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Cuando la humanidad decida pelear por un vaso de agua / Sarcasmo y café

Cuando la humanidad decida pelear por un vaso de agua / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Mi abuelo, que vivió 104 años fue testigo de guerras, cambios y de las mismas torpezas humanas con distintos nombres solía decir algo que al principio me parecía imposible “La guerra más intensa de la humanidad no será por petróleo, ni por territorio, ni por poder, será por el agua”. Yo, como buena nieta incrédula, pensaba “Claro, abuelo, y el próximo conflicto internacional será por quién tiene el mejor equipo de futbol”.

Con los años entendí que no hablaba desde el dramatismo, sino desde la observación. Pensemos un momento; todas esas guerras épicas que nos enseñan en la escuela, desde Alejandro Magno hasta la Segunda Guerra Mundial, tenían razones que suenan enormes y heroicas, territorios, ideologías, recursos estratégicos. La próxima, en cambio, va a ser mucho menos cinematográfica y mucho más básica. Será por agua. Agua potable, dulce, transparente. Esa que usamos todos los días y que, algún día, no va a alcanzar para todos.

La primera señal de esta guerra, decía mi abuelo, no será un disparo, sino una firma. Tratados de cooperación donde en realidad se negocia cada gota de río, represas compartidas convertidas en campos de batalla diplomática y acuerdos internacionales que lucen cordiales en la foto, mientras por debajo del mantel se calculan litros y metros cúbicos. Una especie de telenovela geopolítica, ministros sonrientes estrechando manos mientras sueñan con represar el río que cruza el país vecino.

Lo irónico es que llegamos a este punto después de siglos de creernos brillantes. Tenemos tecnología, ciencia y estrategias de conservación, pero seguimos desperdiciando agua como si la abundancia fuera una garantía eterna. Llenamos albercas en medio de sequías, regamos céspedes que parecen campos de golf en pleno desierto y luego nos sorprendemos cuando alguien pronuncia la palabra “escasez”, como si fuera una mala noticia inesperada.

La guerra del agua no será heroica ni romántica. No habrá grandes discursos sobre libertad o gloria. Habrá líderes señalando mapas y diciendo con solemnidad “Ese río es mío”. Y la población, que siempre creyó que las guerras ocurren lejos y en documentales, descubrirá que esta es distinta. Aquí los tanques no disparan misiles disparan presión política, sanciones y tarifas por metro cúbico. La estrategia másefectiva será simple y brutal “Tengo el control del agua; si no cooperas, cierro la llave”.

Y sí, habrá diplomacia. Discursos en Naciones Unidas, conferencias internacionales, promesas solemnes sobre cooperación y sostenibilidad. Pero la verdadera batalla se librará en presas, tuberías, acuíferos y embalses. Ahí, sin banderas ni himnos, se decidirá quién puede beber y quién tiene que esperar.

Y como toda guerra moderna, esta tampoco se llamará guerra. Tendrá un nombre mucho más elegante; conflicto hídrico estratégico, reordenamiento de recursos compartidos o alguna otra combinación de palabras largas que evite decir lo evidente. Nadie admitirá que se pelea por agua, porque eso suena primitivo, casi vergonzoso. Se hablará de estabilidad regional, de seguridad alimentaria, de protección de infraestructuras críticas. Todo muy serio y correcto.

Será curioso ver cómo el lenguaje intenta maquillar la sed. Los comunicados oficiales estarán llenos de gráficos y conceptos sofisticados para no decir “no hay suficiente agua para todos”. Y nosotros, sentados en la mesa, asentiremos con la cabeza mientras escuchamos a expertos explicar lo inexplicable, cuando en el fondo todos entendemos lo mismo; alguien tiene el agua, alguien no, y alguien está dispuesto a pelear por ella.

Ahí es donde la profecía del abuelo cobra otra dimensión. No hablaba solo de la guerra, sino de la manera en que la humanidad se convence de que siempre tiene razón. Nos encanta justificar nuestros excesos con discursos bien redactados. Mientras unos defienden su “derecho histórico” al agua y otros reclaman un “uso justo y equitativo”, el agua sigue su curso indiferente, cruzando fronteras sin mostrar pasaporte y recordándonos lo artificial de nuestras divisiones.

Lo más irónico es que esa misma agua seguirá cayendo del cielo sin pedir permiso, recordándonos que el problema nunca fue el recurso, sino nuestra incapacidad para compartirlo, cuidarlo y pensar a largo plazo. Pero, aun así, insistiremos en pelear, porque parece que nada nos resulta tan tentador como complicar lo esencial.

Como era de esperarse, la guerra del agua nos convertirá a todos en filósofos improvisados. Los líderes hablarán de sostenibilidad y seguridad nacional, y los ciudadanos repetiremos frases como; “Cuando yo era joven, no había escasez de agua”. No importa que tengas veinte años y la única sequía que recuerdes sea la de una planta mal cuidada; la nostalgia siempre encuentra la manera de sonar profunda.

Mi abuelo insistía en algo más, con una lucidez incómoda, los poderosos no estarán en primera línea. No lo han estado nunca. Ellos se sentarán en oficinas con aire acondicionado, bebiendo agua embotellada importada, mientras el resto del mundo discute por cada gota que cruza una frontera o queda atrapada en un embalse. Y ahí, entre la ironía y la tragedia, veremos nuestro reflejo más honesto, capaces de grandes avances y de absurdos monumentales al mismo tiempo.

Por supuesto, habrá lecciones. La guerra del agua nos obligará a revisar hábitos, prioridades y discursos. La humanidad siempre ha tenido la extraña habilidad de llegar tarde a sus propias soluciones. Tenemos alternativas, tecnologías y conocimiento, pero preferimos actuar como si la escasez fuera un problema del futuro, de otro país, de otra generación.

Mientras pienso en todo esto, no puedo evitar recordar a mi abuelo con una mezcla de sonrisa y preocupación. La guerra más intensa de la humanidad sí será entre países, con ejércitos, tratados y diplomacia. Pero el motivo no será grandioso ni épico. Será básico, elemental y transparente; agua. Y si no aprendemos a reírnos un poco de nuestra torpeza mientras todavía hay tiempo, es muy probable que después no nos quede más que llorar, con suerte, con un vaso medio lleno.

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