
Corina Gutiérrez Wood
El fin de semana pasado fue de esos que no entiendes ni cuando, ni cómo, ni donde, de esos en los que un día te despiertas con la noticia de que se murió, nada más y nada menos que Willie Colón, una leyenda de la música, y sin planearlo pasas el día entero con salsa de fondo, y al otro día, ¡pum! ya no es música, es caos, son mensajes de rumores de que las carreteras están cerradas, de “no salgas”, “ten cuidado”, son videos circulando, y ahí es donde te das cuenta de que en este país no dejan quedarte mucho tiempo en un solo estado de ánimo, porque cuando apenas estás procesando una cosa ya te cayó otra encima.
El sábado me desperté como cualquier otro, con sueño, con flojera, pensando en lo que tenía que hacer, agarré el celular casi en automático antes de levantarme para ver la hora, sin mucha conciencia, sin esperar nada, y ahí fue donde me topé con la noticia de que Willie Colón se había muerto, así sin más, como llegan siempre esas noticias, sin contexto, ni preparación, nomás te caen encima mientras todavía estás medio dormida, y te das cuenta de golpe de que se acaba de ir alguien que llevaba toda la vida acompañándote sin que lo notaras, y me quedé viendo la pantalla un buen rato porque no era cualquier músico, era Willie Colón, una leyenda de la salsa, el de “Que locura enamorarme de ti”, “Idilio”, “Todo Tiene Su Final”, el que a muchos, nos hizo bailar aunque no fueras salsero, aunque no supieras los pasos, aunque juraras que ese no era tu género, el que sonaba en bodas, en fiestas familiares, en reuniones, y tampoco es que me pusiera triste, ni llorara, ni me tirara a la nostalgia, fue más bien esa sensación de respeto e impacto, de entender que se estaba cerrando una etapa, que se iba alguien que no se reemplaza, uno de esos nombres que no necesitan explicación, un grande, un referente, un pedazo de historia musical.
Ese día no fue de drama, fue de mensajes de “¿ya viste?”, de reels de gente recordando conciertos, canciones, momentos, de entender todos al mismo tiempo que algo importante había pasado, y también de notar cómo para los jóvenes, ese nombre no decía gran cosa, porque no crecieron con esa música, porque no era su época, porque no es lo que les sale en el algoritmo, pero aun así, quien se dice salsero, aunque tenga veinte, aunque sea de otra generación, sabe perfectamente quién era Willie Colón y lo que representa, y yo pensé bueno, hoy toca despedir a alguien que marcó generaciones, así que baile al son de la salsa sin imaginarme que al día siguiente iba a tocar otro ritmo completamente distinto.
Sé que de esto ya habló todo mundo, que lo vimos en redes, en noticias, en grupos de WhatsApp, en sobremesas y en filas del súper, y que vamos a seguir hablándolo durante mucho tiempo, porque hay cosas que no se van con las de noticias del día anterior, se quedan ahí, marcadas, dando vueltas en la cabeza, recordándonos dónde vivimos y cómo vivimos.
Porque el domingo desperté y el ambiente ya era otro, no fue de golpe, nadie te avisa cuando las cosas se ponen feas, simplemente empiezan a llegar mensajes, primero uno, luego otro, luego muchos, y todos dicen más o menos lo mismo, que algo está pasando y no está bien, empiezo a leer; operativo en Tapalpa, enfrentamientos, bloqueos, carreteras cerradas, camiones quemados, estados vecinos metidos en el problema, y todo eso estaba pasando en la misma ciudad donde yo vivo, donde de pronto el paisaje parecía sacado de una escena de Terminator, y de pronto, el rumor flotando en el aire de que habían matado al Mencho, y ahí todo se volvió una película mal grabada con videos borrosos, audios con gente nerviosa, información a medias y nadie explicando nada completo, todo al mismo tiempo y sin orden.
Yo seguía en pijama con el café a medias viendo cómo mi tranquilidad se iba desordenandoigual que las carreteras, que la ciudad completa, pensando en lo rápido que pasamos de la música al miedo, en que en menos de un día cambiamos trombones por alertas, y lo peor fue darme cuenta de que no me sorprendía tanto, claro que me dio miedo, claro que me preocupé, pensé en mis hijos, en mis trayectos, en si debía salir o no, en si mejor me quedaba en casa, pero en el fondo pensé otra vez, si, otra vez el país en crisis, en las redes llenas de pánico, y nadie sabía bien qué estaba pasando.
Me puse a leer todo, noticias, comunicados, actualizaciones, versiones distintas, unos decían una cosa, otros otra, nadie parecía tener el control, y mientras los gobiernos hablaban de seguridad y protocolos nosotros hablábamos de mejor no salgas y avísame cuando llegues, porque así vivimos ahora, midiendo la vida, y yo pensaba en el contraste, en que un día antes estaba hablando de canciones y ahora estaba revisando rutas, en que pasé de homenajear a un ídolo a calcular riesgos.
Aquí no puedes estar tranquila mucho rato, no puedes estar feliz sin interrupciones, no puedes desconectarte, siempre pasa algo, y ese fin de semana entendí que vivimos entre rumores que parecen verdades y verdades que parecen rumores, que ya no sabes bien qué creer, que el miedo corre más rápido que cualquier información oficial, y aun así seguimos, seguimos levantándonos, haciendo café, trabajando, seguimos con la vida, aunque sepamos que en cualquier momento todo puede cambiar.
Yo empecé despidiendo a una leyenda y terminé agradeciendo estar a salvo, empecé pensando en música y acabé pensando en rutas, horarios y precauciones, y pensé qué país tan raro somos, un país donde un día hablas de ídolos y al otro de narcobloqueos, donde la memoria y el miedo conviven sin problema, donde aprendimos a bailar y a cuidarnos al mismo tiempo, y no sé si algún día esto deje de ser normal, pero sí sé que mientras tanto voy a seguir contando estas historias, porque vivimos entre canciones y sirenas, entre recuerdos y alertas, y aunque parezca absurdo, esta también es nuestra historia.


