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Cuando la política dejó de ser lo que era / A Estribor

Cuando la política dejó de ser lo que era / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor Franco

Durante décadas creímos que la política era un espacio de ideas, de proyectos de nación, de debates doctrinales que enfrentaban visiones del mundo con cierta coherencia intelectual. No era perfecta —nunca lo fue— pero tenía estructura. Tenía partidos con identidad, liderazgos formados en escuela ideológica y un sentido de pertenencia que iba más allá de la coyuntura.

Hoy, como ha señalado el politólogo español Manuel Alcántara Sáez, la política no desapareció: cambió de naturaleza. Y en ese cambio perdió densidad.

LA PROFESIONALIZACIÓN SIN VOCACIÓN

Hubo un tiempo en que el político ascendía por escalones internos: comité municipal, dirigencia estatal, formación doctrinal, debates internos, congresos partidarios. Hoy muchos llegan por viralidad, por carisma mediático o por cálculo electoral.

La política se convirtió en profesión, pero no necesariamente en vocación. Se profesionalizó en técnica electoral, pero se desideologizó en contenido. El resultado es una clase política experta en comunicación, pero no siempre en pensamiento.

LA EROSIÓN DE LOS PARTIDOS

Los partidos dejaron de ser comunidades políticas para convertirse en plataformas electorales. La militancia se volvió clientela; la doctrina, eslogan; el programa, narrativa.

En América Latina este fenómeno es particularmente visible: estructuras débiles, liderazgos personalistas y movimientos construidos alrededor de una figura más que de una idea. El votante ya no es leal; es fluctuante. Y esa volatilidad transforma la competencia en espectáculo permanente.

LA POLÍTICA EMOCIONAL

La irrupción de las redes sociales alteró la lógica democrática. El debate dejó de ser deliberativo para volverse reactivo. Se gobierna con métricas de interacción. Se legisla con tendencias digitales. Se polariza porque la indignación moviliza más que la argumentación.

Quince segundos bastan para sentirse informado. Y lo instantáneo reemplazó al análisis. La política, que era paciencia institucional, hoy es inmediatez emocional.

LA CRISIS DE REPRESENTACIÓN

El ciudadano no ha dejado de votar, pero sí ha dejado de confiar. Siente que su voto no modifica las estructuras profundas del poder. Esa percepción alimenta el desencanto, la búsqueda de outsiders y los discursos antisistema.
No es casual que surjan liderazgos que prometen “refundar” todo. Cuando la representación se debilita, el carisma sustituye a la institución.

MÉXICO Y LA FATIGA DEMOCRÁTICA

En nuestro país también lo vemos. La narrativa sustituye al argumento. La lealtad política se mide por adhesión emocional, no por debate racional. La oposición responde con la misma lógica. La deliberación se fragmenta y el espacio público se convierte en trincheras digitales.

No se trata de nostalgia por el pasado —que tampoco fue idílico— sino de advertir que sin partidos sólidos, sin pensamiento estructurado y sin ciudadanos críticos, la democracia se vuelve vulnerable a la simplificación permanente.

LO QUE VIENE

La política no volverá a ser lo que fue. Pero puede recuperar profundidad. Eso exige educación cívica, reconstrucción partidaria y ciudadanía menos reactiva y más reflexiva.

Porque cuando la política se vacía de ideas, el poder no desaparece: simplemente se concentra.

Y una sociedad emocionalmente movilizada pero intelectualmente fragmentada es terreno fértil para quien sepa administrar el relato.

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