Viridiana Molina
En política, hay derrotas que no se asimilan y apellidos que se niegan a entender el paso del tiempo. Cintalapa parece hoy atrapada en esa paradoja: avanzar con la ley mientras el pasado insiste en regresar por la puerta de atrás.
Han pasado más de veinte años desde que, en 2004, Miguel Ángel Luna Salinas derribó al PRI en el municipio. Aquel 4 de Octubre no solo marcó una alternancia: simbolizó una ruptura con prácticas arraigadas. Por primera vez, lo recaudado en la feria sirvió para comprar un camión recolector de basura. Un hecho simple, pero revelador: cuando hay voluntad, el poder sirve.
Hoy, el escenario es otro. Cintalapa necesita restablecer el orden constitucional. Los acontecimientos recientes lo exigen. La sensación es conocida y poco alentadora: salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Los operadores de los viejos cacicazgos han regresado, organizados, persistentes, con la intención de ocupar cada espacio de decisión dentro del Ayuntamiento.
Guayito Esponda, nieto del tristemente célebre cacique mayor de otros tiempos, se mueve con el mismo manual heredado: presionar, enquistarse, imponer. Busca colocarse por encima de la nueva presidenta municipal designada por el Congreso del Estado, poniendo en riesgo el proceso de reorganización administrativa que hoy debería ser prioridad. El peligro no es menor: que Cintalapa vuelva a quedar a la deriva.
No actúa solo. En alianza con Antonio Valdés Meza —señalado por antecedentes de corrupción— pretende tratar al Ayuntamiento como botín político. La apuesta es clara: cerrar estos dos años y proyectarse hacia los siguientes tres. Pero hay un detalle que el cálculo ignora: ese apellido nunca fue aceptado por el pueblo. La memoria colectiva no es ingenua. Los cacicazgos pueden reciclarse, pero rara vez se transforman.
El origen del conflicto tampoco ayuda. El Congreso del Estado asumió la designación de la presidencia municipal y, entre consultas mal hechas y decisiones erráticas, desechó una propuesta para luego revivir otra. Así emergió Eva Elia Guzmán, regidora plurinominal de Redes Sociales Progresistas, partido que había postulado a Guayito Esponda y desde el cual se activaron rápidamente los hilos políticos. Nada nuevo bajo el sol.
Desde ahí, todo parece torcido. Los operadores buscan quedarse con el pastel sin conocer —o fingiendo no conocer— los procedimientos, las normativas internas y la ley que rige al Ayuntamiento. Improvisan, presionan y violan reglas con una lógica peligrosa: primero el poder, después la legalidad. Un estilo que recuerda a ciertos personajes internacionales que confunden liderazgo con berrinche.
El dicho es claro: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. La tormenta ya se anuncia. Si quienes hoy ostentan el cargo no se afianzan en la aplicación correcta de la ley y en una administración transparente, terminarán arrastradas por el lastre de ambiciones ajenas, de esas que solo conciben el servicio público como negocio.
Tiempo al tiempo, sí. Pero también responsabilidad al presente.
Cintalapa no merece regresar al pasado. No merece ser rehén de apellidos ni de nostalgias autoritarias. Merece instituciones firmes, gobernantes que entiendan que el poder no se hereda y una ciudadanía que no baje la guardia.
Porque la democracia no se defiende sola. Y la historia, cuando no se aprende, se repite. Hoy el rumbo aún puede corregirse. Pero el timón no se suelta. El pueblo tampoco.