Jorge Mandujano
Corría diciembre de 1980 y comíamos en un restorán de la capital chiapaneca el poeta Jaime Sabines, la cantante Denisse de Kalafe y yo. En un tiempo muerto de la conversación, le comenté al poeta que al día siguiente partiría a La Habana.
—“Hazme un favor, me dijo. Acaba de aparecer una versión aumentada de mi libro Nuevo recuento de poemas. Desafortunadamente, no tengo ejemplares a la mano. Pero sé que está a la venta en la librería del aeropuerto. Compra un ejemplar y ahora mismo te voy a escribir la dedicatoria, aunque sea en una servilleta. Se la incluyes después de la primera página y, ya estando en La Habana, ve a Casa de las Américas; pregunta por el poeta Roberto Fernández Retamar. Dile que vas de mi parte, le entregas mi libro y le das un abrazo”.
Así lo hice. Encontré un ejemplar en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Lo abrí y, después de la portadilla, acomodé la servilleta que contenía la dedicatoria que el poeta había escrito para su amigo.
Ya en Cuba, y al fondo del malecón de La Habana, me topé con el soberbio edificio de Casa de las Américas. Apenas estaba llegando hasta el portón, cuando vi salir a un señor de cabello ensortijado, barba entrecana y ataviado en un traje gris Oxford. Aunque lo había visto en fotos, junto a Jaime Sabines y a Efraín Huerta, dudé un poco. Es él, me dijo una amiga cubana que me acompañaba. Él alcanzó a escuchar a mi amiga y se subió de inmediato a un auto de color negro que lo esperaba sobre la acera del malecón. Al volante se hallaba una bella cubana rubia. Yo me acerqué al auto y fijé el libro de Sabines sobre la ventanilla del poeta, a manera de carta credencial y para evitar el desagradable gesto detocarle con los nudillos.
No lo pensó dos veces. Bajó su cristal, al tiempo que exclamó:
—¡Apague la máquina!, dirigiéndose a la mujer que conducía y quien, más que su chofer, era su lugarteniente.
Descendió de inmediato del auto y me invitó a pasar, junto con mi amiga (quien no era otra que la directora del Instituto Nacional del Deporte Cubano), al interior de la icónica Casa. Ya en su oficina, sacó una botella de ron cubano añejo. Nos convidó una copa y charlamos por espacio de una hora. Leyó detenidamente la dedicatoria contenida en la servilleta y volvió a cerrar el libro.
Al término de la conversación, se puso de pie, me devolvió el abrazo para el poeta Sabines y nos despedimos para siempre.
El domingo pasado, Roberto Fernández Retamar murió a los 89 años, allá, en el corazón de La Habana.
Luz a su camino y a su poesía.