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Carta póstuma a Camila / Al Sur con Montalvo

Carta póstuma a Camila / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo 

Querida Camila, 

Nos conocimos en la universidad donde nuestra amistad se prolongó por muchos años. Después, al dejarnos de ver, nuestras cartas reflejaron las ganas de vivir con intensidad; llenas de vida, planes y fantasías. Aun te escucho en una de tus cartas diciéndome: “se envejece cuando se deja de viajar; la mente nunca envejece mientras esté activa, Guillermo, recuerdo cuando me dijiste: los apegos apagan”.  

Sí, recuerdo bien cuando te dije en los años 80, “los apegos apagan”. Renunciaste a los hijos para jamás encadenarte. Lo cumpliste, seguiste viajando. Ni el COVID te detuvo. 

Lamento tu deceso, Camila. De aquel grupo de doce compañeros, solamente quedamos tres. La sombra de la muerte te alcanzó, incluso, como a miles de los y las jóvenes quienes fueron víctimas de la violencia desatada con crueldad a principios del Siglo XXI. En esta época, las muertes de jóvenes son frecuentes. Los obituarios dan cuenta de ello.  Tan sólo de 2018 a 2025 Entre 2018 y 2025, cobró la vida de cientos de miles de personas. Oficialmente, se habla de 240,000 muertes por eventos violentos; pero sabemos que son muchas más afectando principalmente a personas entre 0 y 34 años. 

En cada época han muerto cientos de personas, pero estábamos lejos de ese tema de violencia extrema; es más, el término de feminicidio ni siquiera se había normalizado tanto como ahora.  

Camila, nuestras cartas, nos mantuvieron cerca a pesar de la distancia. La última vez en vernos fue cuando decidiste viajar a España desencantada del arribo del nuevo régimen de 2018 presagiando escenarios caóticos; y tampoco erraste. Tus análisis prospectivos como politóloga siempre fueron certeros. 

Con tu estilo jocoso y aventurero, me hablaste del motivo para mudarte de Barcelona a Lucerna. Dejaste huella por las ciudades y países donde pisaron tus menudos pies. Una fotografía anexa a tu carta fue en las Ramblas bebiendo una copa de Monastrell. Describiste la bodega de Julia e hijos en medio de un campo luciendo tus piernas y tus canas. Recordé el famoso Grans Murallesde Torres que bebimos una noche de otoño en la cabaña de Barrancas del Cobre, ¿recuerdas? Con tanto alcohol, viajamos a las alturas de las nubes. ¡qué noche aquella! En la mañana, comimos quesos menonitas y bebimos tesgüino con su efecto energético. No correría como rarámuri, pero haría la limpieza sin tanto esfuerzo. 

Hace años, me dijiste: “mantengamos la dignidad de las canas. De jóvenes, me las contabas, ahora sería imposible. Recuerdo al viejo Benítez impartiendo sus conferencias con el rostro escurrido de tinte negro. 

Tú tan malvada, le dijiste con micrófono abierto: “Profesor, le está escurriendo sudor negro”.  

En la última carta te pedí: < Escríbeme sobre tus días en Lucerna. Háblame de su lago que divide a la ciudad, de sus monumentos e iglesias; de las tertulias literarias en donde podrías encontrarte casualmente con Laura B; ella te reconocería de inmediato. Quizá te encuentres con mi hija disertando sobre las “Brujas de Harlem” de Lou Carrigan. ¡Ya sé!, podría encontrarlo en Internet, pero aspiro a percibirlo a través de tu mirada, de tus sentidos y experiencia. Hazme ese favor. Hazme viajar contigo de esa manera. >  

En esa carta te comenté: “hace tiempo no salgo de Chiapas; viajo esporádicamente a los alrededores de Comitán desde la crisis del COVID. Evité contarte ese episodio; para no provocar tu compasión; además, te encontrabas encarrilada con las conferencias que te contrató la UNESCO. 

Vivir como ermitaño en esta casona del centro de Comitán me hace bien; disfruto la soledad. Pero también, trato de caminar para ejercitar mis piernas y poner en equilibrio mi cuerpo, mente y emociones. Aquí me quedan cerca los museos, el Centro Cultural “Rosario Castellanos”, el Museo de Arte “Hermila Domínguez; el Teatro Junchavín; el Teatro de la Ciudad y el Museo de “Rosario Castellanos”. Disfruto de las actividades culturales; de los colores y aromas del mercado y la charla con mis amigas las canasteras con quienes me siento en la banqueta a charlar de sus costumbres y cotidianidad. Las tojolabales, tzeltales y tzotziles tienen acentos característicos; es como reconocer a un gringo, italiano, francés o portugués por su acento, aunque desconozco sus lenguas. Aquí, la gente apenas percibe esas diferencias. Al llegar a Comitán conocí a niñas y niños vendiendo en las calles sus chicles, paletas y chiclosos y con ellos, noté la diferencia de sus tonos al hablar en sus respectivas lenguas. En 32 años de vida en Tapachula, solamente conocí Mames. Los viajes a las comunidades indígenas me cautivan con sus paisajes, artesanías, vestimentas, tradiciones poniendo atención a sus acentos al hablar. Nuestras cartas, ahora se han centrado en temas lejanos a muestras vidas; te propongo alternar la razón y el corazón llenando nuestras letras con menos racionalidad y un poco más de emoción. 

Quiero platicarte de mis amigas las canasteras; de Emiliano en Santero, le dicen así, porque se dedica a vender santos por las calles de la ciudad. Te hablaré de Rosita, quien vende flores y plantas. De Berta, Dolores y doña Ruth, la dueña de la fonda donde como ocasionalmente. 

Conocerás a Verónica, Nadia y María, mis queridas vecinas; también te hablaré de de Luis Enrique quien se queda en casa por días alternando su estancia con Tapachula. 

Espero con ansias locas tu carta; quiero conocer detalles de tu estancia en Lucerna, minuto a minuto; dónde te quedas, con quién vives, cuales son tus comidas favoritas; abre mis sentidos, toma la pluma y el papel hasta el cansancio.  

Camila, esta última carta ya no la respondiste. Llegaste a México sin avisarle a nadie; quisiste sorprenderme y fue la muerte quien te sorprendió en Sinaloa; lo mismo hubiese sucedido en cualquier parte del país donde los homicidios están normalizados y bastante agravados desde el 2018. Fue Karina quien te reconoció golpeada y abusada por los criminales que caminan protegidos por las autoridades. Tu muerte se sumó a miles más en este sexenio donde el gobierno insiste en una paz inexistente. Sin embargo, guardo tus palabras de esperanza: < México retornará a un estado de economía mixta en 2030 sin tanta violencia como la de ahora >. Me resulta incomprensible por qué buscaste la muerte, por qué no permaneciste en Lucerna; por qué tanto afán si sabías que en México cualquiera puede morir en un segundo sin esperarlo. No lo merecías. Te lloro en medio de este coraje impotente donde la impunidad prevalece como una maldición. 

Querida Camila, te encontraré en nuestras cartas y en estas letras, escritas póstumamente como una cuestión de amor. 

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