Hernán León Velasco
La descolonización no se resuelve mediante la sustitución de símbolos históricos ni mediante la supresión gráfica de elementos asociados al pasado colonial. Confundir descolonización con eliminación simbólica constituye un error conceptual profundo.
La verdadera descolonización no es estética ni administrativa: es intelectual, cultural y psicológica. Implica construir una independencia del pensamiento, una identidad mexicana capaz de reconocerse sin complejos, sin inferioridad ni superioridad frente a Europa o cualquier otra tradición civilizatoria.
México celebró su independencia política de España en 1821. Sin embargo, dos siglos después, el desafío central no es repetir gestos simbólicos de ruptura, sino alcanzar una independencia psicológica y cultural: dejar de pensarnos desde marcos eurocéntricos como derivados, subordinados o reactivos frente a Europa. El problema no es la presencia histórica de lo hispánico, sino la dificultad contemporánea para pensarnos desde nosotros mismos, con autonomía crítica. No se trata de negar el pasado, sino de integrarlo sin sumisión ni resentimiento.
En esta reflexión es indispensable reconocer a nuestros pueblos originarios, no como una referencia simbólica que deba “repararse” gráficamente, sino como nuestros ancestros vivos, portadores de lenguas, memorias, saberes y formas de habitar el mundo que siguen presentes en la vida social y cultural de Chiapas. Reconocerlos no implica borrar otras capas históricas, sino integrarlos activamente en el presente, desde el respeto, la justicia y el pensamiento crítico. La descolonización auténtica pasa por ahí, no por la edición de emblemas.
Desde esta perspectiva, la modificación del escudo del Estado de Chiapas resulta conceptualmente equivocada. Los símbolos oficiales no son instrumentos para saldar cuentas morales con la historia ni pueden pretender representar, por sustitución gráfica, la totalidad de lo que es un Estado. Son dispositivos de memoria que condensan procesos largos, contradictorios y acumulativos. Cambiar un escudo con la pretensión de “corregir” el pasado no amplía el significado histórico: lo simplifica. Y simplificar, en este caso, es borrar.
La historia de Chiapas —como la de México y de América Latina— no es una narración pura ni homogénea. Es el resultado de encuentros, violencias, resistencias, mestizajes y creaciones compartidas. Reducirla a una sola dimensión moral empobrece el relato colectivo y debilita la conciencia histórica. La identidad no se fortalece eliminando capas del pasado, sino comprendiéndolas críticamente y asumiendo su complejidad.
En este punto resulta indispensable recordar el planteamiento de Enrique Dussel, quien advirtió que la colonización más persistente no es la territorial ni la económica, sino la colonización del pensamiento. Para Dussel, la tarea pendiente de América Latina no consiste en negar su herencia europea, sino en dejar de pensarse exclusivamente desde categorías eurocéntricas y construir un pensamiento propio, situado y creador. Esa es la conquista que hoy se requiere: la conquista del pensamiento independiente, capaz de sostener una identidad fuerte, incluyente y no reactiva.
Luego entonces, la descolonización verdadera exige educar el pensamiento crítico, fortalecer la autoestima cultural y reconocernos plenamente como mexicanos, integrando a nuestros pueblos originarios en el presente y asumiendo todas las capas de nuestra historia. Porque la historia no se borra: se comprende.
Cambiar un escudo no construye identidad. Pensarla, asumirla y defenderla, sí lo hace: esa es la verdadera descolonización y la auténtica chiapanequidad.