, sentir, aunque salga mal, aunque hagamos el ridículo, aunque después finjamos que no nos importó tanto.

Hoy está de moda no creer en nada. No engancharse. No exponerse. No fallar porque nunca se intenta. Muy elegante. Muy inteligente. Muy aburrido también. Don Quijote, con todos sus errores, por lo menos se levantaba cada mañana dispuesto a fracasar con entusiasmo.

Por eso seguimos pareciéndonos a él. Nos emocionamos, nos clavamos, nos equivocamos, defendemos cosas que luego olvidamos, hacemos discursos internos que nadie escucha y juramos que esta vez sí entendimos todo hasta que nos encontremos con el próximo molino.

Y no pasa nada.

No se trata de dejar de ser quijotescos. Se trata de serlo con humor. De aprender a reírnos cuando nos ponemos intensos. De aceptar que a veces somos ridículos, pero ridículos con convicción. De cuidar a nuestro Rocinante, escuchar un poco más a Sancho y dejar de pedirle tanto a Dulcinea.

Al final, ser un poco Don Quijote es aceptar que vamos a seguir creyendo en versiones mejoradas del mundo, aunque el mundo no coopere. Que vamos a seguir viendo posibilidades donde hay caos. Que vamos a seguir imaginando finales épicos para historias bastante normales.

Y, aun así, con la lanza doblada, el ego raspado y el café frío, volvemos a salir. No porque seamos héroes, sino porque no sabemos ser otra cosa. Porque rendirse nunca nos ha parecido tan interesante como intentarlo otra vez; aunque sea contra molinos, sin público y con sueño.

Al final, Don Quijote vivió loco y murió cuerdo. Recuperó la razón cuando ya no la necesitaba tanto. Entendió el mundo justo cuando ya no iba a salir a pelearlo. Nosotros, en cambio, seguimos alternando entre la lucidez y el delirio con bastante naturalidad.

A veces somos sensatos, a veces exageramos, a veces vemos todo claro y a veces nos inventamos batallas innecesarias. Y quizá de eso se trata, de vivir un poco quijotescos mientras se pueda, de equivocarse con ganas, de creer, aunque no convenga, y de ir aprendiendo, poco a poco, sin perder del todo las ganas de salir otra vez.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *