
Jorge Mandujano
Ese Jaime Sabines que en este día está celebrando sus primeros cien años sobre la bendita tierra, es el mismo que hace ya muchas lunas recorrió las avenidas bajo la lluvia de la Gran Ciudad de México, sin que sus deudos parroquianos, los de su Tuxtla, lo acompañaran ya no sin lágrimas, puesto que el cielo se había encargado de proveerlas.
Es el mismo Jaime que hace muchos años fue reconvenido por Doña Luz Gutiérrez, su mamá, allá, en las polvorientas calles de mi Jiquipilas, mientras uno de sus hermanos mayores (Juan Camacho), intentaba disipar la tarde ofreciéndole reiteradas dosis de líquido ambarino perláceo; la bella tarde que, políticamente había tejido su hermano Juan, rumbo a su irrenunciable oficio de legislar.
“Si tú me lo permites, Doña Luz/ te llevo a mi espalda,
te paseo en hombros/ para volver a ver el mundo”.
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Es el Jaime Sabines que en la tempestad nocturna del Cerrito de Chiapa de Corzo amó las rolas del Silvio Rodríguez y las del Pablo Milanés, que la muchachada le había programado a esas benditas deshoras, para luego mandar a la chingada las lágrimas, a la Nueva Trova, las bondades de la noche y su parafernalia.
Es el joven poeta que, tras el hastío que depara una tienda de ropa sin clientes posibles, se llena de luz en la tarde, traza inmejorables versos y decreta libro.
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Años más tarde, en el cabaret de la calle de Cuba, en el centro de la Gran Ciudad de México, ubicado justo debajo del cuarto del poeta, suena un danzón: —Habría que bailarlo –piensa, mientras recuerda las calles de su Tuxtla. Bebe ron y no deja de fumar. Advierte “este cielo de México, oscuro, lleno de gatos, con estrellas miedosas y con el aire apretado”. Piensa en los amores que partieron como tren con una flor entre los labios, en la soledad con quien comparte el cuarto, y tan sólo oye voces remotas.
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Andado el tiempo, Jaime Sabines está sentado tras un escritorio de Palacio de Gobierno, en Tuxtla Gutiérrez, en su Chiapas. Una enorme Plaza de mármol arde al filo de las dos de la tarde:
—¿Qué opina el poeta, respecto del Premio Nobel otorgado hoy a Gabriel García Márquez? –pregunto.
—Lo único que puedo decirte ahora, Jorgito, es que él, antes que todo, es un buen poeta.
―Y, fuera del aire, y acá entre nos: ¿Qué cargo tiene usted aquí, Don Jaime?
—Yo tengo el cargo de hermano del gobernador, y sonríe soltando la bocanada de humo de uno de sus inseparables Delicados.
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Años más tarde, en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México: —¿De dónde viene, padrino?
—Fíjate, mi poeta, que vengo de Guadalajara. Resulta que este año la Feria Internacional del Libro me la dedicaron a mí, como poeta homenajeado. Pero eso no es lo que me hace feliz: descubrí en un estand una edición de mis poemas traducidos al chino. Y encuentro algo muy curioso, y me pregunto: ¿Será posible que este montón de palitos quieran decir, por ejemplo: a la chingada las lágrimas?
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Es Domingo Día del Padre, y a mí me enseñaron desde niño que, a la par de tus padres… tus padrinos. Por ello he decidido llamarle por el celular para brindar con él, en este mediodía que hago lo propio en casa con una pareja de amigos entrañables. En respuesta, la móndriga grabación de una de las incontables ejecutivas de Carlos Slim me advierte: El saldo de tu amigo se ha agotado…
Es por ello que bajo de mi apartamento y utilizo el teléfono público que está justo en contraesquina:
―Tu padrino no está, Jorgito; anda en el puerto de Róterdam, allá en Holanda. Y hay que presumirlo: es el único poeta mexicano invitado a ese encuentro mundial de poesía. En cuanto se comunique conmigo, le diré que le has llamado. (Al teléfono: Doña Chepita, su esposa).
No bien ha pasado una hora, y suena mi celular: ―Soy yo, Jaime Sabines, mi Jorge. No sé qué horas sean por allá. Me dijo Chepita que me llamaste para felicitarme por el Día del Padre. No sabes cuánto te agradezco. Te llamo porque te quiero mucho y también para confesarte que ninguno de mis hijos de la chingada se tomaron la molestia de llamarme…
Finalmente, mis amigos y el poeta terminarían brindando ―por teléfono– en mitad de esa inolvidable tarde…
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Y el Señor Don Jaime llega a los 60 y declara: —Me gusta la palabra viejo, pero odio la de senecto y, más aún, la de sexagenario. Aquella es tibia, se puede jugar (mi vieja, mi viejo, viejos los cerros…) y es afectuosa, suave, indecisa. Pero con las otras, es como si le pusieran a uno un corsé definitivo, como si lo entablillaran a uno…
El poeta acepta, no sin cierta pena, el Homenaje Nacional que le rinde el Instituto Nacional de Bellas Artes, y vuelve a Yuria, un rancho que escogió por los rumbos de Comitán, mas allá de la terapia, de la ominosa, grosera bulla de la Gran Ciudad.
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Ahora está sentado en una mecedora y observa a lo lejos una triste práctica que a él se le ha hecho común: cómo los aldeanos transgreden la cerca para enterrar a sus muertos en el patio de su casa, cuyo sitio incluye una suerte de camposanto.
Pero algo lo llama a la Gran Ciudad: son sus hijos, las calles y las interminables noches al Sur de la urbe. Solo, terriblemente solo, “mirando los automóviles, los trenes, los parques solitarios en que se pasean las desgracias”. Le preocupa el llanto de las sirenas de las ambulancias que van de un lado a otro. Ese ruido perverso que “pasa buscando entre los seres queridos de pronto”. La perra sirena que ahora abre paso a la ambulancia que guarda en sus entrañas al poeta. Porque es noviembre de 1989 y, ¡maldita sea!, se ha hecho astillas una pierna, como si el odio de Dios lo hubiera intentado y logrado con un hacha.
Ahora Jaime Sabines está postrado en una cama. Ha dado cuenta de treinta y seis meses en una sola posición. Es el mismo número —me confiesa— que ha sido convidado al quirófano.
Con el dolor del clavo de 25 centímetros que habita su pierna, su tan larga y flaca pierna, me dice: —Ahora sueño con el niño que fui. Sueño que camino por veredas interminables. En el sobresalto, caigo en la tristeza de mi sobriedad. El clavo más largo me lo iban a retirar el 6 de marzo. Vino el doctor y me sugirió un mes más. Ahora, como quien está en una cárcel y le anuncian su salida, y luego se la posponen para el día siguiente, espero que me abran la puerta de la casa, para asomarme como un niño, como el niño que fui…”.


