
Manuel Ruiseñor Liévano
Como bien se recordará, de uso frecuente fueron en el sexenio pasado las comparaciones entre Dinamarca y Mexico, en temas tan relevantes como salud pública y educación. Una manía que sólo cabe reprochar al ex presidente de la república, empeñado en aquel entonces en resaltar las metas hacia donde el bienestar nacional estaba destinado a llegar, nada más por obra y gracia de la llamada cuarta transformación, a pesar de los diferencias y dimensiones evidentes en los niveles de desarrollo entre ambas naciones.
A manera de homenaje y para no perder esa chocante costumbre de comparar el agua con el aceite o el café chiapaneco con el Nescafé, en esta entrega abordaremos el contraste existente entre la marginación en México y la realidad de los barrios obreros de Suiza.
Un comparativo donde se puede apreciar cómo influyen los salarios, los servicios públicos y el poder adquisitivo en la calidad de vida.
Tomando prestados los datos publicados por el periódico El Imparcial, de reconocido prestigio, nos permitiremos esbozar las diferencias entre dos realidades de origen opuestas, para más adelante resaltar las cifras más recientes sobre pobreza y marginación difundidas por organismos gubernamentales.
Comenzaremos acotando que “mientras en México la pobreza se refleja en techos de lámina y calles sin servicios, en Suiza los barrios obreros mantienen agua potable, calefacción y transporte, con un salario mínimo de más de 4 mil francos”. Algo así como 91 mil pesos mexicanos.
La comparación permite dimensionar cómo el ingreso promedio y las políticas públicas modifican la experiencia cotidiana de quienes viven en zonas de bajos recursos.
Así, para empezar vale la pena aclarar que en nuestro país
el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) mide la pobreza con base en carencias sociales e ingreso. Estas carencias incluyen aspectos como acceso a servicios básicos en la vivienda; calidad y espacios de la vivienda; acceso a salud y a educación; seguridad social y alimentación.
Una situación de pobreza que, en otros lectura, significa
viviendas con materiales precarios, falta de drenaje, agua intermitente o calles sin infraestructura adecuada, siendo prudente subrayar que en zonas urbanas marginadas, por igual es común encontrar alta densidad poblacional y servicios públicos insuficientes. Una realidad que impacta directamente en la movilidad social, la salud y las oportunidades laborales.
Dicho lo anterior, pasemos ahora a conocer cuál es la realidad de la clase obrera de Suiza. Para empezar, en ciudades como Basilea y distritos como Klybeck o Bümpliz, que concentran población trabajadora e inmigrante, las viviendas mantienen condiciones básicas garantizadas. Esto es, que disponen de agua potable universal, calefacción obligatoria, transporte público eficiente, energía eléctrica regulada, espacios públicos limpios y seguridad urbana.
Cabe señalar que en Suiza estos estándares no son opcionales, ya que forman parte del modelo urbano y social del país. Además de subrayar que con el ingreso base del obrero suizo, una persona puede cubrir no sólo renta y alimentación, sino también seguro médico (obligatorio), transporte y actividades de ocio.
Y aunque el costo de vida en Suiza es elevado, el salario permite cubrir necesidades sin que el acceso a servicios básicos dependa del nivel económico.
A manera de conclusión, es importante remarcar que la diferencia estructural entre ambas naciones, radica no solamente en el ingreso sino en la infraestructura que el trabajador suizo tiene garantizada.
En nuestro país, por ejemplo, los servicios básicos pueden variar según la zona donde se viva. A cambio, en Suiza incluso los barrios de trabajadores están integrados a un sistema urbano que asegura, como ya subrayamos, estándares mínimos uniformes.
A todo esto, es menester aclarar el porqué las comparaciones, más allá del uso político o demagógico que usualmente se les da, son en verdad importantes.
Son relevantes porque comprender cómo se vive la pobreza en distintos contextos, siempre ayudará a dimensionar el peso de las políticas públicas, la planeación urbana y los salarios reales.
En ese entendido, podemos señalar que mientras en México aún existen comunidades donde los servicios básicos no están garantizados, en Suiza incluso los sectores de menor ingreso mantienen condiciones sostenidas de habitabilidad; es decir, de calidad de vida.
Sin embargo, nuestra finalidad no es poner el modelo suizo en la cima del mundo, sino resaltar cómo el ingreso y la infraestructura, combinados, pueden transformar la experiencia cotidiana de vivir con menos recursos, tal y como sucede entre Suiza y nuestro país.
Se trata de pasos adelante que Mexico debe dar en beneficio de millones de trabajadores que, a pesar de su esfuerzo, viven una cotidianidad con grandes carencias, no obstante la mejora sustantiva del salario mínimo vigente — hay que resaltarlo— uno de los baluartes de la política económica y social de los gobiernos de la Cuarta Transformación. Pero basta de torturarnos con odiosas comparaciones.
¿QUÉ PASA CON CHIAPAS?
Si algo sucede en Chiapas en el plano del trabajo, esa cuestión no es otra sino el mal endémico que sacude a toda la nación. Hablamos de la informalidad laboral y de la pobreza extrema.
A partir del 1 de enero de este 2026 el salario mínimo general del país subió 13%, quedando establecido en aproximadamente 9 mil 582 pesos mensuales. A pesar de ello, debe reconocerse que el salario mensual real de la mayoría de los trabajadores en el estado ronda los 5 mil pesos mensuales, en razón de que cerca del 80% de la población económicamente activa, está en manos de la informalidad.
A pesar de los esfuerzos institucionales, el estado mantiene uno de los niveles más altos de pobreza laboral a nivel nacional, con un 58.9% de la población en esa precaria situación. Lo cual quiere decir, que no cuenta con ingresos suficientes para adquirir la canasta alimentaria.
En el sector de la burocracia las mejoras se han incrementado. En la actualidad , los empleados de gobierno gozan de la atención médica del programa “Salud Casa por Casa”, más allá de los beneficios de su derechohabiencia.
Lo cierto es que, más allá de todo esto, la clase trabajadora de Chiapas, vive entre la espada y la pared de la informalidad y la pobreza laboral.
A MANERA DE COLOFÓN
A no dudarlo, dignificar y mejorar las condiciones del trabajo en Mexico, pasa necesariamente por el combate a la informalidad y el aumento sostenido del salario mínimo, que ya probó su eficacia.
Pero también pasa por el equilibrio entre vida y labor, y como ya asentamos líneas arriba, por combinar ingresos e infraestructura, a efecto de depurar la experiencia cotidiana del trabajo.
Seguridad, servicios básicos de calidad, acceso a la salud y la educación, capacitación y especialización, prestaciones sociales, seguros, créditos y espacios dignos en los centros de trabajo, siguen siendo un pendiente en la agenda laboral de la nación.
Reformas laborales que no miren hacia atrás y, sobre todo, reformas que dejen de ser letra muerta en los hechos, es otro paso significativo a garantizar.
No podemos olvidar que el trabajo es pilar fundamental del bienestar, toda vez que nos estructura y cohesiona como sociedad en estabilidad económica.


